Todo empezó por aquí por Guía Cereza. Cierta vez en el chat apareció una paeja pidiendo caballeros serios. Les escribí un privado y comenzamos una grata conversación. Quien estaba del otro lado era el marido a quien llamaremos George. Me dijo que su esposa era muy puta, que le gustaba que se la culearan varios hombres y que a él le encantaba verla como se la devoraban. La cosa se puso caliente y ese día concertamos una cita para conocernos directamente en Atheneas.
El día esperado yo llegué muy temprano y ellos no aparecían. Espere largos minutos que se me hicieron eternos. Por fin entró una llamada a mi celular. George me dijo: "ya casi llegamos, entra al lugar y allí nos vemos". Yo lo hice. Pagué la cuenta y esperé. Al rato, se aparecieron ellos: una pareja agradable, común como somos la mayoría de los usuarios de Guía. Ella alta, acuerpada, con un bello rostro y una sonrisa que mata, le miré el trasero, me dije para sí: "qué culo tan bello". Seguimos, pedimos licor, aunque yo no bebo, pero la dama sí, para distensionarse. Hablamos un poco. Ella no estaba desnuda, sino en traje de baño, que le hacía notar su gran chocho, su bello culo y sus grandes tetas. Y siempre con esa sonrisa matadora. Mi picha se puso tiesa al verla allí distensionada, tomando la mano de su marido, mirándome la polla y sonriendo. Algunos hombres merodeaban buscando la oportunidad de darse un pichonsito.
Pasó algún tiempo, yo empecé a acariciarle sus piernas torneadas. Luego, ellos me invitaron a la piscina. Allí nos sentamos, ella me cogió la verga y me masturbó por un rato. Me dijo: "vamos al jacuzzi". Nos entramos. Con nosotros entró un hombre a observar. Entonces ella se acostó y se dejó acariciar por mi lengua y mis labios, que buscaban afanosamente el clítoris glorioso, fuente de todo placer. Mi boca, mi lengua, mis dientes, mi mentón, todo degustó tan rico manjar. En un momento la dama se corrió deliciosamente, ya estaba lista para ser penetrada. Entonces, nos fuimos a uno de los cuartos y ella misma escogió tres hombres más que esa tarde le iban a dar clavo junto conmigo.
Cerramos la puerta y comenzó la acción. Me la piché como yo quise, la puse en cuatro y le enterré mi rica verga hasta el fondo, abriéndome paso por ese túnel caliente y arrecho. La muy puta, entre gemido y gemido, pedía más, mientras mamaba alternadamente las otras vergas y su marido miraba excitado. De la emoción la nalguee, debo reconocerlo a veces muy duro, pero la putilla gemía y gritaba pidiendo más verga. Después de un buen rato de culeo, ella quería probar las otras vergas, así que se subió a la cama o lo que hace las veces de cama, abrió sus piernotas, dejó al descubierto su raja lamida, chupada y penetrada, abierta y rosadita y así fue recibiendo lengua y verga, verga y lengua de cada uno de los presentes. Sus labios entreabiertos gemìan, mientras temblaba toda y se retorcía. No sé cuántas veces alcanzó a venirse, pero supongo que varias por el gorgoteo incesante, por el temblor de su cuerpo y los quejidos constantes que anunciaban una nueva dicha.
Se escuchaban golpeteos en la puerta, que significaba que varios hombres más querían participar del jaleo, pero ella ya había escogido a los machos que deseaba para su placer. De reojo, veía como su marido se pajeaba. La dama, haciéndole honor a su deliciosa putería, nos mamó la verga a todos los hombres que le dábamos placer, lo hacía con un estilo único, como si se fuera a acabar el mundo, como si no pudiera a volver mamarse una polla en su vida, lo hacía con deleite, con desenfreno, con arrechera. Y así, entre mamada y mineteada, me la volví a pichar, ella de frente y yo hundiéndole mi agradecido tolete entre sus entrañas, buscando su orgasmo. Y la muy puta volvió a correrse. Para ese entonces ya los otros hombres habían salido de la habitación, satisfechos. El marido nos animaba y le decía cuánto le gustaba su putería. Yo, que después de ese ajetreo ya tenía mi leche en la punta, la puse a mamar rico, así como a ella le gusta y me vine a borbotones. Entonces unté mi mano de semen y se lo restregué en esa boquita hermosa, para que se deleitara con la leche de su amante de turno. Luego, nos besamos, la escupí haciéndole tragar mi saliva y le dí varios bofetones en sus mejillas. Y nos retiramos de la habitación. Yo, satisfecho y con la sensación que a la preciosa dama le gustaba el sexo duro, y con la intención de volver a poseerla. Y ellos, también satisfechos. Así iniciariamos una relación llena de pasión y morbo.








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