Una Gordita Sensacional!
Relato de comunidad Fantasíasschedule 6 min de lectura calendar_today Mayo de 2015

Una Gordita Sensacional!

Ya había iniciado, gracias a Cristina y Libardo, mi camino por este maravilloso mundo swinger, aunque en la época no sabía que así se le llamaba. Ahora lo que seguía era continuar buscando. En otra revista de la época (Sobre de Manila) una pareja solicitaba hombres. Así fue como....

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Ya había iniciado, gracias a Cristina y Libardo, mi camino por este maravilloso mundo swinger, aunque en la época no sabía que así se le llamaba. Ahora lo que seguía era continuar buscando. En otra revista de la época (Sobre de Manila) una pareja solicitaba hombres. Así fue como contacté con Martha Lucía y Luis, como los llamaré. Ellos vivían en Cali. También fui citado a su casa. Luis, por teléfono, me pareció muy parco. Preguntó algunas cosas y contestaba con monosílabos. En fin, concertamos la cita. Cuando llegamos a su casa por los lados de la autopista sur, él estaba tomando con unos amigos en el primer piso. Nos presentamos y él llamó a su esposa. Apareció una mujer gordita, aunque agradable de rostro y muy joven, tal vez unos 22 o 23 años. Luis aparentaba unos 38 años. Ella se notaba un poco tímida. En presencia de sus amigos, no se habló nada del asunto. Yo no tomo licor, pero los acompañé y ya me estaba dando un poco de sueño. Como a las 11 y 30 de la noche ella subió al segundo piso, según creí. Yo me quedé con Luis y sus amigos. Después de tomar algunos tragos más, sus amigos se despidieron. Ya era muy tarde. Subimos no al segundo, sino al tercer piso. Allí estaban las habitaciones. Eran muy desordenados, había ropa regada por toda parte. En una de las habitaciones dormía –o fingía dormir- Martha Lucía. Luis y yo seguimos conversando. Yo no me atrevía a preguntar nada concreto. Total, era mi segunda experiencia en tríos. Pero para mis adentros, no me explicaba por qué ella dormía. ¿Sería que no iba a pasar nada? Añoraba a Cristina y su iniciativa. Bueno, suponía que si iba a ocurrir algo, ellos debían avisarme en el momento oportuno. En este mundo se aprende a tener paciencia. Si las mujeres quieren, todo el cielo es para uno. Si uno se pone de acosador, pierde el año mil veces. Algunas mujeres toman la iniciativa, otras son guiadas por el esposo o son sumisas. Todo depende.

Sin embargo, tenía muchos deseos de culear con la gordita, me imaginaba cómo sería su concha voluminosa y gruesa, y mi picha comenzó a crecer bajo mis pantalones. Luis hablaba, entretanto, de su esposa como la más puta de las mujeres, decía: “allí donde ves a la muy morronga se ha tirado delante de mí más hombres que la misma Cicciolina”, aludiendo a la famosa actriz porno de los años 7o”s y 80”s. “Además- continuó- le gusta que le hagan de todo. Picha, mama, da culo y le gusta que le mamen”. Mi pene, al oír estas palabras, creció mucho más. Estaba muy ansioso, mientras Luis se encontraba muy embriagado. Fue entonces cuando él abrió más la puerta y dijo que podía entrar, que la cogiera como yo quisiera. Ingresamos. Allí estaba ella, solo con sus sostenes y sus pantys y acostada bocabajo, se suponía que dormía. Luis llegó hasta ella y le acarició las nalgas. Me preguntó: “¿Está buena, no es cierto?”. Yo asentí. Me invitó a unirme al plan. Yo hurgué por debajo de sus cucos, buscando su sexo y besando al mismo tiempo su nuca y espalda. Ella respondió instintivamente y giró lentamente, adormilada, colocándose bocarriba. Yo me desvestí rápidamente. La habitación estaba en penumbra, por lo que no se detallaban bien sus gestos.

Aproveché su nueva posición, abrí las gruesas columnas de sus piernas, bajé de un tirón sus pantys, los olí intensamente, los tiré a un lado y busqué en la suave pelambrera de su horno el gusto que siento por las cricas húmedas. Efectivamente, estaba hirviendo y muy mojada. Atrevido, introduje dos dedos que se perdieron en su túnel gordito y los moví rítmicamente. Luis mientras tanto la besaba en la boca. Ella intentó cerrar las piernas, pero yo aproveché sus momentos de titubeo y sin pensarlo me abalancé sobre su clítoris, succionándolo con mis labios y pasando mi lengua por su pequeño brote que se irguió agradecido por las caricias. Succioné suave y con fuerza, suave y con fuerza, una y otra vez, mientras ella se revolcaba impetuosa y su boca se atragantaba cada vez más con la verga de su marido quien había aprovechado el momento para entrar en la avidez de sus labios. Estaba tan húmeda que sus jugos corrían a cántaros por la comisura de mis labios y se deslizaban por mi barbilla. La dama soltaba sus efluvios en mi lengua y cerraba y abría sus piernotas rítmicamente. Mis dedos continuaban penetrándola, jugando con su gruta amorosa. Al parecer, hubo un momento en que mordió la polla de su marido porque éste emitió un gritito de dolor y la llamó “puta”. Ese mordisco evidenciaba que estaba próxima a correrse, y efectivamente, en un movimiento brusco, con sus dos manos, apretó mi cabeza contra su clítoris; fue así como mi lengua, dientes y labios se vieron impelidos a recoger la jugosa venida, que me dejó inundado de tan exquisito manjar salado y abundante. Sin embargo, no emitió ningún sonido. Yo seguí dándole lengua, pero seguramente la venida la había dejado maltratada y retiró mi rostro de su cráter. Sin pensarlo dos veces, salté sobre ella, la monté y abriendo sus gruesas columnas de carne, mi saeta se perdió en su concha gorda y apetitosa. Ella comenzó su movimiento pélvico suave y cadencioso. El marido se retiró para observar la escena. Nos revolcamos de placer. Besaba sus tetas y las mordía, las besaba, saboreaba sus pezones. Buscaba su boca y la besaba intensamente. La bombeaba con frenesí, dispuesto a darle todo el clavo que se merecía. Al rato, ella me apretó fuertemente, entrelazando sus piernas en mi cintura y obligándome a aumentar la presión sobre su raja. Anunciaba así su segundo orgasmo. Se corrió como loca y esta vez sí emitió un leve gemido de placer. Enseguida se desengarzó de mi verga, la tomó entre sus labios y la chupó con arrechera, buscando la leche. Esta no llegó, porque decidí volver a penetrarla. La puse de rodillas. Busqué su vulva caliente y la empalé sin compasión. Mi picha se deslizó entre su húmedo ardor. Ahora podía ver su culo girando intensamente y teniéndolo a mi disposición. Mis manos palmotearon rítmica y frenéticamente sus nalgas. En la medida que ella se movía, mi mano caía con una palmada en sus nalgas. Ella aumentaba la velocidad y mis palmoteadas hacían lo mismo. Luis, entretanto, la besaba en la boca y le susurraba cuánto le gustaba su putería. Así, en ese trajín, comencé a sentir el polvazo que le iba a regar en las entrañas y que se vino intempestivamente, dentro del condón. Ella lo recibió, profiriendo sus satisfacciones: “Que rico polvo, que rico polvo”

Por esa noche fue suficiente. Dormí junto a ellos y al día siguiente abandoné la casa sin poder despedirme, porque era muy tarde y continuaban durmiendo absolutamente desnudos. Posteriormente los llamé para obtener nuevas citas y nuevos placeres.

— minetero69

28 de mayo de 2015

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