Sexo Oral En Un Club En Cali
Relato de comunidad Fantasíasschedule 7 min de lectura calendar_today Junio de 2015

Sexo Oral En Un Club En Cali

Ya conocía dos parejas, pero mi búsqueda no cesaba. Un día cualquiera decidí visitar un club privado que era anunciado en el periódico local y que quedaba en un barrio periférico de la ciudad (por los lados de Polvorines en Cali al sur) y al que había que anunciar la visita telefónicamente.....

minetero69

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Ya conocía dos parejas, pero mi búsqueda no cesaba. Un día cualquiera decidí visitar un club privado que era anunciado en el periódico local y que quedaba en un barrio periférico de la ciudad (por los lados de Polvorines en Cali al sur) y al que había que anunciar la visita telefónicamente. La primera visita fue infructuosa. Yo tenía mucha curiosidad. Pero sólo había un hombre que dijo llamarse Jhon. Dijo que era bisexual, pero yo sólo tenía ganas de pichar con mujeres, los hombres no han sido nunca de mi gusto. El sitio estaba un poco descuidado, tenía una piscina, un baño turco y unos cuarticos para compartir. En el primer piso funcionaba un gimnasio que parecía independiente de este otro negocio. Ese día me fui decepcionado.

Otro día llamé a dicho club y me cercioré de preguntar si había alguien más allí. Quien me contestó dijo que en el momento había una pareja y un hombre. Acudí ansioso. Timbré, confirmaron mi llamada, subí al segundo piso, me entregaron las llaves del casillero donde se debe dejar la ropa, porque al lugar se ingresa completamente desnudo o con una diminuta toalla. Me dirigí a la piscina. Allí estaba la dama metida hasta la cintura y con los brazos y el rostro posándose en el borde, mientras que quien supuse era su marido, un hombre ya mayor, le hundía su polla, él dentro de la piscina, lo que ella disfrutaba mucho por la expresión de su rostro, que evidenciaba mucho placer. Al lado de la piscina había otro señor también mayor, quien observaba la escena sin perder detalle. Cuando terminaron el polvo, se dirigieron al baño turco. El otro señor se quedó en la piscina. Yo esperé un rato y luego ingresé. Ella estaba sentada a lo largo del mueble y con la espalda recostada sobre uno de los lados de la pared. Sus piernas estaban extendidas. Era una mujer de rostro muy agradable de aproximadamente unos 35 años, dueña de unas enormes tetas, muy blancas y largas, con pezones rosaditos; sus piernas eran macizas, muy atractivas. Su sexo tenía poco vello púbico y expresaba en el rostro un gesto de inmensa satisfacción y relax. El marido estaba sentado en el mueble inferior y acariciaba el abdomen de su mujer. Pregunté si molestaba en algo mi presencia. Dijeron que no al unísono. Entonces me senté al lado del señor, justo debajo de las rodillas de la dama. Me presenté. Ellos: “mucho gusto: Francisco y Cristina”.

Nos dimos la mano y cuando tuve la de ella entre la mía, la retuve un poco para sentirla. Luego, empecé a acariciarle las piernas. Ella se rehusó un poco y se cubrió los pezones con las manos y miró a su marido. Este dijo que afuera había un señor que los estaba acosando y que no querían compartir con él, que por eso ella se mostraba esquiva. A continuación, él se acercó a su oído y le susurró algo y ella asintió. Entonces, Francisco, dijo que tenía permiso para acariciarla. Yo agradecí y entonces continué tocándola suavemente. Le solté con finura las manos de los pezones y comencé a beberlos, pasando de un seno a otro con fruición y placer. A ella pareció gustarle y me acarició la cabeza. Me acomodé mejor. Fui bajando por su vientre. Y ahí estaba yo, minetero, dispuesto a saborear otra conchita hermosa. Su dueña, de piel clara, sensual y delicada, abrió un poco las bellas piernas y me permitió observar tan delicioso manjar: una cuca grande, rasurada, con un escasísimo vello púbico alrededor de la parte baja del vientre, adornando la entrada de su exquisitez, con un clítoris precioso en la parte en que se unen los labios vaginales. Empecé a lamer, a sentir el sabor glorioso de su esencia. Ella se estremecía con cada embate de mi lengua. Entretanto, el marido se puso en pie, se quitó la toalla y le puso la picha en la boca a su mujer. Ella se atragantó con la verga, dándole los chupones que ésta pedía. Yo seguía en mi labor, solazándome con cada lamida, con cada chupada, con cada suave mordisco a sus labios vaginales, con cada penetración de la lengua en su rósea gruta. A esa hora, la dama ya había abierto bien las piernas, deliciosas, y pegaba gustosa su sexo contra mi rostro. Aproveché entonces para penetrarla con mis dedos morbosos y así presionar un poco su gallito gozón, que quedaba así apretado entre los movimientos lujuriosos de mi lengua y labios y el frenesí de mis dedos, poseyéndolo en su integridad. Era tal su movimiento que por un momento sentí ahogarme, ya que ella no se despegaba de mi boca, sino que por el contrario, friccionaba cada vez más.

En esos instantes, su marido le regaló un polvo en la boca que ella bebió sin pensarlo, recogiendo con su lengua hasta la última gota. Francisco se estremeció intensamente. Cristina, que recibía cachonda mis lamidas, dobló el ritmo de su cuca en mi boca y se vino entre estertores. Debo confesar que cada orgasmo femenino en mi lengua me excita enormemente. Pero este, prolongado, lujurioso, húmedo y excesivamente salado, se ganaba el premio mayor hasta el momento. Decidí recoger toda su crema, aún la que resbalaba provocadoramente alrededor de su culito.

En esos momentos ingresó el señor del que habían hablado y empezó a mirar la escena. Yo me arrojé al piso y le pedía a Cristina que pusiera su raja en mi rostro para continuar la miné. Ella accedió. En un instante tenía toda esa carne maciza y exquisita abriéndose de par en par para que mi lengua la recorriera suave y apasionadamente y mis labios apretaran su gallito con vehemencia. Ella, encima mío, se movía como nadie. Yo acariciaba su enorme culo, suavemente, mientras mi lengua se deleitaba con su chocho mojadito y exquisito. Los dos hombres miraban la faena y nos animaban a seguir, hasta que ella acabó por segunda vez. De nuevo sus efluvios salados inundaron mis labios que, ávidos, se aprestaron a recogerlos. De su garganta salió un acorde agudo, se puso tensa, apretó más su pozo contra mi rostro y soltó un casi imperceptible: “me vengo, me vengo, aayyy”. Y continuó estremeciéndose.

Nos levantamos, salimos del baño turco y nos dirigimos a la ducha. Allí, ella acarició mi polla y dijo que le gustaba mucho, que quería tenerla dentro y señaló su cuca….pero que sería en otra ocasión. Le pregunté si le había gustado la sesión oral y me confesó: “Tienes una lengua única, nadie me había hecho una miné así”. Y luego preguntó: “…y mi cosita, ¿te gustó?”. Yo la atraje hacia mí, la besé largamente y le dije: “Es un tesoro maravilloso, dulce y apasionado”. Ella sonrió. Acaricié sus pechos y nalgas y la enjaboné. Ella hizo lo mismo con mi polla que parecía un poste, pero que no había tenido esta vez la oportunidad de brincar dentro de lo que yo llamé “tesoro maravilloso, dulce y apasionado”.

Nos vestimos y salimos. Fueron muy amables en ofrecerme su vehículo para acercarme a un lugar donde pudiera abordar transporte más fácilmente. Conversamos. Les dije que si podíamos ir a algún otro lugar, pero adujeron que tenían un compromiso familiar. Ofrecí entonces tener sexo con ella en el vehículo y a ella le encantó la idea, pero luego se retractó: “Aún es de día, dijo, y puede vernos todo el mundo”. Definitivamente no era el día para mi verga, lo fue para mi lengua. Entonces, yo, que estaba en la parte trasera del vehículo me acerqué a ella, que iba a delante al lado de Francisco y la besé descaradamente en la boca. Ella respondió a la caricia. El marido nos animó. Entonces, bajé mi mano por entre sus pantalones y acaricié su gallito hermoso, masturbándolo rítmicamente. Ella cedió al manoseo, bajó sus pantalones y dejó que mis dedos la masajearan. Cerró los ojos y dijo quedamente que una de sus fantasías era hacer el amor en el vehículo en marcha mientras Francisco conducía. La masturbé hasta que anunció su corrida, allí, al lado de su esposo, con los ojos entrecerrados, el pecho agitado y una cara de enorme satisfacción, encharcando de tibios jugos mi mano inquieta. La dejé correrse, gozar el momento sublime. Ella gemía repetidamente y decía: “Rico, rico, rico, ricoooo, uumm”. Cuando se recuperó, saqué mis dedos, los lamí y se los di a ella para que los lamiera. Ellos rieron y estuvieron de acuerdo en que yo era la embarrada. Prometieron llamarme. Francisco se veía muy excitado viendo a su esposa disfrutar como lo hacía. Nos despedimos ella y yo con un beso intenso. Bajé de su vehículo. Pensé, “qué rico es este mundo, cuántas parejas desinhibidas, que quieren gozar”, sonreí y me dirigí a mi casa.

— minetero69

4 de junio de 2015

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minetero69

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Comentarios

1 comentario

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  • kami2486
    kami2486 · 4 de jun de 2015

    Buena experiencia gracias por compartir con nosotros fue rico leer tu historia gracias

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