Un Domingo
Relato de comunidad Hetero: Generalschedule 4 min de lectura calendar_today Abril de 2014

Un Domingo

Me sorprendió su presencia en mi casa, entre otras cosas, porque ella no sabía cómo llegar. El ¿Cómo llegó?Fue una historia que me contó mientras nos tomamos un vino Dubonnet que tenía guardado para estas ocasiones inesperadas.Estaba envuelta en unas telas sencillas: sandalias planas, que....

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Me sorprendió su presencia en mi casa, entre otras cosas, porque ella no sabía cómo llegar. El ¿Cómo llegó?Fue una historia que me contó mientras nos tomamos un vino Dubonnet que tenía guardado para estas ocasiones inesperadas.

Estaba envuelta en unas telas sencillas: sandalias planas, que permitían espiar sus dedos largos y uñas adornadas con un dibujo cualquiera de una flor quizá imaginada; una falda larga de colores alegres, como de retazos, que escondía sus piernas que después descubrí finas; y una blusa hecha para su cuerpo, pegada a su abdomen delgado y a sus senos pequeños. Sonreía con la primera copa de vino en su mano. Esa era Ángela, de cabello corto y labios como una línea.

Me dijo que me descubrió porque me había seguido con el GPS. Eso ya no importaba, porque ella sabía para qué estaba ahí, para qué se había tomado esa molestia de seguirme con el GPS; lo habíamos planeado durante semanas, en las noches sobre todo.

Recordamos un poco mis letras: “quiero ahogarme en medio de tus piernas, descubrir con mi lengua y boca, ese río que ocultas”, le había dicho en un charla escrita a distancia. Me dijo que cuando leyó esto había deseado, en su lugar de trabajo, sentir la humedad de mi boca y lo abullonado de mi lengua en su clítoris, sintiendo ese baile de movimiento insospechados. Así fuimos encendiendo la charla de esa tarde de domingo. Ella sabía a qué iba, se le veía en los ojos.

Nos unimos en la esquina media del sofá en forma de ele (L) de la sala de mi apartamento. Me excitó saber que ella misma iba en mi búsqueda; así que vi pertinente ir en busca de su boca y jugar al cíclope, mientras inhalábamos y exhalábamos bocanadas de deseo con olor a vino. Y fue ahí cuando me encontré con la suavidad de su piel blanca al deslizar una de mis manos sobre una de sus piernas, arrastrando su falda, descubriendo su cuerpo. Ella, manifestando de forma concreta la intención de la visita, agarró mi cabeza con sus dos manos y la despelucaba como si yo ya estuviera dando finos trazos en su sexo.

Al acecho, así inicie. Tiré su cuerpo al sofá y me dejé caer. Retiré sus sandalias y jugué con sus pies. Inicié el ascenso, pero ella, con fuerza, cerraba sus piernas. Entendí el mensaje y me acosté encima de ella, yo ya estaba sin camisa. Fue alentador verla sonreír, mientras iba subiendo su falda con mis manos. La besé. De nuevo bajé y esta vez se entregó toda. Era solo mirar hacia arriba y ahí estaba su sexo cubierto por una tela negra de encajes; se veía sus ganas porque estaba ligeramente partido en dos.

Recorrí sus piernas para lograr su vagina. Un dedo, que no era mío, hizo a un lado esa tela negra que impedía conocer su sexo. Los labios, como los de su boca, delgados; su piel rosada; brillaba un poco y entendí que era el momento de hacer que brillara más. Ella sabía para qué iba. La agarré fuerte de su cintura, porque quería escapar ante cualquier inesperado movimiento de mi lengua, y empezó a gemir. Eso puso a mi pene en alerta. No sé cuánto duré ahí, creo que lo necesario, porque la vi pararse, bajar un cierre y dejarse caer la falda. Después quitarse la blusa, a lo que reaccioné, porque ese derecho era mío. De nuevo la tumbé en el sofá y disfruté de abdomen plano y de sus senos pequeños, de cúspides rosadas. Llegué a su boca de nuevo, la misma, que solo en instantes la sentí abrigando mi falo erecto. Como pasa de rápido el tiempo cuando hay deseos.

Era hábil, en un momento estaba entero y en otro estaba en su boca; otros tantos, me hacía sacudirme un poco cuando sentía su lengua pasar por la cabeza de mi pene, que estaba roja. Parecía que lo envolvía. Era ágil.

Cuando el tiempo parecía no dar para más y la luz de la ventana empezaba a escasear, se sentó con elegancia en mi verga que palpitaba. Fue genial: se acercó con su mirada fija, posó sus manos en mis hombros, abrió sus piernas y fue bajando sin quitarme la mirada que se fue transformando en una expresión de placer. De ahí todo fue gemidos, movimientos, choques rítmicos. Su coño cada vez más mojado y mi falo embistiendo…

Al terminar, (llegué al interior de ella) cansados, disfruté ver esa fina luz que bordea su espalda. Tenía un tatuaje en su cintura, eran como soles; ella me besó.

— angelver

13 de abril de 2014

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angelver

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Comentarios

1 comentario

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  • cerecitarika
    cerecitarika · 13 de abr de 2014

    Wow Genial! palabras Surtiles!

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