Esta entrada llega tarde para muchos o quizá llegue en el momento justo para otros, así que la escribo para aquell@s que aprovecharon las fiestas y para los que aún no se atreven a salir del cascarón.
El 31 de octubre de cada año se celebra en varios países una fiesta de origen Celta que se denomina HALLOWEEN (si les interesa el origen, las razones, si es correcto o no, si es de Dios o del diablo, por favor vayan a otro lado porque yo no se los voy a decir); durante estas fiestas muchos adultos y niños se disfrazan, piden dulces y hacen cualquier cantidad de cosas para divertirse.
Lo curioso de estas fiestas, a mi modo de ver las cosas, es que los adultos se ponen disfraces o máscaras para desenmascararse, es decir, para mostrar todo lo que esconden por dentro. Algunos por ejemplo muestran al niño que llevan dentro y otros, contrariamente, sacan sus más escondidos secretos.
El pasado 01 de noviembre asistí a una fiesta de disfraces en la que habían no menos de 500 personas; habían muchas mujeres y hombres disfrazados perfectamente, otros no tan perfectos y otros muy divertidos y originales. Fue interesante observar cómo todos se tomaron su tiempo para disfrazarse, como yo lo hice. Me disfracé así como en la foto:
En cuanto iban llegando los personajes todas las miradas se posaban sobre ellos, para ser criticados, admirados o ignorados; cada quien iba tomando su lugar y se acomodaba en el sitio en el que estaría destinad@ a pasar tan estupenda noche.
Cuando llegamos mi esposo y yo, aún había lugares disponibles, escogimos una buena mesa y un sitio estratégico para no ser tan observados, pues deseábamos más privacidad. Sin embargo, a medida que transcurría la noche, cada espacio era ocupado por más y más personajes que iban dejando sin opciones nuestra intimidad.
Transcurrida una hora, el alcohol empezaba a mostrar sus efectos, sobre todo en las mujeres que no tenemos la capacidad de soportar mucho las consecuencias del licor; entonces empecé a notar ciertas miradas indiscretas, atrevidas y sospechosas de algunas mujeres a mi alrededor. De los hombres sentí ese tipo de miradas desde el mismo instante en el que entré, pero pocas eran las mujeres que miraban.
Una hora más tarde tenía a dos niñas de una misma mesa sentadas frente a mí que no paraban de mirarme a los ojos, directamente a los ojos, sin sentir vergüenza ni temor; sin embargo una de ellas y debo ser sincera, la más joven pero no la más linda, se fue con un tipo que apareció de la nada. De cualquier modo su sucesora, una mujer vestida de Gatúbela, se quedó en la mesa dejando en evidencia su fuerte interés por mí, pues sus miradas se volvieron aún más intensas y descaradas, a lo mejor su máscara le permitía mostrar sin miedos lo que estaba sintiendo.
Para ser honesta yo había intentado establecer más vínculo con la niña que abandonó la mesa, pero al mirar a la que quedó, sentí un clic inmediato, así que le pedí a mi esposo que bailáramos mientras le contaba al oído lo que estaba sucediendo. Él, muy feliz, se levantó de su silla y empezó a danzar al ritmo de mis caderas, caderas que murmuraban deseo e incitaban a una noche de locura.
Cuando bailábamos mi compañera de miradas se levantó y empezó a bailar de espaldas a mí, acercándose lentamente hasta tocar mi trasero y golpeándolo suavemente con ganas de mucho más que un simple baile.
Al terminar la pieza musical, mi esposo y yo nos dirigimos a su mesa y la invitamos a un trago, ella lo recibió gustosa y se fue alejando poco a poco de su mesa para quedarse con nosotros en la nuestra. Fue entonces cuando hablamos y descubrimos muchas cosas y ganas en común.
Estuvimos un par de horas más en la fiesta y mi nueva "amiga" no se despojaba de su máscara, algo que le daba un toque de intriga y me excitaba mucho más. Llegado el momento decidimos irnos a un lugar más relajado y privado para empezar la que sería una noche inolvidable.
Llegamos a un hotel, entrados en calor nos despojamos de nuestros disfraces pero ella no quería quitarse su máscara, decía que no podía quedar en evidencia, no quería ser reconocida en la calle porque normalmente no tiene ese tipo de comportamientos y menos con personas extrañas. Yo quería respetar lo que decía, pero no podía, necesitaba ver su cara. Minutos después le quité la máscara y al hacerlo sólo descubrí mucha más belleza y hasta ternura sobre su rostro.
De algún modo siento que amé su belleza, su ternura y su gallardía bajo la máscara, por eso cuando estuve con ella fue de una forma delicada y sublime. Fue una noche que nunca olvidaré y que disfruté a niveles extraordinarios.
Me pareció muy curioso que al despedirnos, cuando no había una máscara que ocultara su rostro, su mirada se hizo dulce y un poco tímida, había perdido la picardía con la que al principio me logró intimidar un poco.
De acuerdo a esta experiencia fue muy claro para mí que la bisexualidad femenina de la que tanto he hablado en este blog es un hecho innegable, y que al ser un tema difícil de tratar y mucho más, difícil de mostrar, para las mujeres es más fácil esconderse, ocultarse tras máscaras imaginarias que disimulen, cuanto más sea posible, la existencia de ese otro yo que lamentablemente está condenado a la muerte.










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