A decir verdad, las mujeres están más dispuestas al placer que los hombres. Aunque suene reiterativo, todo es cuestión de saber cómo expresar y abordar las situaciones. No todas tienen la misma forma, ni el mismo conducto; así como no manejas de la misma manera a pesar de que cojas la misma carretera, yo qué sé.
Violeta era así. Una mujer normal (entendiendo normal como una dama con sus ideas definidas), muy alegre y sobre todo inteligente; además de lo hermosa, claro está. Con sus cabellos cortos, sus ojos color miel y una boca tan delgada que parecía no caberle una mentira. Como solemos decir: una chica 10. Con una estatura mediana, un cuerpo delgado y, hay que decirlo, no dejaba en sus prendas nada al azar. Lo descubrí. Léase bien: nada al azar.
Sobre cómo la conocí. Cosas del trabajo. Ventajas del periodismo, diría yo. Solo sé que la necesitaba para una investigación y se apasionó tanto por la idea que la noche antes de la publicación se quedó conmigo hasta las 10 p.m. en la oficina. No importaba, al otro día era fin de semana, así que le invité a un lugar que existe en mi ciudad donde se puede hablar sin afanes y pensar sin tanto ruido.
La verdad no tomamos muchos cócteles. Creo que nos embriagó más el interés mutuo, la curiosidad mutua; esa misma que nos permite acercarnos para hacer preguntas más personales, con miradas cada vez más constantes y con sonrisas más naturales, cortas, fugitivas…
El deseo de conocernos un poco más nos llevó a salir de tanta gente y llegamos a mi apartamento. Ella se quitó los tacones porque le dolían los pies; yo le ofrecí una copa de vino (nunca falta en casa) y le pedí me permitiera atender su dolencia: Y entonces era ella, con su mirada fija hacía mí, la copa en su boca, su falda de ejecutiva entre abierta y su pie derecho en mis manos. Creo que suspiró cuando inicie mis movimientos. Ella seguía ahí, como escondiéndose detrás de la copa y me pasó el otro pie. En ese movimiento pude observar mejor en medio de ella y entendí su mensaje, así que extendí más mi mano para abarcar más su pierna. Su piel era suave y su mirada cada vez más intensa.
Puso su otro pie en mis manos y las abrió. Quede en medio de ella. Rendido ante ella. Dejó de esconderse detrás de la copa y se puso más al filo de la cama. Besé sus piernas, que ahora estaban sobre mis hombros; subía la falda y la luz iba descubriendo sus secretos. No dejaba nada al azar y me sorprendió ver una ropa interior de lencería, con una apertura a penas perfecta y hecha apropósito que dejaba libre su otra sonrisa, la sonrisa vertical. Me abalancé sobre ella, ávido de su néctar, cual colibrí y una flor cualquiera. La sentí cambiar de respiración y acariciar mi cabeza. Las palabras se habían ido.
Se paró, me hizo sentar, me dio la espalda y bajó el cierre de la falda, ubicado solo un poco más arriba de su parte de atrás. Con dos movimientos de sus piernas, la falda ya estaba en el suelo; con otros de sus manos, la blusa caía en cualquier lugar de mi habitación. Era hermosa, con su figura definida, como toda ella. Esa belleza ahora se arrodilló frente de mí para hurgar entre mis driles, masajeando mi falo que ya palpitaba. Logró quitar todo y la sentí con su boca, y con lengua, disfrutar con tanta paciencia de mi verga…
La vi pararse mientras quitaba su brasiel y se sentaba sobre mí. Le sentí abrigar mi falo erecto y reposar sus manos sobre mis hombros. Le besé, mientras ella apoyaba su frente en la mía y movía su pelvis, y suspiraba con más fuerza. Sus senos pequeños y redondos, con puntas rosadas. Le cogí de la cintura y la recosté contra la pared. Ella envolvió sus piernas en mi cintura, y cochaban nuestros sexos, ya no suspirábamos, gemíamos. Su gemido era sutil, algo quebradizo, lo que era perfecto porque parecía revelar algo de inocencia. No olvido su mirada fija mientras le follaba contra la pared, siempre con la boca abierta y como pidiendo que no parara.
Le bajé y buscó la cama, se quitó las bragas y quedó desnuda; hizo lo propio en mi cuerpo. Luego la vi subirse como gateando y me miraba, y en cuatro me ofreció todo. Se lo metí suave, para verla como se estremecía, pero después no paraba de disfrutar mis embestidas.
Nuestro escenario final fue la cama, hicimos, esto y lo otro. Al final, ofreció su mano y su boca para que yo me derramara.
Al otro día recibí su llamada diciendo que su jefe ya había leído la publicación y que, como era de esperarse, estaba furioso, y yo le prometí reserva.








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1 comentario
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login EntrarEstupendo relato... Me encanta como describes el momento tan pasional que vivivieron los dos. Felicitaciones!!