Se miro al espejo y se dio moral. Pensó que a pesar de sus redondeces, de sus kilos de más, era atractiva. A sus veinticinco años aun era virgen, ningún hombre se había atrevido a requerir sus favores sexuales a pesar de que en muchas ocasiones se les había insinuado que sus amigas le habían concertado citas y había participado en fiestas liberales donde uno que otro hombre le había ofrecido su miembro para que se lo acariciara, pero nada más.
Hoy sería diferente. Hoy había aceptado el consejo de su amiga Carla, quien, junto con ella, era la solterona de su grupo de amigas, la mejor posicionada y la que más feliz parecía.
- Mija, cuándo a mi me da la calentura llamo a un gigoló estupendo que me hace vibrar y me hace sentir como si fuera la mujer más linda de la tierra. Es muy discreto. Para que te cuento las noches que he pasado con él. ¡Es fantástico! y lo mejor, cuando estoy satisfecha lo despacho y no tengo que soportar sus charlas estúpidas sobre futbol o sobre como no lo valoran en la oficina y no tengo que levantarme a hacerle un café o un desayuno ni lavarle los calzoncillos. Toma su número telefónico y dile que yo te recomendé.
Apenas terminó de arreglarse, de ponerse el brasier con encajes y el panti que había comprado para la ocasión y de arreglar el apartamento para una velada romántica, con velas, vino y a media luz, sonó el timbre. Era él.
Con esa deliciosa sensación que produce el temor por lo prohibido y una agradable calentura en su vagina que la hacía mojarse al punto de desbordar el vestido, abrió. Allí estaba él. Una varón divino, de cálida mirada y generosa sonrisa, cabello liso y bien peinado. Impecable. Vestía jeans ajustados que dejaban ver el bulto de su gran miembro. Olía delicioso.
–Hola, ¿ eres María?
–Si, si. ¡Si!. Pasa.
Después de cerrar la puerta, instantáneamente y sin mediar palabra, la abrazó y le dio un beso apasionado en la boca, le acarició su voluminoso cuerpo a veces con ternura a veces con pasión, mientras le decía al oído que la deseaba, que le gustaba porque era un gran mujer que podía abrazar y sentir entre sus brazos y no tenía preocuparse. La llevó al cuarto apresuradamente, le quito la ropa, la beso por todo el cuerpo sin ningún reato, disfrutándolo. Le paso la lengua por su clítoris, por sus labios menores, por su vulva, la hizo vibrar y finalmente la penetró. Sintió por fin el calor de un pene en su vagina, tembló, lloro… lloro de felicidad.
Al despedirse en la mañana después de toda una noche de placer. Le dio un tierno beso en los labios. Le dio que era la mujer más linda que había visto. Que deseaba volver a verla y que quería hacerla suya nuevamente.
Adolorida en todo su cuerpo volvió a recostarse en la cama y soñó con él, con el gigoló. Estaba feliz.








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