Era la primera vez que ingresaba a un bar swinger, pese a haberlo anhelado por muchos años. Había postergado esta experiencia hasta encontrar a la mujer perfecta para acompañarle; una que, simplemente, pudiera disfrutar el placer de compartirse sin reservas. Por eso aquel sería uno de los últimos deseos por realizar para un hombre que poco a poco enmudecía al reconocer la suma de experiencias que había acumulado año tras año.
Su acompañante, una mujer bastante libertina; no había tenido reparos en aceptar su propuesta, aunque no sabía bien qué enfrentaría en aquel sitio del que todos hablaban a voz baja, como si lo conocieran, sin que pudieran dar cuenta de sus rincones, del color de las luces, los espacios disponibles, la calidez de sus muebles o la atención de sus administradores. Resultaba mayor la ansiedad por imaginarse lo prohibido que la osadía y el arrojo por participar de la juerga.
Llegada la noche, hicieron sonar prolongadamente el timbre que anunciaba a los nuevos visitantes. La puerta entreabierta permitía echar una mirada precoz a la semipenumbra que dominaba las sombras entre las que se podía adivinar la desnudez de un par de hembras de cuerpo esbelto que caminaban cogidas de la mano ante la mirada de los desconocidos que las atisbaban. Entraron, y mientras la joven dependiente les preguntaba si habían venido antes, echaron una mirada a las tres parejas que pasaban a un vestidor para empezar a desnudarse y arroparse con toallas lo suficientemente grandes como para cubrir pudorosamente senos firmes, barrigas abultadas, nalgas y muslos.
Al ingresar, resultó reconfortante la sensación de adentrarse en un lugar cuya sutil calidez presagiaba las delicias de las que disfrutarían en algunos minutos. Con marcado interés se regodearon en mirar a las parejas presentes: un par de jovencitas comiéndose a besos mientras se regalaban ágiles caricias a su entrepierna, fue lo primero que les llamó la atención; luego les distrajo una pareja de mediana edad embelesada en hacerse caricias mutuamente, en un profundo 69 que atraía las miradas y las sonrisas cómplices de un par de muchachos que parecían gringos. Por un momento estimó que eran pareja, pero pronto salió de su equívoco al advertir que aquellas jovencitas deshacían el enredo en el que se encontraban sus piernas sudorosas para abalanzarse sobre las vergas tiesas del par de rubios mirones.
Dos cocteles después estaban ya en el jacuzzi. Las toallas entregadas a la entrada resultaban estorbosas para deleitarse con el agua tibia que empezaba a calentarse con la sobadera, el besuqueo, y el maniculiteteo de las tres parejas que les rodeaban. Mientras acariciaba los senos maduros y coronados por un pronunciados pezones de la amiga que le acompañaba, sintió la mano tímida de aquella mujer que le miraba codiciosa regalándole el deseable paisaje de sus piernas abiertas de par en par, dibujando una gustosa cuca rosa y pequeña recientemente depilada. Sonriente, dejó que aquella mano se hiciera a su verga sin miramientos, mientras se decidía a hundir un par de dedos en la raja expuesta de aquella extraña.
Tanta arrechera empezaba a calentar un poco más el agua burbujeante con la que su acompañante había decidido regalarse un curioso masaje en su vagina abierta, exponiendo un clítoris pronunciado que pronto atrajo a los otros dos hombres en el Jacuzzi. Sin ningún rubor, aquella mujer dejó que uno le acariciara la concha expuesta mientras el otro se arriesgaba a meterle suavemente un dedo en el culo, tanteando sus posibilidades de gozárselo más tarde.
En el ambiente, las suaves notas de sensuales saxofones invitaban a adentrarse cada vez más en ese juego intenso del contacto sexual entre hombres y mujeres desconocidos. Las luces, acompasadas con el ritmo sibilino en las bocinas, ponían el toque rijoso a la voluptuosidad de los cuerpos prodigándose caricias, besos y toqueteos intensos. Los empaques de condones a los lados del jacuzzi eran la evidencia indiscutible de que se había superado definitivamente el momento de las presentaciones y las formalidades de cortesía. Uno tras otro, cada embate reflejaba la furiosa efervescencia del sexo apasionado que entretenía a quienes se habían agolpado para apacentarse al calor del agua tibia de aquel jacuzzi; mientras alrededor se reconstruía algún cuento libidinoso de una noche entre las mil con la que aquella doncella logró fiarse de no morir bajo la espada de un tirano al que le habían sido infiel.
Ardorosa, la noche avanzaba. Algunos cuerpos deleitados, el cuerpo molido de tanto vaivén y la mirada extasiada por las delicias disfrutadas en las tres horas invertidas en darse la probadita, había llegado la hora de partir, con una rápida oteada al recorrido sudoroso por las camas, los sofás, las escalas, el jacuzzi, el piso y hasta los baños de aquel arrecho bar swinger al que, seguramente volvería para probar las últimas fantasías que aún esperaba realizar.








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login Entrarmuy buen relato. Deliciosa experiencia