Estaba sola en casa ese sábado en la tarde, mis papás se habían ido para una finca y tenía la casa para mi entera disposición hasta el otro día. Realmente no deseaba hacer nada, toda la semana anduve en parciales en la universidad y por primera vez, en mucho tiempo, quería eso, no hacer nada.
Llamé a mi mejor amiga y le dije que si le gustaría acompañarme a compartir el delicioso plan de cine, maíz pira y gaseosa. Sin pensarlo dos veces aceptó y se vino a casa con un sinnúmero de películas que tenía guardadas. De ipso facto con comida y bebida a bordo, empezamos a deleitarnos con la primera, de la trilogía del Señor de los Anillos, recostadas en la cama y en short.
Mientras comentábamos lo que pasaba en las escenas de las batallas, al mismo tiempo, hablábamos de otros temas en común y no sé por qué, en un instante, el tono de ella cambió inesperadamente, digamos a un ambiente algo íntimo: “Caro ¿Hace cuánto que no te comes un man?” Fue la pregunta, con ese lenguaje informal, mientras sus ojos me observaban de forma penetrante, como buscando que mi mirada se bajase ante su osadía. “La verdad, hace poquito” Opté por responderle sin mayores explicaciones y detalles. “¿Estable o aventuras?” indagó. “Un amigo que tengo, sabes bien que hace rato no tengo novio, pero creo que el sexo se hace necesario a veces” Luego su mirada se penetró más en mi, de forma en que realmente me intimidé. Seguidamente, como tomando aire, me dijo “¿Puedo cambiar la película? Quiero mostrarte algo y ya me dirás si lo quito o no” Acepté sin problema alguno, aunque me dejó intrigada el hecho de relacionar sus preguntas con algo que iría a mostrarme.
Se paró, fue y reblujó entre las carátulas de películas que trajo y encontró una en particular que tomó, sin foto alguna. Sacó su CD, quitó la que había dentro del reproductor e ingresó esta nueva protagonista. De repente, las imágenes aparecen en pantalla y en el momento pleno de la acción: dos mujeres voluptuosas, desnudas, con cara de lujuria, están en una conocida posición numérica (69) lamiendo mutuamente sus húmedas vaginas. De lejos, noto que mi amiga siente algo de pena pero a la vez, una inmensa curiosidad por ver mi reacción ante lo que estoy observando. “¿Te excita lo que ves?” Pregunta seria. Nunca en mi vida había indagado si realmente podría sentir ese gustico por otra mujer. Tenía hasta allí una vida sexual bastante activa y apasionante, pero sólo con hombres, nada de nenas. Sinceramente, me gustaba lo que veía, algo dentro de mi, como un demonio, me empujaba al mundo experimental de las sensaciones y el placer.
Los gemidos suenan al fondo, son agudos y lujuriosos, alguien quien estuviese cerca no distinguiría si son obra de la escena porno que rueda en esos momentos en el DVD o acaso serán dos niñas que desde hace años han sido amigas y que por la soledad, la pasión o el descubrir de un nuevo gusto, están en la cama besándose, acariciándose y llevando sus pulsaciones al máximo posible. Ella, parece ser que luego de ver mi mutismo ensordecedor, entendió mi respuesta a su pregunta e inició el recorrido con su lengua por mis labios y mi cuello, hasta que sus dientes rozaban con las puntas de mis orejas. Yo estaba impávida, pero deseosa, me sentía una cebra en las garras de la leona, siendo un buen pedazo de carne para ella.
Me deshizo mi blusa, sus manos agarraban fuertemente mis tetas por encima de mi sostén, ella me poseía, estaba plena encima de mi, como cuando se busca inmovilizar a un demente. Sus besos nuevamente pasaban por mi cuello pero en esta ocasión su camino se dibujó por entre mis senos, desabrochando mi brasier, mientras que aquellas quedaban al aire libre, bien paraditas y grandes, como lo detalla mi talla 36. Ella, mi primera amante mujer, las había conocido previamente, pero en esta ocasión no estaban de paso mientras me ayudaba a probar un vestido, no, en ese momento fueron para quedarse largo tiempo, siendo saboreadas, manoseadas, mordidas y por qué no, unirlas con las tetas 34 de ella; mi más puta y deliciosa amiga.
Nuestros pechos estaban descubiertos, sentíamos el sudor bajar por ellos al mismo tiempo que nos devorábamos a besos. No tenía razón en ese momento, sólo sabía que mi clítoris reventaba a borbotones, al sentir el cuerpo de ella junto al mío. La película era un muy buen estimulante, no sabía que el porno fuera un perfecto afrodisiaco. La cama estaba completamente destendida, nuestra ropa regada caóticamente por la habitación y lo poco que quedaba de comida se enredaba entra las sábanas de la cama. Ella, bajaba mi short lentamente, mientras lo acompañaba con besos en mi abdomen, mi ombligo y mi pelvis. Sus besos se sentían alrededor de mi vagina pero aún no se atrevía a llegar allí. Esa sensación de que llega pero no, me causaba tortura y mucho placer, hasta que por fin su tibia lengua ingresó hasta mi cosita. Describirlo es difícil, es fácil hacerlo cuando te lo hace un hombre, pero con una mujer es muy distinto, ella tenía más tacto, ternura y sabía qué hacer para causarme placer. Esa lengua moviéndose profundamente dentro de mi, a medida que su mano derecha tocaba duramente mis tetas y sus dedos, de la mano izquierda, rozaban mi clítoris y uno a uno los ingresaba. Cuando el placer me dejaba, podía ver como también saboreaba sus dedos al retirarlos de mi húmeda concha.
Tomé la iniciativa por primera vez, en el momento en que su cátedra de sexo oral estaba en pleno, la tomé de su cabeza y la presioné fuertemente hacia mi vagina, haciendo que su boca y nariz tocasen mis partes íntimas y tuviese un esfuerzo mayor, su trabajo oral, para complacerme. Reaccionó rápidamente, subió hasta mi vientre y empezó a lamer mis voluptuosas tetas. Fue delicioso, así como el sexo oral de una mujer es distinto al que logra hacer un hombre, de igual forma la manera en que me chupaba mis senos tenía un efecto de encantamiento mitad lujurioso, mitad tierno. Acomodada en la almohada veía cómo se esforzaba en lamer mis pezones de forma circular para luego dar ese sorpresivo mordisco a mis tetillas, a medida que su dedo índice y anular de la mano derecha, seguían con el placentero trabajo de frotar mi ya mojadísima vagina.
Ese momento, en que perdía mi virginidad lésbica, con mi mejor amiga, pasaron momentos en los cuales describiría, en decenas de líneas, todo lo acontecido, sin embargo, ni el espacio ni el tiempo me darían pie para hacerlo. No obstante, no puedo dejar pasar el instante en que probé la concha de Ana, mi amiga. Tal como cuando vi las primeras imágenes de la dilatada y misteriosa película que había sugerido mi amante. Ella se bajó su panty, se acomodó de forma en que me daba su espalda, estando mi amiga boca abajo, de tal modo que su vagina quedó a la altura de mi boca y su trasero quedó a merced de mis manos. Aquella imagen era similar a cuando te ponen un embudo en la boca (bebes o bebes), así estaba yo, forzada a lamer. Sentía ese olor a orgasmo, de una vagina amplia, rosada y bien depilada. Mientras disfrutaba la forma en que lamían mi concha, mi boca soltaba pequeños gemidos de placer. De repente mi lengua salió despavoridamente y probó aquel néctar de mi vagabunda amante. Tenía un sabor ácido pero adictivo, de allí en adelante me moví bajo el control de mi pasión: di nalgadas a su trasero, nos dijimos palabras sucias y morbosas; y al igual que yo, sentía el calor de sus suspiros gemir ante mi vagina.
Fue una sesión duradera entre la tarde y la noche, hasta la ducha fue testigo de nuestras ocurrencias. Nos dormimos juntas, desnudas, en la cama de mis padres, mientras la tv seguía encendida mostrando alguna película de media noche. En la mañana, nuestras miradas se cruzaron y esta vez con una especie de secreto íntimo que estaríamos dispuestas a repetirlo, si la ocasión se prestase.
No lo olvidaré, fueron orgasmos deliciosos y sin la necesidad de un pene a la vista o litros de semen encima de mis tetas. Fuimos dos mujeres sedientas, que sin pensarlo, dejamos escapar ese goce por lo prohibido, por aquello que aún es tabú. No me considero lesbiana, ni creo enamorarme de una mujer, pero sin lugar a dudas experimentar con una de ellas, valió y seguirá valiendo la pena.








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