Cuando lo tuve en mis brazos no fue como lo esperaba. Había imaginado nuestro encuentro como algo especial. Yo conocía perfectamente su cuerpo, lo había visto detenidamente, sabía lo que tenía para darme y lo que le gustaba hacer, y no era menos que lo que él podía decir de mí. Sin embargo, yo esperaba que su cara, su cuerpo, su pene, su manera de moverse, fueran las piezas de un rompecabezas, que a pesar de conocerlas a la perfección, al conectarse con mi parte del rompecabezas mostraran una imagen completamente inesperada.
No fue así, antes de llegar a la cama cumplimos con cada uno de los juegos previos, los ejecutamos hábilmente como pasando a lista, con cuidado de no saltarnos ninguno, ni detenernos mucho en cualquier otro. Juego tras juego, de la boca al ano y luego a la boca, metódicamente, con cuidado de mostrar la experiencia que habíamos recolectado en los largos años que pasamos bajo cobijas ajenas, con cuerpos ajenos. Y al llegar a la cama, no fuimos más que dos formas patéticas e imperfectas, tratando desesperadamente de llenar nuestros vacíos sin saber cómo. Así fue como me adentre en su selva encontrando solo arenas movedizas, en lugar de néctares de su cuerpo solo exudaban icores y cuando pude devorarlo a él todo completo, lo regurgité rápidamente al lado de la cama.
Lo miré y parecía exhausto y decepcionado como yo, nuestro amor no tendría lugar en este mundo donde nuestros cuerpos y nuestra historia nos estorbaban. Mi boca estaba sedienta y mi lengua áspera, quise decirle cuanto lo amaba y cuanto hubiera deseado que las cosas fueran distintas. Solo le dije “¿cómo es tu nombre?”.








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