Capítulo I
Empezó a sonar el álbum Best de The Smiths, que hacía parte de su lista de reproducción en YouTube, y por cada canción que sonaba le iba desabrochando un botón de su camisa. Ya habíamos bebido suficiente aguardiente como para desearnos como en ese momento lo sentíamos, las inhibiciones, los tabúes y los prejuicios, los exorcizamos y se fueron con el humo del tercer cigarrillo; los corazones empezaban latir tan fuerte que, cuando nos acercamos para darnos el primer beso de nuestra corta relación –de una noche-, se podía sentir el vibrar del otro pecho y el calor que compensaba el frío bogotano de estas noches lluviosas. A la segunda canción (02 - William, It Was Really Nothing), el segundo botón, pude ver cómo se asomaban esos hermosos senos blancos, suaves, que combinaban perfectamente con el encaje negro de su brassier. No aguantaba la tentación, ya quería poner mi lengua a danzar sobre esos sensibles pezones rosados, no podían ser otros, sólo el rosado de sus pezones complementaba perfectamente ese cabello negro y liso. Con la sexta canción y el sexto botón (06 - Half A Person, curiosamente), ya me había permitido medir, con besos, su torso, y había llegado a la mitad; eran exactamente 17 besos, desde la falda del cuello hasta las cerezas tatuadas en la ingle. Encontré en los besos una excelente unidad de medida. Con besos puedes medir la longitud de un cuerpo y, como si fuera poco, también sirven para medir el tiempo... cada beso puede significar un segundo, un minuto o una eternidad.L.B.








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