DOÑA ANDREA Y SUS DOS MARIDOS
Relato de comunidad Fantasíasschedule 8 min de lectura calendar_today Noviembre de 2014

DOÑA ANDREA Y SUS DOS MARIDOS

Cuando Jorge vino a vivir con nosotros, muchos en el edificio comenzaron a hacer todo tipo de especulaciones. Yo podía sentir las miradas de reprobación de las vecinas cuando me quemaban con esos ojos de beatas hipócritas, las caras de curiosidad de los vecinos, y de confusión de los niños....

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Cuando Jorge vino a vivir con nosotros, muchos en el edificio comenzaron a hacer todo tipo de especulaciones. Yo podía sentir las miradas de reprobación de las vecinas cuando me quemaban con esos ojos de beatas hipócritas, las caras de curiosidad de los vecinos, y de confusión de los niños que pensaban que estaban en presencia de una "familia" de aberrados. Es que a nadie en esta sociedad pacata, se le ocurre concebir una poliandria y aspirar a salir indemne de tal situación.

Es posible que le interese leer el principio de mi desventurada historia, si dispone de tiempo y quiere conocer el panorama completo de por qué perdí más que la razón y terminé cometiendo un crimen atroz. Así que si es paciente y quiere enterarse de mis malas razones, le invito a que se tome un café mientras lee mi relato:

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Bueno, si ya leyó el inicio de mi odisea sexual, o si prefirió continuar igual, debo decir a mi favor que tuve que renunciar a mi ego, lo admito. No podía resistir a la mirada suplicante de mi primorosa y joven esposa cuando me puso contra la espada y la pared, y me exigió que dejara vivir a su amante en nuestro propio hogar. Sacada de contexto, tal pretensión parece absurda e iverosímil, pero si leyó mi historia desde el origen mismo, seguro comprende que no es descabellada. Y tristemente para mí, absolutamente verídica.

En este punto, comprendí que llegamos a esta encrucijada por mi propia causa, pues yo empecé un juego del que no siempre hay retorno.

Así es, amabilisimo y paciente lector, primero entregué a mi prometida para que disfrute de los placeres carnales con otro hombre, antes de contraer matrimonio. Bajo una aparente lógica, ocurrió como es natural en estos casos, que tal acto parecía devolverse en mi contra.

Lo segundo, aprendí que mi hermosa Andrea ya no podía vivir sin Jorge, su amante, y que si la presionaba corría el riesgo de perderla para siempre. Entonces era inevitable reconocer que entre los dos, Jorge y este servidor, estábamos en condiciones de hacerla inmensamente feliz.

Tomar la decisión de invitar a mi rival para que viva con nosotros, además de ser la decisión más dura de mi vida, tuvo además varias complicaciones de orden práctico. Por ejemplo, ¿dónde iba a dormir el nuevo miembro de nuestra casa?

No se trataba de compartir lecho los tres por lo incómodo que esto podría resultar a corto plazo. Si usted querido lector, está casado por algún tiempo sabe que lo último que se necesita es cama más chiquita. Pensar en tres camas en una misma habitación, o dormir en camarotes, me hizo recordar mis tiempos del ejército. No señor.

Otras preguntas forzosas salieron a flote: ¿Quién dormiría con ella habitualmente? ¿Había que reservar días para cumplir con los ritos íntimos de pareja, sin perturbar al tercero?

Decidimos para sentirnos todos cómodos, y a instancias de ella, que cada quién duerma en su propia alcoba. Jorge ocupó la habitación de huéspedes (que ya no recibiríamos por su puesto), y convertí el estudio en mi área de descanso.

En cuanto a quién dormía con ella en el sentido carnal, acordamos con Jorge que si un día lo hacía uno, el siguiente sería para el otro. Andrea supuso que estaba bien así y aceptó aunque se reservó el derecho a cambiar las reglas de vez en cuando especialmente el fin de semana, o cuando no estuviera de humor para compañía de ninguno.

Y funcionó por un tiempo.

Los problemas empezaron cuando los cambios en las reglas empezaron a hacerse cada vez más frecuentes. Como suele pasarles a las parejas en plena luna de miel, Andrea prefería la compañía de Jorge especialmente los fines de semana, cuando dispone de más tiempo para disfrutar la intimidad. Eso me empezó a molestar un poco. Por muy moderna que fuera nuestra relación, los celos a veces me ganaban la partida.

Los acuerdos de convivencia fueron cada vez menos respetados, como aquella vez que regresé temprano del trabajo. Las ropas de ambos estaban casi en la entrada, como si hubieran tenido prisa por desvestirse. Respiraciones agitadas, gemidos y voces salían de la cocina. Fue allí donde los encontré haciendo el amor, o sería mejor decir cogiendo como salvajes. Ella tenía las manos apoyadas en el mesón, con sus ricas nalgas hacia arriba y dandole la espalda a su amante. Él la embestía con gran vigor e inocultable alegría, y con voz entrecortada le dijo "putita mía, ¡qué rica eres!". Ni siquiera se dieron cuenta que yo estaba presente. No pararon y frente a tal espectáculo preferí salir discretamente. En ese momento Jorge se percató de mi presencia, se secó el sudor de la frente y me saludó con un “q hubo hermano”. Ella le dijo "no pares mi amor, que ya estoy que me vengo". Ni siquiera me vio porque estaba muy concentrada en el placer que estaba recibiendo. Embarazoso fue para mi ese momento.

Cosas por el estilo se volvían cada vez más frecuentes. Ellos fornicaban en el baño, en la sala, en el corredor. Otra vez los sorprendí en concúbito carnal sobre mi propio escritorio, dejando manchas de sudor y de sexo sobre la mesa en que trabajo. No tenían límites. Era como si Andrea quisiera recordarme lo que es la pasión de una pareja en permanente celo, un furor sexual que alguna vez también vivimos.

Sucedió un domingo de esos, era ya casi media mañana, me desperté con un hambre atroz. En la habitación principal los dos amantes habían estado en sus juegos sexuales, al parecer casi toda la noche. ¡De dónde rayos sacaba tanta energía Jorge! Y ni qué decir de mi castísima esposa, que se había vuelto cada vez más insaciable, parecía insatisfecha todo el tiempo porque siempre estaba dispuesta a echar un polvo a cualquier hora del día y, en cualquier lugar de la casa.

Mientras preparaba el desayuno podía escuchar los gemidos de Andrea, el sonoro jadeo de Jorge. Al tiempo que me excitaba un poco esa situación, por paradójico que suene me sentí más celoso de lo usual.

Toc, toc. Llamé a la puerta. Un breve silencio.

"Espera un rato, que ya casi acabamos" gritó Jorge desde adentro. Andrea no decía nada, solo expresaba grititos ahogados que parecían de dolor.

Me atreví a abrir un poco la puerta, para ver qué ocurria en la alcoba, por una morbosa e irresistible curiosidad. Como no pareció importarles a ellos, entré y me quedé sentando observando con una erección que reventaba mis pantalones.

Debo admitir que hasta ese momento no había visto con detenimiento y tan cerca el miembro viril del amante. Habían estado en posisición de misionero, pero Jorge retiró su pene y le dio la vuelta a Andera poniéndola de espaldas. Levantó las caderas de ella y pude ver como su enormidad la penetró sin misericordia, haciéndola gritar como posesa. Al parecer mi esposa ni siquiera se había percatado que yo estaba en la puerta, atisbando por la rendija. Otra vez estaba recibiendo más que amor en sus entrañas.

Se acopasaron con enorme entusiasmo, ella movía ese exquisito culito, él respiraba con intensidad hasta el punto que podía ver el brillo de ambos cuerpos envueltos en profusa transpiración.

Mucho me asustó que los ruidos fueran tan sonoros que todos los vecinos se dieran cuenta de la orgía, me moritificaba de todas formas que me vieran la cara todos.

Así estuvieron los amantes largo rato, hasta que Jorge gritó que no podía más, que se corría. Ella dijo que se lo dé todo, que se venga adentro de nuevo (cuántas veces más habría recibido el semen de Jorge desde anoche), y por su puesto, ambos exhaustos se desplomaron sobre un lado de la cama tratando de recobrar el aliento.

Inmediatamente después, ella subió las piernas sobre la cabecera de la cama, como si quisiera evitar desperdiciar una sola gota de semen.

La duce voz de mi mujer, ya más serena, me soltó lo siguiente:

-Amorcito, sé que no te pido estas cosas, pero ¿puedes ser lindo y me traes desayunito a la cama? Yo te lo compenso luego con lo que quieras mi osito. Dí que sí ¿por fis?

-Va a tener que ser alguno bueno muñeca – le contesté turbado y algo confundido por mis sentimientos.

Entonces mi humillación se consumó pues me vi en la situación de llevarles a mi consorte y su marido de repuesto desayuno a la cama. Entré. Ambos desnudos bajo las sábanas, abrazados. Me regalaron una sonrisa que no era burlona, pero me hizo sentir masoquista. Sus rostros brillaban por el sudor y Andrea se incorporó dejando sus deliciosos senos expuestos. Sin pudor, Jorge se levantó de la cama, completamente desnudo y pasó al cuarto de baño en busca de una toalla para secarse la humedad de toda una sesión de sexo que había impregnaba su cuerpo. Luego se puso sus interiores y se sentó al borde de la cama.

-Déjate consentir por tus dos maridos

Le dijo Jorge a Andrea.

Y ella dijo con la mayor tranquilidad: “Sientense conmigo y compartimos el desayuno en la cama”.

Los tres en el mismo lecho, habíamos conformado una extraña familia.

“Y qué tal si después del desayuno, ¿jugamos a querernos todos?” propuso Andrea con una sonrisa lasciva.

Y luego con sereno aplomo me dijo tomándome de la mano: "Mi amor, no me estoy cuidando. Quiero que tengamos un hijo".

Hay límites que es mejor no cruzar. Puede ser que no exista retorno. Debí saber que al aceptar tal reto estaba forjando mi propia perdición.

Estéril como soy, y plenamente conscientes los tres de dicha condición, la decisión de Andrea me tomó por sorpresa. Con el desayuno en mi barriga, y antes de saber siquiera que ella ya estaba preñada, el primero que corrió al baño y vomitó fui yo.

— demolitionman

13 de noviembre de 2014

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demolitionman

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Soy hombre heterosexual

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