Este será el primer relato de una serie de anécdotas vividas con mi cómplice sexual y compañera de vida, mi amante y amiga…
Ella era mi compañera de universidad, de aquellas de las que poco se cruzan palabras y poco se notan en las aulas de clases, éramos invisibles el uno para el otro, y eso que en la vida tuvimos muchas oportunidades de conocernos. El caso es que después de que el destino decidió jugar con nosotros, se llegó el momento de poder conversar y acercarnos.
No entraré en detalles en ese momento de nuestras vidas, porque podemos decir que transcurrió como una amistad común y corriente de compañeros de universidad, excepto porque no me cansaba de mirarle el trasero cada vez que me daba la espalda. Y cómo no si era de aquellos paraditos, que provocan agarrarlos porque la mano encaja perfectamente; que tienen una horma que provocan en el vaivén de cada paso y más cuando usaba vestidos.
Comienza el destino hacer sus jugadas y después de varias encuentros para hacer trabajos de la universidad, salimos a un bar que era del gusto de ambos. Ella con su vestido no deja de producir pensamientos de lo que le harían mis manos por debajo, aunque ni siquiera nos habíamos dado el primer beso. No demoró por fortuna, después de un buen rato por fin mis labios decidieron buscar los suyos, con ansías pero con calma nos juntamos cada vez más, nuestras lenguas jugueteaban produciendo esas cosquillitas que empiezan en la punta de la lengua y terminan sintiéndose en todo el miembro, como diría un amigo “lo pone gordito”.
Mientras tanto mis manos buscan su parte y poco a poco tocaban sus gruesos muslos, tanteando hasta donde podían llegar, subiendo poco a poco tratando de llegar a donde tantas veces lo había imaginado. Mis dedos se estiraban bordeando sus nalgas, mientras nuestros labios seguían juntos y las lenguas jugueteaban a rozarse las puntas, hacer círculos y saborearse la una a la otra.
Podía sentir sus senos contra mi pecho, lo cual me excitaba aún más. Mis manos seguían en sus muslos, no hasta muy arriba porque estábamos en el balcón del bar y nos podían ver. Paramos y nos fuimos para una de las habitaciones del bar, donde nos volvimos a subir la temperatura y mis manos tuvieron las confianza de subir aún mas, de buscar explorar por debajo de aquel vestido, de convertir la imaginación en realidad, de sentir lo que había imaginado.
Finalmente paramos y nos miramos a los ojos dejando escapar una pequeña sonrisita.








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