-“Vamos en una troca para una discoteca de las buenas… salimos en 10 minutos…nos vemos en el lobby”, nos dijo Raúl, el amigable recreacionista mejicano del hotel donde nos hospedábamos.
Eran ya las 12 de la noche y el hotel de Cancún donde disfrutábamos con mi esposo de la semana de vacaciones, cerraba el pequeño disco-bar con el que atendía a sus clientes. Era ya la quinta noche de estas vacaciones de ensueño con las que Juan Carlos y yo, celebrábamos estos 10 años de aniversario.
Habíamos dejado a nuestros hijos al cuidado de mi suegra en Bucaramanga, y viajamos los dos solos para dar rienda suelta al romanticismo y la tranquilidad de celebrar en pareja, como tanto lo deseábamos. Y que mejor, que la hermosa ciudad de Cancún, Méjico, para hacerlo.
Por allá en Agosto del 2004, me case con el, segura de que emprendería un largo y difícil camino al lado suyo, y hoy 10 años después, un solido matrimonio y dos hermosos hijos, Juliana de 6 años de edad y Camilo de 4, daban fe de que habíamos hecho las cosas bien como padres.
A mis 36 años, me sentía una orgullosa madre y esposa, al igual que una exitosa abogada penal de Bucaramanga. Mi esposo Juan Carlos, por su parte, a sus maduros 48 años, un emprendedor comerciante de calzado y con una triunfante carrera profesional, lo enaltecían como hombre de negocios, a pesar de los años difíciles por los cuales pasaba el sector.
Esos 12 años de diferencia en nuestras edades no eran obstáculo para que nuestra relación fuera difícil. Por el contrario, Juan Carlos se sentía muy orgulloso de tenerme como esposa, amiga y amante. En el poco tiempo libre que tenia, me dedicaba a recorrer las espigadas montañas de la región con mis amigas de la liga de Ciclomontañismo de Santander, y mi espigado y moldeado cuerpo mostraba las razones de mi estricta dedicación a este hermoso deporte. Con largas y femeninas piernas, y orgullosa de lucir un esbelto y atractivo trasero, Juan Carlos, 10 años después, aun me llamaba su reina, a pesar de mi que busto reducido y una ligera cicatriz en mi rostro, me quitaban un poco de belleza natural.
Y esa noche en el hotel de Cancún, su ego masculino se encontraba al máximo de su expresión. Y los turistas europeos, gringos, y latinoamericanos que me observaban en la disco del hotel esa noche, podían explicarlo.
Yo lucia un ajustado, vaporoso y sexy vestido azul claro de lino de una sola pieza que terminaba 8 o 10 centímetros arriba de las rodillas, aparentando una corta y atrevida falda. El vestido dejaba al descubierto la parte alta de mis espaldas, dándome un toque sensual y elegante. Mis torneadas y femeninas piernas se mostraban majestuosas, mi cadera y mi bien cuidada cintura eran el abrebocas, y mi parada cola Santandereana se veía hermosa y rozagante ante los ojos de un hombre que supiera reconocer la belleza de la mujer colombiana. Las dos sutiles y coquetas nalgas se mostraban apetitosas y suculentas bajo la ajustada mini falda, y al caminar sentía como los hombres se deleitaban al mirar el sensual movimiento de esas nalgas de ensueño, que a mis 36 años, yo lucia con vanidad y orgullo.
-“Amor… quieres ir al bar swinger de acá de Cancún?”, me pregunto Juan Carlos, saliendo del disco-bar del hotel.
-“Vamos solo a mirar… y si te sientes incomoda, me dices y nos regresamos para el hotel sin problema”, me dijo el mirándome a los ojos.
En los últimos 2 años, Juan Carlos, motivado por la curiosidad y creo yo,su ego masculino, me había invitado una y otra vez a que fuéramos a un bar swinger. Al parecer, para el, era extremadamente excitante el tema del mundo swinger, y mucho mas, al tener a su lado a una atlética esposa, sexy, atractiva y 12 años mas joven que el. Claro, yo siempre le rechace su atrevida propuesta, ya que no me llamaba la atención ver como era expuesta como ‘carne de cañón’ ante otros hombres, y mucho menos, con el bien torneado cuerpo de mujer Santandereana que yo tenia.
En alguna ocasión, pasado de tragos Juan Carlos me dijo “… no sabes como me gustaría verte desnuda, acomodada en cuatro, y Jaime dándote verga ventiada por detrás… con ese culazo que tienes mamasota… no sabes la cantidad de amigos míos que se ofrecerían a culearte…”. Claro, Juan Carlos se refería a Jaime, su socio en la empresa, amigo de hacia ya 8 años y uno de mis mas fervientes admiradores.
Pero siendo esa fecha especial decidí darle rienda suelta a sus masculinos deseos y decidí aceptarle su invitación.
-“Listo bebe… vamos… pero si me siento rara o veo algo que no me gusta, nos vamos”, le respondí sonriendo.
-“Sabia corazón mío que algún día me aceptarías la propuesta”, me respondió Juan Carlos sonriéndome y dándome un sutil y tierno beso.
-“… y no me imagino la cara de los manes del bar swinger tan pronto te vean entrar con ese vestidito azul… me imagino la antojada de todos ellos mirándote esta belleza de culo que tienes mi reina”, agrego el, dejando escurrir su mano derecha por mi cadera, acariciándome generosamente las nalgas, sabiendo que mas de un turista del hotel lo observaba con natural envidia.
Fuimos a la suite del hotel, me arregle el cabello, me coloque un poco de perfume, repase mis labios con lápiz de color rojo y 30 minutos después nos bajábamos del taxi que nos llevo del hotel al bar swinger en las afueras de Cancún.
A la entrada dos espigados e inmensos hombres nos recibieron el valor del cover, 30 dólares por ambos, y nos abrieron la puerta. Entramos por un largo e interminable pasillo con muy discreta iluminación que parecía un túnel secreto a otro mundo. Y vaya que lo era.
Al final, una fina y multicolor estera tejida colgaba dividiendo dos mundos. Pasamos a través de ella y nos encontramos con un amplio patio descubierto, lleno de mesas y altos butacos, donde diversas parejas compartían y departían sus sueños y decepciones.
El lugar estaba casi lleno. Los meseros tenían su torso descubierto y usaban un apretado pantalón, mientras que las meseras lucían una ajustada y bien abierta blusa negra, que dejaban casi visibles sus voluptuosos senos, al mismo tiempo que ellas tenían cortas minifaldas.
Una de ellas, sonriendo nos pregunto, aun sin habernos sentado, mientras que seguíamos allá parados en la entrada:
-“Primera vez?.... bienvenidos… ya les acomodo la mesa”.
Ella nos dio una mesa en una esquina, y me di cuenta que Juan Carlos tenia la razón. Me sentí observada, me sentí perseguida. Me di cuenta como algunos hombres interrumpían su privada conversación para solo observar el movimiento de mi cuerpo al caminar hacia la mesa. Obviamente, el cadencioso meneo de mi parado y sexy trasero colombiano llamo su atención.
Nos sentamos y con el sabor de una cerveza Corona empecé a ver como parejas de gordos, gordas, flacos, flacas, feos, feas, bellos, bellas, parejas jóvenes, así como maduras, altos y bajitos departían sana y alegremente del ambiente sin importarles su condición física, ni económica, y mucho menos el hecho de estar en pareja en un lugar de estos.
Al fondo, a un lado de la zona de mesas, había una pista de baile, discretamente iluminada donde se observaban como las parejas bailaban al ritmo de la sonora música. Mas al fondo, en una esquina, una agradable e iluminada piscina, donde algunas parejas se daban, abrazadas, un fresco chapuzón en el calor extenuante de la noche Cancunense. Note eso si que algunas de las parejas de la piscina estaban desnudas y sus cuerpos se paseaban por la orilla, sin importarles en absoluto su desnudez ni su condición. En frente de la piscina habían unas duchas y al fondo, a la izquierda, un amplio jacuzzi, el cual ya estaba abarrotado y lleno de incontables cabezas, donde cabellos rubios, negros y morenos eran parcialmente visibles.
Mas cerca de nosotros, junto al gigantesco bar principal, donde los 3 o 4 bartenders apresurados preparaban las bebidas y cocteles de los clientes, se veían dos amplias salas, donde cómodos sofás y amplias poltronas y colchones, decoraban un ambiente de provocación, sensualidad y privacidad. Allí en una esquina,en medio de las tenues luces rojas del sitio, era visible el cuerpo desnudo de una mujer rubia acomodado contra uno de los sofás, mientras que montado encima de ella, al estilo perrito, un obeso hombre, aferrado a su cadera, le hacia el sexo por detrás, mientras que, el que creo era su esposo, también desnudo, le acariciaba el cabello y le susurraba a sus oídos.
-“Les molesta si los acompañamos chicos?”, escuche una voz masculina con acento argentino, interrumpiendo mi observación.
Vaya sorpresa.
En frente nuestro, con su botella de Tequila Reposado en la mano, Francisco y Rocio, la pareja de argentinos que habíamos conocido en la playa del hotel, nos saludaba amigablemente, pidiendo tácito permiso para sentarse en nuestra mesa.
Que ironías nos da la vida.
Hacia dos días, los conocimos en la playa, cuando por un fortuito accidente el sombrero de Rocio, llevado por la fuerza intempestiva del viento, voló de su carpa de sol hacia la nuestra, volteando y derramando la piña colada que yo me tomaba esa mañana.
Después de unas risas, un par de disculpas y al calor de una nueva y fresca pina colada, nos sentamos los cuatro ese día a conocernos y a compartir las cosas comunes de nuestro destino, incluyendo el hecho de que ellos también celebraban en Cancún, su decimo aniversario de matrimonio, y que ambos se distanciaban por 12 años de edad. Francisco, comerciante de Rosario, de 49 años, amigable y simpático, furibundo hincha de River Plate, por supuesto no perdió ese día detalle de mi cuerpo, al verme lucir el bikini de dos piezas que yo tenia. Sus ojos no perdían detalle cada vez que yo me ponía de pie, y notaba perfecto como el me miraba de arriba a abajo, dejando sus ojos puestos un par de segundos sobre mi parado trasero.
Claro, eso a Juan Carlos lo entusiasmaba, y el tácitamente disfrutaba al observar como Francisco, indiscretamente, me miraba. Aunque los ojos y la mente de mi esposo realmente estaban en otra parte. Rocio, de media estatura, era una rubia de cabello largo, bien conservada y con una cirugía de busto muy notable. Sus voluptuosos pechos talla 36C o 36D, lucían impecables bajo el diminuto bikini que los cubría a medias. Sus gorditos en su cadera mostraban que a sus 37 años de edad, estaba un poco descuidada con su aspecto físico, aunque sus penetrantes ojos verdes, la hacían ver muy bella, con un rostro impactante.
Ahora dos días después, nos los encontrábamos en otras condiciones y en otro lugar.
Rocio lucia una sexy y bien escotada blusa blanca, dejando al descubierto sus dos sexys melones de silicona, los cuales llamaban poderosamente la atención. Y claro, con un poco de tontos celos de mi parte, los ojos de Juan Carlos posaron su mirada sobre ellos. Su pantalón negro ocultaba esos gorditos de mas, pero esos ojos verdes cautivaban de nuevo a mi esposo.
-“Es primera vez acá o ya habían venido?”, pregunto Francisco sentándose y ofreciéndonos una copa de tequila, la cual aceptamos.
-“Primera vez… pero esto esta muy bacano…”, respondió Juan Carlos tomándose su tequilazo de una y colocando ruidosamente la copa sobre la mesa.
-“Me dejas ir a bailar con Rocio?”, pregunto Juan Carlos, mirándolo y luego dándome una mirada a ver que cara yo hacia.
-“Si claro… ven… vamos.. no tienes que pedir permiso cabron..”, respondió Rocio, saltando del alto butaco de la mesa, sin dejar que Francisco, su esposo respondiera.
Me dio una sensación de envidia y de nuevo celos, al ver como Juan la tomaba de la mano y caminaban hacia la pista de baile, como pareja esa noche. En mis adentros, sabia que las exuberantes tetas y los encantadores ojos verdes de Rocio habían hipnotizado a Juan Carlos. Obviamente, algo que yo no le podía dar como esposa, y que en esas vacaciones, por obra y gracia de un evento fortuito, el había encontrado.
Sin quitarle la mirada a ellos, mientras sus cuerpos se fundían en un extraño abrazo en el baile, le dije a Francisco, que era nuestra primera vez en un bar swinger y que a Juan Carlos le llenaba de curiosidad por conocer este mundo liberal.
-“Nosotros llevamos ya 3 años en el mundo swinger… y desde entonces nuestra relación de pareja es mas solida y abierta… y disfruto mucho ver a Rocio entregada a complacer y ser complacida”, comento Francisco viendo como su esposa empezaba a bailar con Juan Carlos.
-“Vaya que difícil decisión… con una mujer tan bella y tan atractiva como tu Alejandra… no imagino como te caerían del cielo invitaciones a fiestas swinger… con esas piernas y ese trasero de reina colombiana que tienes… no imagino lo que le pasara por la cabeza a Juan”, respondió Francisco.
Sonreí, pero sus palabras me confundían. Por un lado halagaba mi belleza y de paso me lanzaba un atrevido piropo. Por otro lado, compartía conmigo el hecho de que seria difícil verme en manos de otro hombre.
-“Vamos a bailar también o quieres ir a conocer el sitio?”, me dijo el.
-“Déjame ir al baño y vamos a unirnos a ellos al baile”, le respondí un poco apenada por lo inconveniente de mi respuesta.
De camino al baño, sentí como los ojos de Francisco se posaron descarada y atrevidamente sobre mis nalgas. Vanidosa y tontamente celosa, camine lento, moviendo cadenciosamente mi cadera y dejando que mi espigada cola bumanguesa hiciera el resto, bajo el sexy y vaporoso vestido.
3 minutos después salí del baño, sabiendo que los ojos de Francisco permanecerían fijos sobre mi cuerpo. Claro, esta vez fue mas obvio y directo.
-“Vaya…. con una esposa así de guapa, que me parta un rayo si no te atiendo como te lo mereces…”, me grito Francisco, ya de pie, riendo y viéndome caminar de regreso a la mesa, y tomándome de la mano para dirigirnos a la pista de baile. Sus ojos repasaron mi cuerpo de pies a cabeza, sin importarle que aun poco nos conocíamos.
Mis pulsaciones del corazón se dispararon a 180. Sentí que se caía el mundo.
Mientras Francisco, indiscretamente me abrazaba, y la música bachata inundaba el sitio, dejando sus manos sobre mi cintura y apretando su cuerpo contra el mío, empecé a mirar para todo lado, al darme cuenta que ni Rocio ni Juan Carlos ya bailaban, ni mucho menos habían regresado a la mesa.
Así como el cuerpo de Francisco me abrazaba y me apretaba mas, sus manos dudosas se acercaban mas y mas contra mi cadera, dejando escurrirlas lenta y pausadamente, al mismo tiempo que mis ojos raudos miraban hacia uno y otro lado, como buscando encontrar respuestas al desconocido paradero de ellos.
Que ironías te da la vida.
Bobamente angustiada sin saber donde estaba Juan Carlos, mi esposo, el indiscreto abrazo de Francisco me llenaba de seguridad y susurrándome al oído me daba la tranquilidad que yo en ese momento necesitaba, mientras los dos bailábamos.
-“Alejandra… desde que te vi en Lunes pasado en el lobby del hotel con ese vestidito de rayas blanco y negro, envidie a Juan… se te veía espectacular ese culazo de diosa que tienes mujer”.
-“Y el Miércoles verte en la playa con ese bikini rojo fue lo máximo…. Tu con ese cuerpo y Juan, tu afortunado esposo, babeando con los pechos de Rocio… ese hombre esta que se la monta…”, volvió y me dijo.
No respondí nada a sus directos y atrevidos comentarios.
-“No te preocupes Alejandra… debieron irse a cambiar para entrar a la piscina.. con las ganas que tiene el de volver a verle las tetas a ella… uno de hombre hace cualquier cosa”, agrego Francisco.
El tenia razón. Su comentario, lleno de honestidad, me dolía, pero a la vez me alababa como mujer vanidosa que yo era.
De inmediato vi salir a Juan y a Rocio de los vestieres. Ella, completamente desnuda, lucia majestuosa caminando y dejando libres esas improvisadas tetas de silicona que se habían adueñado de mi esposo. Sus dos melones, voluptuosos e imponentes no podían pasar desapercibidos a los ojos de un hombre. A su lado, tomado de la mano, Juan Carlos, mi esposo, caminaba dubitativo, sonriente y nervioso, también desnudo y con su flamante verga colgando.
El se detuvo y dirigió su mirada apenada hacia la mesa donde estábamos. Al verla sola, luego volteo su cabeza hacia la pista de baile, donde me vio bailando apretada con Francisco y de inmediato cruzamos una penetrante y perseverante mirada.
-“Si tanto te gusta mi trasero… te regalo 15 segundos para que me lo acaricies… demuéstrame que tanto envidias a Juan Carlos esta noche”, le susurre a Francisco.
Fueron 15 segundos intensos, ver a Juan desnudo y a punto de entrar a la piscina con una mujer exuberante, bella y extraña, allí donde las parejas libres dejaban descubrir sus cuerpos. Para mi, 15 segundos de dudas y preguntas sin responder, que cruzábamos los dos a la distancia, mientras mi esposo Juan Carlos, perplejo y sorprendido, observaba como en la pista de baile las atrevidas manos de Francisco se posaban coquetas y con seguridad sobre mis bien moldeadas nalgas y me acariciaban generosamente el trasero, al mismo tiempo que nuestros cuerpos aun se mecían al ritmo de música.
“TE AMO BEBE”, deje que mis labios se movieran lentamente y gesticularan en voz baja esas tres palabras hacia donde el se encontraba para que Juan tuviera la tranquilidad esa noche de que yo Alejandra, su atractiva esposa estaba a su lado, así fuera para descubrir nuevas experiencias como pareja.
Juan Carlos me sonrió y me envió un beso con su mano, aun sin creer lo que sus ojos veían, mientras su atractiva esposa, bailaba abrazada con otro hombre, y de paso el le manoseaba vulgarmente su seductor trasero, ese hermoso y sensual culo del cual Juan Carlos era orgulloso y que esa noche tenia ya otro dueño.
Bajando su cabeza y entrando a la piscina, sin importarle que otro hombre en ese momento se deleitaba acariciándome el trasero en la pista de baile, Juan Carlos abrazo a Rocio, quien sonriente dejo que los brazos de mi esposo la cubrieran.
Una hora y media mas tarde, completamente desnuda y acostada sobre la cama de la suite 502 del hotel Sun Palace de Cancún, con mis ojos cerrados disfruto a plenitud de las delicias de la vida en pareja, al lado de mi esposo, como debe ser.
Ese glorioso corrientazo de mi orgasmo viaja raudo a través de mi cuerpo y me estremece de pies a cabeza, dejando que mi ego lo grite sin importarme un carajo quien me escuche. Siento perfecto como cada musculo de mi cuerpo se pone rígido y en un instante me siento flotar sobre esa cómoda cama de la suite del hotel, al mismo tiempo que las pulsaciones de mi corazón llegan a 180 y mi cuerpo colapsa ante el intenso y glamuroso placer.
Gimiendo pesadamente con mi boca entreabierta, abro difícilmente mis ojos y veo, a mi derecha, un cómodo sillón donde yace inerme el sexy y ajustado vestido azul que esa noche yo orgullosa lucia. A su lado, tirados en el piso, veo mi brassier y mi coqueta tanga blanca brasilera, así como los zapatos de tacón alto. Allá, al fondo de la suite, sentado sobre un sofá, el cuerpo desnudo de Juan Carlos hace una repentina pausa y sonriendo me observa como llego al orgasmo, mientras Rocio, también desnuda y sentada cómodamente sobre sus piernas, permanece recostada sobre el, dejando sus voluptuosas tetas al alcance de su boca, al mismo tiempo que ella se sigue moviendo, cabalgándose la verga de Juan Carlos.
Que ironías te da la vida.
Tantos hombres en Bucaramanga, entre amigos y desconocidos, deseando y soñando por muy largo tiempo con algún día, tener mi cuerpo y disponer de el a su antojo. Y hoy, esa noche, un simpático y desconocido argentino, al que escasamente conocía hacia 5 días, tenia en ese momento su cabeza incrustada en medio de mis piernas, chupándome deliciosa y magistralmente con su áspera lengua mi grueso clítoris y dejando que sus dedos se movieran libres al interior de mi ya dilatada y empapada vagina.
Hacia escasos 10 minutos hacia sido cuidosamente desnudada por un desconocido y afortunado argentino. 10 minutos mas tarde ese mismo hombre me acababa de entregar ese fantástico orgasmo después de una magistral demostración de sexo oral.
-“ahora si Alejandra… mujer divina…. ponete en cuatro y regálame esa belleza de animal que tienes entre las piernas”, dijo Francisco, retirando su cabeza de en medio de mis piernas, sumamente excitado con su boca cubierta de mis brillantes fluidos vaginales.
Volví a mirar a Juan Carlos, quien aun no me quitaba la mirada de encima y me acomode en la cama volteándome al estilo perrito y dejandole expuesto a Francisco mi desnudo y moldeado trasero, teniendo ahora yo de frente la espectacular vista de la bahía de Cancún.
Gire mi cabeza hacia el y en sus ojos maduros, brillantes y vidriosos se notaba la inmensa satisfacción y excitación al tenerme en esa posición de ensueño. Su cabeza agachada, con sus ojos puestos en mis nalgas, expresaban la dicha que puede sentir un hombre extraño teniendo en frente suyo mi ávido y necesitado tesoro.
Colocando sus manos sobre mi cintura, la gruesa verga de Francisco, entro lenta y pausadamente, mientras mi apretado y divino tesoro disfrutaba por primera vez en su vida de una verga ajena y con mucho placer abría sus puertas a nuevas experiencias y nuevas sensaciones.
Durante esos siguientes 5 minutos, mientras Francisco me sacudía deliciosamente su verga y mi cuerpo se movía cadenciosamente a la velocidad que su firme miembro entraba y salía de mis entrañas, restregándome el clítoris con su dura y gruesa cosota, comprendí y entendí en ese momento las maravillas del mundo swinger. Así, con respeto mutuo hacia tu pareja, sin cambiar nuestro estado civil ni echar por el abismo la relación, abrí los ojos a un nuevo mundo, al mismo tiempo que cerraba mis ojos y mis intensos gemidos llenaban la suite de eróticos y desmedidos sonidos.
Bastaron solo 5 minutos para tocar de nuevo el cielo, el mismo tiempo que le tomo a una nueva Alejandra para despertar de un letargo sueño sexual al que me había negado, mientras Francisco Morales, un argentino 13 años mayor que yo, tomándome por el cabello gritaba a voz en cuello su masculino orgasmo, con su firme y veterana verga enterrada en lo profundo de mi sexo, vomitando a borbotones e inundando con su espesa, caliente, masculina y amarillosa savia, mi estrecho y bien deseado tesoro.
Así abrí mi cuerpo a nuevas experiencias, así le di gusto a Juan Carlos esa noche, quien exaltado miraba a su atractiva y amada esposa, desnuda y excitada, acomodada en cuatro sobre una cómoda cama, al mismo tiempo que un hombre maduro y extraño llenaba y colmaba mi sexo de sus ilusiones.








Comentarios
1 comentario
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