“Voy a empezar contando que es mentira que en guerra avisada no muere soldado. Cientos de cadáveres de ambos bandos, en batallas anunciadas con tiempo, demuestran que para ganar no es suficiente con estar preparados. El amor es la guerra donde se duerme con el enemigo. Y la gran paradoja de este sentimiento es que para ganar la batalla, la única forma es entregarse.
De una forma que ahora no voy a explicar, Jorge se convierte en mi mejor amigo a pesar de nuestras diferencias pasadas. No recuerdo cómo llegamos al apartamento aquella noche. Viernes de copas así que supongo que fue él quien me lleva a casa, dado que casi no había bebido. Me estoy poniendo cada vez más viejo y ya no resisto el alcohol como antes.
Andrea, mi adorable esposa, nos recibe un poco enfadada y arregla la habitación para las visitas, con el fin de que mi frater se quede.
No recuerdo si mi mujer me ayudó a desvestirme, sólo sé que me encuentro en la alcoba matrimonial, sólo. Recupero la conciencia poco antes del amanecer. Mi consorte no está en la cama conmigo, y con la experiencia pasada de inmediato intuyo algo raro.
Me levanto todavía un poco aturdido, y trato de hacer el menor ruido posible rumbo a la sala. Cobijas y almohada en el sofá pero de aquella nada. Sigiloso, voy en busca de Andrea al cuarto de huéspedes. La puerta está cerrada y sólo escucho susurros. Voces apenas audibles. Ellos conversan calmadamente y alcanzo a entender que él le dice: “…y ahora Jessica, ¿quién engañó a Roger Rabitt?” Ella suelta una risita ahogada.
Estoy a punto de tocar a la puerta y en el instante en que casi llamo, escucho que ella dijo algo sobresaltada:
-“Es tardísimo, mejor regreso a mi cama”
-Es mejor así, dale. (Contesta él)
Con paso apurado vuelvo a nuestra alcoba de esposos y finjo seguir durmiendo, apenas un segundo antes de que ella entre por la puerta. Se mete a la cama y casi al instante de poner su cabeza en la almohada, da un suspiro y se queda dormida. Huele delicioso y su piel está suave, intuyo que tomó una ducha antes. Ahora sí no hay la menor duda que algo inusual había sucedido mientras estuve fundido por la rasca.
No puedo volver a conciliar el sueño. Una sed terrible me asalta, pero la sobrepasa una curiosidad insoportable, me urge saber los eventos de las últimas horas.
Jorge se va al poco rato, prácticamente sin hacer ruido. No se despide ni nada, simplemente huye del apartamento.
Me levanto para beber cuanto líquido encuentro en la nevera. Me tomo hasta una gaseosa rancia que quedo mal tapada. Luego me siento al borde de la cama para contemplar a Andrea mientras duerme. Es una delicia ver sus turgentes senos levantarse con su respiración, y disfruto la maravillosa placidez de su rostro, mientras aguardo a que despierte. No me siento capaz de romper ese divino descanso.
¡Rayos! Andrea duerme hasta el mediodía, como si hubiera sido ella quien estuviera de guayabo. Finalmente abre los ojos, enormes como platos, y me pregunta desconcertada la hora. No lo puede creer. Había estado en coma casi toda la mañana. Llega pues el momento de que me cuente con sinceridad el verdadero motivo de su hibernación matutina.
Exprimo en mi memoria nuestra charla, y esto fue de lo que hablamos al ser requerida para que me cuente las novedades. Andrea comienza:
-Creo que debo decirte que todo empezó porque estabas roncando como una locomotora. Y no dejabas dormir ni poquito. Te piqué, te moví más de una vez, pero estabas insoportable. Amor, me quitaste las cobijas hasta que no pude aguantar más. Debí dejar que te durmieras en el sofá desde el principio, ya te conozco cuando te pasas de tragos.
-Debiste dejarnos a Jorge y a mí en el cuarto de invitados…
-Pues ya qué. Lo único que digo es que me tocó ir a dormir a la sala, eso me puso de malas porque eras tú el que tenía que quedarse aguantando frío en ese sofá incómodo. Pero no, mientras el señorón duerme a sus anchas, es a mí a quien toca el castigo.
-No, qué pena que me digas eso. Perdóname amor mío.
-Ni te lamentes tanto querido, que eso no fue todo. Entre nosotros no hay secretos y en vista de que podemos hablar de lo que sea, sin miedos ni reclamos, tengo que confesarte que para mí la noche apenas empezaba.
-¡Ay no! Creo que ya sé lo que me vas a decir ahora.
-Entonces no te cuento nada.
Me sentí de nuevo en ese estado anímico de confusa excitación y rabia, si yo la convertí en una gran puta, no tenía derecho a quejarme. Masoquista no es la palabra correcta pero es la que más se acerca. Eso me saco por permitir a mi indecente compinche que entre en mi casa, sabiendo el peligro de ofrecerle cama. Entonces le pido a mí dama que me cuente todo sin reserva, que bravo no estoy. Ella prosigue:
-Esto lo tienes que saber cariño, no tiene nada que ver con lo que está bien y lo que no. En arca abierta el justo peca, y algo de eso ya has tenido tiempo de comprobarlo. No valen reproches. Ni pucheros. Cambia esa cara. ¿Estamos?
-Pues sí, para qué alego.
-Te digo la verdad, si Jorge no se levanta, yo dormía en ese sofá, mal y todo, pero nada más pasaba. Yo no lo busqué.
-Anja.
-Quién sabe la hora, de repente tu amigo se va dizque a buscar un vaso con agua, que estaba muerto de sed, el pobrecillo. Me mira tan “cómodamente” instalada en el sofá de la sala sufriendo, se “apiada” de mí y me ofrece cambiar lugares, pues no le parece justo ese arreglo tuyo, el muy bandido.
-¿Sí, verdad? Tan considerado.
-Eso parece, ¡pero qué va! si sabes lo que pasa cuando sirves la fruta esa que sabemos sobre la mesa…
(¡Maldita sea la papaya!) Me digo.
-Bueno entonces, ya te imaginas lo que pasó después. – dice ella.
-Noooo mijita, mejor me vas contando detalles, si ya no tienes vergüenza a mí tampoco me queda tantico de amor propio. Cachos ya he tenido y es mejor saber, que dejar a la cabeza imaginar más de la cuenta.
La verdad es forzoso admitir que otra vez, mi insania me tenía en ese estado de rica angustia, como cuando veo una película en la que sé que el protagonista muere. Me duele antes de tiempo pero quiero disfrutar del rollo mientras tanto. Así de loco había quedado desde aquella última vez. No me curé desde que jugué a feriar a mi novia y ahora esposa.
Entonces ella me dice con esa sonrisa maligna pero que aprendí a adorar:
-Estamos dañados, nos hemos echado a perder ambos. Ya veo que las cochinadas te están gustando… está muy claro que las trampas te gustan, salta a la vista pues ya se te nota en esos calzoncillos (se ríe a carcajadas)… y eso te va a crecer más de la cuenta cuando te diga el resto…
-No sé si pueda, mejor paras y lo dejamos así. Supongamos que no pasó nada.
-Lamento decepcionarte mi osito cariñosito, más me demoré en alojarme en el cuarto de huéspedes, que Jorge entrar con un vaso de agua, cierra la puerta y me dice con cara de ganas “¿en qué nos quedamos?”
“Y le digo que ningún nos quedamos, que no habíamos empezado nada, que no sea sinvergüenza, y que me deje dormir, so atrevido. Le advierto que más le vale apagar la luz y a cerrar ambos ojos y picos, ¡a charlar a otro lado! O si tiene mucha ansiedad que vaya a dormir a tu lado, par de corrompidos. Pero eso no. No estaba escrito. Él no me deja escapar ahora que estaba de nuevo en la red, así que se toma su agua, con la luz prendida y sin decir palabra se quita toda la ropa, queda como se dice en bola, y decide compartir lecho conmigo. Yo qué te puedo decir amorcito, te escucho mientras roncas en el otro cuarto, y la triste perspectiva de salir corriendo a refugiarme de nuevo en el sofá, no señor, tampoco es conmigo, me disculpas. Si sumas a la cuenta que fuiste tú quien me presentó a Jorgito, y añades bien que te lo he contado todo, lo delicioso que pasamos a instancia tuya… es tu culpa, mi culpa, culpa nuestra queridito. (Eso me dice tomando mi mano y cubriéndola besos). “Y si pensamos que lo habíamos dejado todo atrás, no te hagas el bobo, te consta que con Jorge nunca pusimos un punto final. Para completar haz hecho buenas migas con él todo este tiempo, así que en lo que a mí respecta otorgas pleno consentimiento. Nadie te manda traerlo a nuestra casa y echarme de nuestra propia cama”
(Aquí quise protestar porque yo no había pedido a Andrea dejar nuestra alcoba, pero dejo que prosiga)
“¿Te das cuenta? Con esa carita de pervertido que me estás poniendo en este momento me doy cuenta que estoy en lo cierto, no me extraña si esto lo tenías arreglado”
No. En esta parte tengo que aclarar que no hubo ningún plan. No fue premeditada la encerrona. Pero ya lo dije: quedo descubierto que no me había curado con la aventura de la vez anterior, así que muy a mí pesar, aunque sufría una humillación mi libido estaba en la estratosfera. Ella Prosigue:
“Sí señor. Seré un poco necia, me hiciste a tu gusto y me ha quedado bien el molde, así que en ese momento yo sé que con Jorge vamos a terminar haciendo cosas de pareja. Esta vez ni siquiera intento impedir que me abrace por la espalda y me arrime lo suyo, que bien parado lo tiene, y me aprieta con fuerza contra mis nalgas. Yo te cuento esto sin ningún agüero, no me levantes las cejas cariñito, me haces el favor, que no encuentro otras palabras para describirte todo esto… A ti te mueve que lo cuente todo al dedillo… Así está mejor... Entonces sigo. Mete mano a mis senos y siento como se emociona todo él, me gusta saber que todavía tengo con qué desesperar a un macho. Lo dejo que se dé gusto con ese manoseo un buen rato. Me soba, me dejo. Me pasa la mano por todo el cuerpo. Me quiere dar la vuelta, trata de bajarme la ropa interior, pero ahora sí que le pongo una condición. Con lo caliente que él andaba, me ruega que afane, que si yo también quiero le diga por qué lo hago esperar.
¡Qué más va a pasar entonces! le exijo que condón en mano (o en pene), lo dejo hacerme de todo. Solo así se la pongo fácil y me quito la ropa para no demorar el siguiente paso. Ni las alas de los colibríes se mueven tan rápido. Saca de su billetera el elástico contenido y me pide con carita de perro tierno que por favor se lo enfunde para estar seguros que quede bien calzado.
Papito, así que con esta misma boquita de caramelo que te vuelve loco, le puse el forro al cabezón porque soy mujer de palabra. Bien puta es que te gusta que sea, ¿no? Pues te complazco como tu esclava obediente. Venga, venga amor mío, que aunque prestada sabes que el contrato que más vale es contigo.”
Luego Andrea me abraza. Y me dice que si quiero que me prepare un caldo de pollo.
Puede más el morbo que el hambre o la sed, suplico a mi esposa que termine su relato, ella entonces dice:
“Yo no sé qué complejo tienen ustedes los hombres, que a todo tiro terminan preguntando si tienen la verga más grande y dura que otro. Como si eso fuera lo único que cuenta. Escucha bebe, en lo que a mí respecta el tamaño es secundario, en cambio vale que esté firme como yeso y resista como ciclista de montaña. En todo caso Jorge no deja de preguntarme eso y si me gusta que se lo mame, pues eso es lo que estaba haciendo después de plastificarlo. Claro que sí, para qué voy a mentir, ese apéndice venoso y palpitante es delicioso. Y para volverlo loco, le digo lo mismo que acabo de decirte: que más que lo largo y grueso es que aguante tieso… y que no me pida que compare que siempre hay alguien perdiendo”
(Andrea soltó una risita burlona)
“Me le como hasta las bolas, lo chupo con ganas, y el muy cabrón se corre todo como si no tuviera alguito de control el muy cretino. Me quiere decir instantes antes de eyacular “¡para, para, para que me vengoooo!” y de pura mala lo aspiro más fuerte, y con un pequeño mordisquito de labios en la cabeza del glande pega un grito y suelta leche hasta llenar la punta del preservativo. “¿Ves lo que digo?” le reclamo maliciosa. “¿De qué te sirve buena herramienta si no vas a cumplir como es debido?” Y apenado (nunca tan bien dicha esa palabra) me pide disculpas, alega que no pudo aguantarse, para excusarse dice que pocas veces en su vida se lo habían comido tan delicioso.”
“¡Y a mí qué! Le exijo que lo ponga en modo que sirva, o que más le vale que me haga con la lengua lo que no puede con la verga. Perdóname amorcito pero así estaban las cosas. Mientras, tú seguías roncando como un camión.”
“Ganosito tu amigo, se va a la cocina a buscar más agua y vuelve al poco rato… desde la puerta admiro que ya trae el pipí levantado. Esta vez él mismo se pone el látex. ¡Bien por ti! Le digo, y le abro las piernas para que me meta esa tranca como tenía que ser desde el inicio… Pero amor, ¿por qué esa cara? No quieres que siga… no vengas con tonterías que estoy segura que eso es lo que esperabas ¿o no? Y ya sabes lo mucho que me gusta hacer este papel de callejera, tú y yo hemos puesto mucho empeño en ello.”
(La absoluta serenidad con la que me contaba estas cosas mi amada Andrea, me tenía aterrado. Pero a la vez atrapado por el raro placer de tener a una mujer tan poderosa sexualmente, así que ya no sabía si sentirme orgulloso o humillado. Le digo que cuente más y ella sigue.)
“Se sube sobre mí como perrito ansioso, y primero goza de mis senos como nene lactando, con la boca chupa uno y con la otra mano aplasta, amasa, y masajea el otro… sabes lo mucho que me excita que jueguen con mis pechos. Mis tetas son la llave que abre todas las puertas, todos los lugares privados, eso te consta. Estoy muy mojada, a punto perfecto de comerme esa salchicha gorda y caliente de Jorge, lo agarro del pelo y lo obligo a subir. En el camino me lame el cuello, garganta, me muerde el mentón mientras con su mano acaricia mi pubis y sin decir “con permiso” mete dos dedos a mi rajita pulposa y ardiente. Estamos de frente, me besa, me mete la lengua hasta la laringe el corrompido. Apenas me deja respirar con un gemido le digo que me meta de una buena vez esa tranca, que no tengo toda la noche. Qué más te digo, no pierde el tiempo y ¡suaz! me lo hunde de una y hasta el útero el desgraciado. Me dolió, fue como si me desgarrara algo por dentro, ya te conté que lo tiene grande y regordete, y parado le queda algo torcido a un lado.”
“Pero no estés tan serio amorcito mío de mi corazón, que así me hiciste y así te gusto, te digo para tu alivio que si el sexo con Jorge hubiera sido más extraordinario que contigo, tal vez no estuviéramos conversando. Me habría largado con él para seguir fornicando hasta que nos den calambres.”
“Por lo demás todo sucedió de forma más o menos normal digamos, nada extravagante si eso te inquieta. Me pidió cola pero no estaba de humor para tanto, ni él merecía ese trofeo esta noche, otra vez será mijito.”
“Para no cansarlo mucho con el jaleo, porque empieza a sudar y me moja la cara, le doy la vuelta y entonces soy yo quien lo cabalga un buen rato. Me fascina tener el control, el ritmo. Mientras subo y bajo comiendo esa polla nos decimos algunas obscenidades que no quiero repetir, esas son palabras que caben al calor de un buen polvo, tú me entiendes.” (Eso dice con una meliflua sonrisa y luego se muerde los labios)
“Nos damos amores hasta dejar húmedas las sábanas, sudamos como en clase de spinning, porque yo no me voy a dejar ganar y supongo que él tampoco quería volver a quedar mal. Entonces es una carrera de quién le da más placer al otro y quien aguanta ese ritmo, hasta que cualquiera se rinda y entregue todo en la cama. ¡Hay amor! Encima de zorra me hiciste competitiva.”
(Su mirada lasciva y su cuerpo bien formado comprueban que en verdad es toda una atleta del sexo)
“Estos apartamentos modernos no tienen las paredes muy sordas que digamos, espero que los vecinos que son tan serios y conservadores no se les ocurra más tarde quejarse a la administración por el ruido. Es que me dejo llevar por la emoción del momento y nos olvidamos del resto del mundo, creo que gritamos de gusto como poseídos. Qué mal ubicado está el cuarto de visitas, creo que preciso da con la alcoba de los esos veteranos. Ahora que lo pienso supongo que no voy a poder verlos a la cara por un buen rato.” (Suelta su risa pícara, marca registrada)
“Pero de ti no se diga nada, por mucho escándalo que hacemos y las cosas que nos decimos, te quedas bien privado, no despiertas aunque un terremoto tumbe el edificio, o peor, aunque a tu esposa la estén violando salvajemente en el cuarto de al lado.”
“Pero es importante que te cuente que a segundos de que Jorge suelte su lechita caliente, y cuando veo venir las ganas de orinarme de la dicha, me dice el pendejo de tu amigo que me ama y que quiere que sea su mujer, me dice que quiere tenerme para siempre clavada, todos los días, todo el día, promete regalarme todo lo que se me antoje, todo lo que le pida, y luego me suelta que es capaz de matarte si le digo que no… que hace cualquier tontería con tal de quedarse forever conmigo.”
“No aguanto y me vengo como pocas veces, mojo su pija, revoltijo de piernas y cuerpos sudados y mancho toda la cama. Un chorro que deja hirviendo todo al rededor. ¡Qué desastre! creo que el charco llegó hasta el colchón. ¡Rayos! Recuérdame poner una toalla la próxima vez”
(Mi innegable desconcierto, que se evidencia con mi transfigurado rostro, hace que ella cambie su tono de voz)
“Me siento confusa por lo último que me dice Jorge, me levanto y voy a ducharme, el cuarto impregnado a sudor y sexo. Mientras el agua me reconforta, trato de convencerme que eso de ser su esposa son cosas que dicen ustedes los hombres cuando están muy calientes. No saben de lo que hablan. En nueve de cada diez veces que ustedes dicen “te quiero” o “te amo” en realidad lo que quieren decir simplemente es “me gusta mucho lo que estamos haciendo.”
“Jorge entra a la ducha conmigo, primero me abraza y nos quedamos así disfrutando el agua caliente, hasta que empieza a quemarnos. Me soba con el jabón por todas partes, teniendo cuidado cuando lo hace en mi entrepierna. Con cariño frota mi sexo y me pide que le ayude también, espera que consienta su entumecido miembro con la espuma. Se lo hago devolviéndole el favor. Entonces me repite que es verdad lo dicho, que no quiere que nos separemos. Como las drogas, me dice, le he causado adicción y no quiere dejarme. Parece que lo dice en serio.”
“Me hace suya de nuevo esta ves muy despacio, poniéndome de espaldas a él mientras me apoyo en la pared de cerámica. Tuve que sostenerme de la llave de la ducha para no resbalarme porque me mueve con fuerza, lo gracioso es que por andar en esas también casi se resbala. Recuérdame también usar sandalias para la próxima.”
“Luego volvemos al cuarto y nos sentamos al borde de la cama. No le digo nada por un buen rato, solo estamos ahí, y conversamos de cualquier cosa porque quiero restarle seriedad a su propuesta.”
“Si te cuento todo esto es justamente por lo mucho que te amo, y porque, tal como me lo dijiste un día, si fuiste castigado con una mujer buena y ganosa, es mi deber ser feliz. No puedo responder por mis actos, tampoco puedes pedirme cuentas, si traes a un hombre guapo de visita con el derecho a pasar la noche en casa. No soy inocente. Ni tú tampoco eres ingenuo amor mío.”
“Ahora, si ya no quieres más cuernos deja de venir con Jorge y ofrecerle lecho. Pero voy a decirte algo que quizás no te guste. Te puede molestar un poco pero es mejor soltarlo o se me queda atorado y eso me pone neurótica. Si quieres saber mi sincera opinión, comienzo a inclinarme por una solución más moderna: prefiero que Jorge venga a vivir con nosotros. Los vecinos prehistóricos pueden pensar lo que les venga en gana, qué cuentos. Quizás somos pioneros de una relación de vanguardia, donde no hay necesidad de mentiras, ni hipocresías, ni mojigatería. He leído y escuchado que hay muchas parejas swingers que se la pasan divinamente. Nosotros no tendríamos que andar buscando por ahí y corriendo riesgos. ¿Qué dices mi osito?”
(Yo estoy petrificado, como al dinosaurio que le cayó un meteorito encima y no alcanzó a darse cuenta.)
“Piénsalo bien, ya deja de abrir esos ojos, y por favor cierra la boca que las muecas de repente se te quedan. Te lo digo con todo el amor del mundo que guardo por dentro, que hay suficiente mujer para ustedes dos. Si aceptas te prometo ser la esclava sexual más complaciente, la mujer ideal, de veras te ofrezco toda la dicha que nunca más nadie podrá entregarte.”
Y con infantil entusiasmo remató diciendo:
“¡Te prometo solemnemente que jamás volveremos a aburrirnos el resto de nuestras vidas, amorcito!”
Con los ojos saliéndome de las cuencas, paralizado de asombro y con la mandíbula en el piso, intento pensar con claridad para responderle. Recobro la compostura, y me acerco a su oído. Trago saliva. Una gota de sudor empieza a correrme por la sien. Un temblor nervioso recorre todo mi cuerpo, y puedo percibir la ansiedad de ella en su respiración agitada. Con sobrehumano esfuerzo, y en un desesperado intento por hallar algo de lucidez en mí frito cerebro, con un hilillo de voz apenas audible lo único que soy capaz de susurrarle en ese momento, lo único que atino a decirle es…
Primero… ¿podemos tomarnos ese caldito de pollo que me ofreciste?








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