Una vez más en Palmira. En casa de Cristina y Libardo. Y esta sería la última vez que los ví. Me citaron. Siempre él era el que llamaba. Llegué yo desde Cali con los deseos de siempre. Esta vez me recibió él y ya no me citó en la sala sino en la alcoba. Era ya como de la familia. O como se dice: el amante oficial. Libardo empezó a contarme de las múltiples aventuras sexuales de Cristina. Una de las cosas que se me quedó grabada fue aquella de: “A ella le encanta que la cojan varios. Se muere de la dicha cuando se la pichan por delante y por detrás mientras mama una o dos vergas. A todos los resiste”.
En esos momentos entró Cristina, tan desnuda y voluptuosa, como si hubiese estado pichando, besó a su marido, me miró pícaramente, me besó con deseo mientras su mano buscaba mi verga y me preguntó al oído. “¿te gusta verme así, papasito?”, yo como un robot asentí con la cabeza y ella dijo: “vamos a ver qué tan arrechito estás”. Miró de reojo a su marido quien ya estaba con los pantalones abajo y su gran verga bien parada. Y entonces ella rió y dijo: “ah, pero si es que los arrechos son los dos”. Entonces se abalanzó sobre su marido, buscando ávida su verga. Esa mondorria grande y gruesa fue lamida generosamente y con mucho placer por la voluptuosa Cristina. De pronto, giró su rostro complacido y me invitó a que la poseyera o le diera lengua. Y siguió en su labor mamatoria. Se acomodó mejor en la cama y mostró su rica vulva y su precioso culo para que yo los atacara. Entonces yo me desvestí. Mi picha estaba erguida y dispuesta a dar lo mejor de sí. La hembra se puso en cuatro, con el rostro hacia la parte baja de la cama y su culo y concha hacia la parte de arriba, donde se ponen las almohadas. Libardo, de pie brindó su pichota a la boca sedienta de Cristina. Yo me metí entre las piernas de la dama y empecé una mamada de chocha y culo. Ella pegaba su sexo a mi rostro, restregándolo, mientras seguía chupando ansiosa la polla de su marido. Allí, debajo, yo podía sentir no sólo sus cadenciosos movimientos sino también los gorjeos que ella producía por cada chupada que proporcionaba. En un momento, la sentí estremecerse y me brindó un poderoso orgasmo en mi boca: el sabor saladito de sus jugos, la humedad más intensa que emanaba, el estremecimiento y la rotación inacabable de su hermoso sexo sobre mi boca, así lo evidenciaban. Ella lanzó un largo y sonoro gemido y en vez de descansar, me tomó de la mano y musitó en mis oídos sus deseos para que hiciéramos un delicioso 69.
Yo, obediente, me acomodé bocarriba. Ella se subió sobre mí en posición contraria y hundió en su boca mi erecta polla. Yo resistí el peso de sus entrañas en mi boca. Se movía frenética, haciendo que su gallo rozara permanentemente mis labios y que mi lengua lo recorriera de arriba hacia abajo. Saboreaba mi tolete de manera espectacular. En un instante, sentí como Libardo se colocaba detrás suyo y sin compasión hundió su enorme monstruo en su pequeño orificio anal. Ella lanzó un quejido de dolor, dejó por un momento de mamar mi verga y le reclamó a su marido la brusquedad. Y después volvió a concentrarse en la mamada. Y comenzó el más intenso meneo de su culo atacado y de su chocha invadida por mi lengua. Yo sentía ahogarme porque la calentura de la dama hacía que presionara fuerte sobre mi boca, pero la arrechera que yo tenía hacía que me mantuviera incólume. En un momento, el monstruo disparó sus chorrazos de leche dentro del adolorido ano y su crica se pegó a mi boca más fuertemente. Yo hice los círculos más rápidos y fuertes sobre el diámetro de su clíctoris y lo succioné con mis labios, sin brusquedad pero con firmeza. Su boquita chupó con más ahínco mi erección. Lanzó un agudo quejido y se desmadejó sobre mí.
Nos incorporamos y nos reimos los tres. Ella comentó su inmensa satisfacción: “Qué buena miné me hiciste”. Sonrió pícara, se acercó a mí, nos besamos y acariciamos de nuevo. Entonces dijo: “Esta verga no ha terminado su labor, cierto papi?” y se insinuó acostándose bocarriba en la cama. Entonces, así como estaba, arremetí contra ella, le abrí las piernas, sus dos adorables columnas y le hundí mi poste en su crica, todo, hasta la empuñadura. Ella subió las piernas sobre mis hombros y comenzó su danza. El marido nos animaba con procacidades: “Vamos, arrechos de mierda, pichen. Vamos duro, culeate a esta puta, sácale la leche…Vamos mi puta, pichatelo, uff qué rico”. Y se masturbaba. Nuestros cuerpos ebrios de placer sudaban copiosamente y continuaban la fricción intensa. En unos minutos mi polla se meneaba airosa al poseer tal delicia y anunciaba la venida del elixir de los dioses. Mientras lo hacía, no dejábamos de besarnos; yo le mordía los labios y cuando los entreabría, depositaba con fuerza mi saliva, ella la saboreaba y buscaba mi boca para morderla. Por fin exploté dentro suyo. Me quedé un rato más, disfrutando de la tibieza de su hendidura, hasta que mi aparato se puso flácido.
Al terminar, hablamos como amigos de cosas diversas. Yo me despedí de ellos. Gracias a su mente abierta ellos me iniciaron en este mundo en el que siempre he permanecido. No los he vuelto a ver, pero siempre los tengo presentes. Recuerdo siempre a Cristina, mujer ávida de placer!.








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