Paseabamos por la ciudad amurallada, cuando sentí un deseo incontrolable de orinar. El argentino que nos escoltaba a mi amiga Claudia y a mi, señaló un pequeño bar al que accedí sin problema para usar su baño. Al salir, había un hombre de unos 24 años que me llamó poderosamente la atención. Pensé que era el dueño o el administrador, ya que con mucha confianza se encontraba con el bar tender tras la barra. Sin mucho preambulo decidí sentarme frente a él. Por su aspecto fisico, pensé que era extranjero, tenía el cabello castaño claro, piel blanca, altura mediana y candado. No se veía muy costeño.
-Lina- me presenté.
-Daniel- me contestó.
-Vengo de Bogotá. Tu bar me parece precioso- lo halague.
-¿Mi bar? ¡NO! Es de un amigo. Yo también vengo de visita, pero soy de Medellín. ¿Me dejas invitarte a un trago?- me contestó.
Mi amiga Claudia desapareció cuando vió que me la llevaba muy bien con ese extraño. Al fin que siempre nos damos nuestros espacios y ella estaba ansiosa de comerse con ese argentino que nos acompañaba y que habíamos conocido el día anterior en la playa.
Conozco los sitios turisticos de Cartagena a la perfección. Viajo en plan de recreo dos veces al año y a veces recibo invitaciones de fin de semana. Por eso la conversación sobre la ciudad fue muy fluida.
Daniel me convenció que venía por primera vez, que quería aprovechar al maximo el tiempo y que estaba encantado con la magia del corralito de piedra. No se demoró mucho en salir de la barra y acompañarme a la pista de baile, donde con la excusa de saber de mi vida, me beso sin permiso, lo que me permitió sentir la fuerza y suavidad de sus labios, picarme un poco con la barba y permitirme tocar más y mejor sus brazos, ya que estaba postrado sobre mi pecho.
Ninguno de los dos bebió mucho, pero pensé que era prudente irme. Él, muy caballeroso, se ofreció a acompañarme hasta Bocagrande, al apartamento que habíamos alquilado para las vacaciones. En el camino me contó que se hospedaba donde su amigo, pero que no tenía llaves, por lo que debía volver al bar. Sin ninguna resistencia y entendiendo lo que insinuaba, le ofrecí un desinteresado hospedaje.
Al llegar al edificio subimos al ascensor y ya lo tenía todo sobre mi. El apartamento, de dos cuartos, estaba completamente solo, por lo que llamé a Claudia, quien me indicó que despues de tener sexo, decidieron salir por unas cervezas.
Nos hospedabamos en un piso 18, frente a la playa, la vista desde mi cuarto era brutal. Él se sentó en el borde de la cama y no ví ningún inconveniente en sentarme encima. Nos besamos y no dudé en iniciar quitandole la ropa.
Cuando abrí sus boxers vi un pene tremendo. 18cm, recto, sutilmente venoso y muy mojado... Mi reacción fue suspirar y morderme los labios (claramente la luz estaba prendida y él noto mi reacción). Volví a hacerlo mientras bajaba, hasta que baje sus boxers y lo agarré frente a mi, le di un vistaso arriba y vi su cara de pasmado... Luego empece a darle lenguetazos mientras me miraba directamente a los ojos... De un momento a otro lo metí a mi boca con profundidad y nuestros suspiros se volvieron una bocanada de aire. Él miraba hacia el horizonte por la ventana, so cara se transfiguraba del placer que estaba recibiendo, yo movía mi cuerpo, cambiaba la velocidad, succionaba suave, luego duro, lamía, jugaba... No lo soltaba un minuto.
No pasó mucho tiempo cuando sentí que su leche ya se iba a derramar. Él me alejo gentilmente y se acercó a la ventana para tomar una bocanada de aire.
Yo me senté en el mismo borde donde me le senté encima. Él me miro y entendió rapidamente que quería que se me devolviera el favor. Su verga palpitaba roja y mojada de lo exitado que aún estaba de recibir esa mamada.
Se acercó suavemente y no dudó en abrirme las piernas y bajar. Su primera acción también fue un lenguetazo de arriba a abajo por todo mi coño. Yo sentía como expulsaba liquidos con cada centimetro que recorría. Subí las piernas a la cama y él arrodillado en el piso devoró mi vagina, que palpitaba. .. Tomé su cabela y jalaba de su pelo hacia dentro de mi, sentía que su cabeza me iba a penetrar, mientras gemía suavemente para no ser escuchada... hubo un momento en que sentí una lluvía de calor por mi cuerpo y no pude contener un gemido mientras sostenía su cabeza y las sabanas, que habían quedado humedas de nuestro intercambio de fluidos. Me tiré a la cama y allí estaba, con una sorisa picara tendido en el piso.
Me puse boca abajo con las piernas abiertas tratando de descansar, pero no pasó mucho tiempo cuando sentí que me monto. Él sabía perfectamente que mi coño seguía completamente humedo por su culpa... Me penetraba rico y aunque a mi me encanta controlar, sentirme poseída me exitaba a chorros...
Se vino en mi culo y sentí como su ardiente semen me llegó al cuello y se rego incluso en la almohada... Me hizo venir 3 veces el condenado foraneo que llevaba unos meses en Cartagena y duraría otros más.









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