Luego de un corto viaje, que sin embargo pareció eterno, llegaron a su destino, en medio de un incómodo silencio que se mezclaba con una emotiva expectación. La supuesta experiencia de ambos no les evitaba ese sudor en las manos, esa sensación en el estómago que aparecía de sólo pensar en las horas siguientes. La comida de hace un rato, y la conversación apenas murmurada en el elegante restaurante, ayudaron a crear esa tensión que se apoderaba de ellos lentamente y que parecía dispuesta a consumirlos. Hubo algo oculto en cada sensación, y ambos parecieron sospechar….
Tras unos minutos que parecieron perpetuarse por siglos, entraron por fin en la habitación, inmersos en un diálogo en donde las miradas, aun esquivas, decían lo que las palabras dejaban de contar. El hermoso espacio en que se encontraban estaba finamente decorado. A un costado de la cama se encontraba una botella de champaña en una cubeta de hielo, junto a un ramo de rosas tan rojas como la pasión que estaba por desatarse. No había nota en el ramo, ningún papel con algunas letras que indicaran algo a quien las recibía, pues…. ¿qué le iba a decir? No tenía palabras para explicárselo, para darle a entender todo lo que significaba para él, por lo que una nota muda fue todo cuantohubo. Por ahora, era suficiente para ambos saber lo que sentían, entender su complicada relación ante un mundo que no podría explicarla, o aun más, comprenderla. No importaba; hoy, ellos se entenderían de muchas maneras.
Cuando pareció que no había marcha atrás, la incomodidad que los abrumaba tuvo que desaparecer a la fuerza. Ella, en una mirada que él jamás le había visto o imaginado siquiera, lo observó callada y tentadoramente, emitiendo un brillo de sus ojos que decía demasiado. Él, aun presa de un extraño respeto, decidió dejar sus pensamientos aparte, y por primera vez en su vida, quiso dejarse llevar (“…una eternidad esperé este instante, y no lo dejaré deslizar…”); sin pensarlo, se acercó a ella con ímpetu, aunque en el momento final flaqueó ligeramente, y dejó el beso cargado de locura que tenía preparado en apenas un toque de labios tan mágico como sutil. Acercó sus labios a los de ella, y los rozó. Ambos pares de labios se tocaron durante unos segundos, cuando un beso sustituyó tan incomparable momento. Sutil, calmado, lento, acompasado fue el beso que se dio entre ambos. Sus lenguas jugueteaban, sus cabezas giraban con suavidad de un lado a otro. “Entre tus labios de plata y mi acero inolvidable”… pensaba él mientras la besaba, como llevando la melodía en su mente a la par que se preguntaba cómo podía estar allí, con ella, en este preciso instante. Jamás lo habría sospechado, ni en sus más optimistas o lujuriosos sueños, habría creído, algún un tiempo atrás, si se hubiera dicho a sí mismo que sentiría sus labios algún día.
Mientras estas inquietudes surcaban su mente, ella pareció más desinhibida, más dispuesta a no llegar hasta allí para arrepentirse. El beso se fue transformando, y las respiraciones de ambos comenzaron a entrecortarse. Las exhalaciones se hicieron más frecuentes, los movimientos más fuertes, y la lenguas de ambos parecía dispuestas a conocerse mejor. Él se alejó con un leve movimiento, llevándose el labio inferior de ella con los suyos hasta que se separaron, y dirigió su atención a su oído derecho. Se acercó allí, mordió con sutileza su lóbulo e internó la punta de su lengua en su oído, dejando ella escapar un gemido apenas perceptible y un suspiro cargado de todo cuanto estaba sintiendo. “No me sirven las palabras, gemir es mejor”… eran ahora las notas que pasaban por la mente de ella.
Él recorrió su oreja de arriba abajo con sus labios, su lengua, su aliento… la mano derecha de ella comenzaba a pasar por su cabello, tomándolo con fuerza, pasando luego a su espalda. Él, al ver que la respiración de ella se hacía más audible, abandonó el oído, pasó por sus labios sin tocarlos, lo que la enloqueció un poco más, y se detuvo en su cuello, lo que la estremeció. Sintió un ligero corrientazo pasar por cada rincón de su cuerpo cuando él pasó sus labios, aun sin tocar la piel, por toda la extensión de su cuello, dejando sentir su cálido y apasionado aliento. Fue mayor la sensación cuando su lengua, y luego toda su boca, se fueron apoderando de ese punto débil, lamiendo, recorriendo, besando, sintiendo… ella comenzaba a respirar más profundamente, a moverse como queriéndose alejar sin quererlo realmente, como diciendo que no aguantaba más… y entonces, él se alejó, se acercó nuevamente a sus labios, y volvió a besarla primero con ternura, luego… luego no tanto.
Ya decidida, tomó el primer botón de su camisa torpemente mientras seguía inmersa en un beso apasionado, seductor, inconmensurable. Con más ímpetu que pericia, por todo cuanto pasaba por su mente en este momento, los desabrochó, uno a uno, quitó luego su camisa y la dejó caer en el suelo con un ruido sordo.
Él sabía que no había marcha atrás; no lo deseaba, de todas maneras. Quería seguir, y dado el paso que ella daba, decidió hacer lo propio. Tomó su blusa, y comenzó a subirla con más ansiedad que habilidad, hasta que pasó ésta a estar allí, junto a su camisa. Un brasier negro, tan simple como tentador, apareció ante sus ojos, dejando entrever la belleza de sus senos, aun cubiertos. Nuevamente pasó sus labios por su cuello, pero se detuvo poco, ya que comenzó a bajar, hasta los límites que la negra prenda le exigía. Bordeó su piel por encima del sostén, sintiendo el calor de sus senos, con pequeños besos, con ligeros acercamientos con su lengua. Sus manos comenzaron a juguetear con el broche, pero no se atrevieron aun a conocer su desnudez. Observaba anonadado ese lunar tan erótico que ella exhibía, y que ahora era más notorio que nunca. Ella, sin embargo, tomó el botón de su jean, lo desabrochó, y comenzó a bajar con una lentitud enloquecedora el cierre. Pronto, esta prenda estaba resbalando por sus piernas, terminando en el suelo, como las demás, o como los deseos de ambos de hacer lo correcto. Hoy… hoy era su noche. “Pruébalo y verás que todos somos adictos a estos juegos de artificio…”
Ahí, en bóxers, se daba cuenta que ella estaba dispuesta a no marcharse sin lo que había ido a buscar, y esa actitud le enloqueció aun más. Lejos estaban las miradas perdidas, esquivas, sugerentes pero distantes de ambos. Sus cuerpos estaban ahora comunicándose, transmitiendo todo el deseo que no pensaron pudiera llegar a existir, pero que allí estaba, protagónico de este instante. Sus meditaciones se vieron interrumpidas cuando la mano izquierda de ella bajó lo suficiente para sentir su vientre, y cruzar esa barrera que el límite también le imponía a ella, pero que decidió traspasar. Por encima de su ropa interior sintió la erección que ella misma había provocado. Ya él no lo pensó un segundo más, y rápidamente, pasó sus manos por el brasier, recorriendo su espalda, hasta llegar al broche que destrabó con más dificultad de la que habría deseado. Su mano, mientras tanto, pasaba por su jean, sintiendo su feminidad. Cuando cumplió con su objetivo… no pudo dar crédito a sus ojos: unos senos grandes, perfectos, blancos, femeninos, simplemente hermosos. No quiso tocarlos, sino contemplarlos; quiso ser un artista, capaz de plasmar en un lienzo tanta belleza. Pero fue humano, y se dirigió a ellos. Con un acercamiento casi sacro, rozó los pezones con sus labios… recorrió sus senos, los besó, los lamió, los mordió, succionó, aceleró, se calmó, pasó de uno a otro, volvió a besar, a sentir, a explorar… las manos de ella seguían pasando por su pene erecto, y a tomarlo con fuerza, aun por encima de su ropa interior.
Él, sin previo aviso, se alejó de sus senos de Afrodita, y se dirigió nuevamente a sus labios, ya no con lujuria, sino con sutileza. Los besó como expresando eso que no podía explicar pero que estaba en él, escrito con las letras de su nombre, y la llevó hacia la cama, donde la recostó. Bajó directamente hacia su jean, el cual quitó con lentitud, pero con aplomo. Una tanga negra apareció, con la misma simpleza y seducción del sostén que yacía en el suelo. Con su deseo cumplido, subió nuevamente hacia sus labios, donde se detuvo poco, para pasar por su oído, y su cuello, bajando hacia sus senos en una línea interminable de perceptibles pequeños besos, hasta que llegó a su vientre, donde rodeó con su aliento el ombligo, y con la punta de la lengua repitió el paso alrededor del centro de su cuerpo. Más ligeros besos marcaron el camino que seguía... subía hasta el borde de sus senos y volvía a bajar hasta donde su ropa interior lo permitía, recorriendo el borde que la negra prenda demarcaba. Dando un salto, llegó a su pierna, por la que bajó con apenas roces de sus labios, hasta que su lengua recorrió los dedos de sus pies. Ella, mientras tanto, arqueaba su espalda, y emitía con fuerza un sonido, un gemido que lo enloquecía de excitación. Subió, y luego pasó a la otra pierna, la cual recorrió de la misma manera, para volver arriba y demarcar con sus labios lo que esa última prenda aún ocultaba.
Finalmente, decidió deshacerse de ella. “Quiero un zoom anatómico, quiero el fin del secreto”. Con su última pieza junto a la demás ropa, él se acercó a ella y besó su monte de Venus, con más sutileza que emoción. Toda su feminidad, esa que nunca creyó, buscó o quiso conocer, pero que estaba allí, ante sus ojos, era inspiradora, no de locura, aunque sí, sino de ternura. Era una princesa vampira, capaz de enloquecer, pero también capaz de generar lindos pensamientos y sentimientos. Provocaba besarla con pasión y abrazarla con ternura, todo al mimo tiempo. No obstante, era su locura, esa que nunca quiso imaginarse por diversas causas, lo que quería desatar esta noche. “Me dejarás dormir al amanecer entre tus piernas”… Sin dar más vueltas a las ideas que su mente trataba de aclarar, se acercó a su vagina, húmeda, expectante, y pasó el extremo de su lengua sobre su clítoris, mientras ella se retorció en la cama. Sus labios pasaron por los suyos, su lengua se internó, sus dedos suavemente también pasaron por su clítoris, y se internaron en la humedad de su vagina en un movimiento acompasado. Ella respiraba rápidamente, entrecortadamente, mientras su cuerpo se levantaba de la cama y volvía a caer entre suspiros y gemidos de placer. Él continuaba inexorable, besando, lamiendo, tocando, mordiendo ligeramente, explorando, sintiendo, recorriendo… y cuando ella sintió que iba a explotar… El reloj despertador interrumpió su sueño, y mientras lo apagaba, pensó que ya era hora de irse a trabajar, a verla, pero de una forma muy diferente, para su pesar.








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