NUEVAS EXPERIENCIAS
Relato de comunidad Fantasíasschedule 14 min de lectura calendar_today Noviembre de 2017

NUEVAS EXPERIENCIAS

Hace nueve años que he estado casada y nunca he quedado insatisfecha en la cama. Mi esposo se esmera en darme lo que más me gusta. Le encanta calentarme antes de pasar al plato principal y siempre me pasa su boca por mis partes, lentamente al principio y poco a poco más rápidamente, de tal....

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Contenido adulto. Este relato fue escrito por un miembro de la comunidad. Léelo solo si tienes 18+ y mente abierta.

Hace nueve años que he estado casada y nunca he quedado insatisfecha en la cama. Mi esposo se esmera en darme lo que más me gusta. Le encanta calentarme antes de pasar al plato principal y siempre me pasa su boca por mis partes, lentamente al principio y poco a poco más rápidamente, de tal forma que luego, cuando ya estoy a mil, me hace un masaje profundo en mi sexo con su delicioso instrumento.

Ambos estamos acercándonos a los cuarenta. Tengo dos hijos pequeños y mi cuerpo no sufrió con los embarazos. Francamente soy una mujer atractiva, menudita pero con muy buenas curvas. A mi esposo le encanta decirme cosas al oído y se calienta solamente con que me insinué. Un poco de mí para su imaginación: soy blanca, de facciones finas, tengo una buena cola, bonita cintura, senos medianos y abdomen plano.

De un tiempo para acá comenzamos a usar mucho nuestra imaginación y mi esposo poco a poco fue comprándome juguetes para nuestra diversión. Primero fue un dildo un poco duro para mi gusto, luego un vestido, luego un antifaz. Conocimos el lubricante y comenzamos a usarlo casi siempre, pues la forma como me entraba su pene nos parecía deliciosa. Compramos un juego erótico de mesa y lo usamos hasta que se hizo monótono. Un día, usando el consolador le dije que era muy duro y compró uno que me hizo ver estrellas de placer, pues su textura se parece mucho a la carne. En fin, a lo largo de unos cuatro años fuimos complementando nuestro ajuar erótico y cada vez más me fue gustando el juego de sentir otro pene durante nuestros encuentros.

Llegó el día en que en medio del paroxismo de la proximidad del orgasmo, con mi vagina totalmente húmeda y siendo taladrada por él, después de haber sentido su lengua un rato muy largo y placentero, me hizo la pregunta:

–Muñecota rica, ¿qué te gusta más: la lengua o la verga?

–No sé– dije entre jadeos –ambos son deliciosos.

–¿Quieres lengua y verga al tiempo?

–Sí, que rico, méteme la otra y dame lengua– le contesté totalmente fuera de control de mi misma.

En ese momento me sacó su pene y bajó a hacerme sexo oral, mientras le ponía un condón al dildo, al que comenzamos a llamar “el amigo”. De pronto comencé a sentir que me penetraba ese otro pene mientras sentía su boca en mi clítoris y rodeando la parte superior de mi vagina, y no pude ya controlarme más: nunca en la vida había sentido un placer tan intenso. Me metió y me sacó el amigo, me hizo rápido y lento mientras su lengua y su boca juguetearon con mi sexo hasta que pegué un grito que, yo creo, se escuchó en todo el edificio y mojé con mis jugos el colchón por el orgasmo tan intenso al que me hizo llegar. Duré temblando unos quince minutos después de terminar, deseando continuar un orgasmo tan placentero. Fue delicioso.

A la mañana siguiente, ya con la cabeza fría, me preguntó que qué tal me había parecido. Yo le dije que delicioso, pero que me sentía rara.

–¿Rara por qué? – me preguntó.

–Porque sentí demasiado placer.

–¿Qué tiene eso de malo?

–No lo sé. Fue muy raro, porque ya no era un sustituto de tu pene, sino que era como si estuviera con dos hombres.

Creo que eso era lo que él quería oír. Pude ver cómo se fue excitando poco a poco con la conversación y me confesó que le había puesto a mil la idea de compartirme con otro hombre. Yo le dije que no era posible, y me sentí un poco ofendida. Aunque la verdad también me calenté un poco con la confesión.

Esa misma noche cuando me metí a la cama a dormir, sentí que él estaba desnudo, lo que, claramente, era su mensaje para que hiciéramos el amor. Me le acerqué y comprobé su erección con mis manos y comencé a darle un buen masaje mientras él me besaba en la boca, en el cuello y en la nuca, y comenzó a tocarme mi vagina y yo a mojarme mientras él jugueteaba con mis labios y con mi clítoris. Me desnudó y comenzó una nueva faena con sus manos, con su boca y luego con sus embestidas que me hacen gritar. Varias veces me lo sacó y bajó a hacerme un buen sexo oral hasta casi llevarme al orgasmo, para parar de nuevo y volver a penetrarme suavemente y luego rudamente. Esos cambios de ritmo me vuelven loca.

Cuando ya me llevaba al límite del orgasmo, sacó al amigo y, para mi sorpresa, ya lo tenía listo para atenderme. Sin preguntarme me sacó su pene y bajó a seguir con el sexo oral y pude sentir cómo poco a poco otra vez me penetraba ese otro hombre de nuestra imaginación. Nuevamente perdí el control y ya no pude parar. La doble estimulación me quitaba la voluntad por completo. De pronto me preguntó:

–¿Te gusta que te penetre otro?

–Sí, delicioso– le dije sin pensar.

–¿Qué te gusta más: la lengua o la verga?

–Ambas cosas– le dije sin parar de gemir.

–¿Quieres que el amigo te lo saque?

–No, quiero sentir tu lengua y al amigo dándome verga.

Y comencé a sentir un orgasmo igual al del día anterior, que parecía no terminar. Otra vez estaba pensando que dos hombres me hacían perder el control.

Algunos días después mi esposo dio un paso más allá, y me insinuó que usara un vestidito pequeñito y muy ceñido, negro y brillante, como de látex, que me había comprado unos meses antes. Cuando me vio se puso como un tigre y me hizo el amor con una fuerza y una pasión que no le había visto antes. Otra vez jugamos con el amigo y su lengua, con su pene que me entraba con embestidas fuertes una y otra vez, y no me permitió sacarme el vestidito. Estaba hecho un animal y me hizo sentir ese instinto básico que me sacaba de control. En medio de la agitación, entre mis gemidos y sus caricias, no recuerdo si estaba penetrada por uno u otro pene, no recuerdo si me acariciaba con sus manos o con su lengua o con su instrumento, me soltó una propuesta que me hizo llegar al orgasmo: “quiero comerte al tiempo con otro hombre”, me dijo. Yo, en medio de semejante jaleo, solo acerté a contestar:

–Qué rico.

–¿Te gusta sentir la otra verga?

–Me encanta– dije sin parar de gemir.

–¿Quieres otra verga adentro mientras te como con mi boca?

–Ay, sí, qué rico– dije, completamente fuera de mis cabales.

En ese momento sentí su poderoso orgasmo que llenó el condón que estaba usando y nuevamente se puso a la tarea de atenderme con su lengua y sus labios, esta vez sin parar de darme, a veces fuerte y a veces suavemente, con el amigo. No recuerdo cuántos orgasmos tuve esa noche, pero ya la idea quedó sembrada en mi mente y sellada por el placer del furor del sexo sin frenos. Momentos más tarde, cuando al fin paramos porque yo misma se lo pedí, pues sentía mi vagina ardiendo de tanto mete y saca, me hizo la pregunta, que ahora sí me hizo ruborizar:

–¿Entonces qué piensas de nuestro trío?

–No lo sé. Ya estoy otra vez consciente. No sé si pudiera hacerlo.

–¿Disfrutaste la idea?

–Sí, mucho. Me encantó.

–¿Entonces te gustaría hacerlo?

–Sí. Pero no sé qué pasaría después de hacerlo.

–Pasaría que te encantaría. Y que con tanto orgasmo, yo también lo disfrutaría. ¿Te gustaría hacerlo?

–Yo creo que sí, pero…

–Entonces esa es la idea que me excita: verte gozando, disfrutando sin parar.

No nos dábamos cuenta, o él no me permitía ver del todo, que nos estábamos acercando a un mundo totalmente nuevo y lleno de placer. La idea de tener varios orgasmos, de no parar de disfrutar y de que fuera mi mismo esposo quién me incitara a estar con dos hombres a la vez me hacía sentir muchas cosas. A veces me excitaba mucho y me calentaba y entonces recordaba lo rico que lo pasábamos jugando con el amigo y volvía a calentarme y terminaba dándome una buena paja. Otras veces me cuestionaba si tanto placer, si sentir otro hombre en dónde desde hacía tantos años solamente uno me tocaba y me gozaba, sería bueno o malo. Pero lo importante es que la idea ya estaba rondando mi cabeza y creo que eso era lo que él buscaba con la propuesta.

Un par de semanas después, en medio de otro encuentro memorable lleno de penetraciones de un pene y de otro, con mi vestidito negro que ya me gustaba usar, nuevamente me lanzó la propuesta:

–¿Te gusta la otra verga?

–Ay, me encanta.

–Hagamos un trío, con un hombre de verdad.

–No sé si pueda– dije muy excitada con la idea.

–Yo sé que sí y te va a encantar.

–No lo sé– dije gimiendo.

–Dime que sí y te haré sentir más orgasmos hoy mismo.

–Sí, hagámoslo– dije muy excitada de la idea.

Lo que no sabía era lo que mi maridito me tenía preparado. Había sido capaz de ir a un bar de parejas con una foto mía con mi vestidito negro y, según me contó unos días más tarde, esperó hasta encontrar un hombre de unos veintiocho años, bien dotado y que fuera de mi gusto. Y no se equivocó. Del baño auxiliar salió un hombre de alrededor de 1.75 de estatura, blanco, con cuerpo atlético, cejas pobladas, ojos árabes y mentón cuadrado. Yo me sobresalté y me cubrí mi cuerpo de inmediato. Yo estaba muy excitada pero muy nerviosa. Mi esposo me tranquilizó y me pidió que cerrara los ojos. Se metió en la cama conmigo y comenzó a hacerme un delicioso sexo oral y luego me penetró. El otro hombre se quedó callado y se hizo en una parte oscura de la habitación para no molestar.

Nuestro encuentro continuó cada vez más intenso. Mi esposo arrojó el cobertor lejos y comenzamos a jugar de nuevo con el amigo, y la boca de mi esposo pasó por mi clítoris varias veces antes de penetrarme del todo con el juguete. Cuando me penetró yo ya estaba nuevamente muy excitada y su boca no paraba de hacerme gemir intensamente. Mis líquidos fluían alrededor abundantemente y yo ya no podía retorcerme más del placer. Me lo sacó y pasó a penetrarme él mismo. Me pidió que me pusiera en cuatro, sobre mis rodillas y mis manos, y mi cuerpo se estremeció con su boca nuevamente atacando mi sexo, cada vez más caliente y dilatado, mientras el amigo volvió a juguetear en mi interior. Yo ya no podía más de tanto placer. Luego me sacó el juguete y se hizo detrás de mí y sus manos tocaban mis senos y luego mi clítoris y luego mis senos de nuevo; acercó su boca a mi oreja y me susurró su propuesta:

–¿Te gusta la otra verga?

–Ay, me encanta– y no paraba de gemir.

–Hagamos un trío, con un hombre de verdad

–No sé si pueda– dije muy excitada con la idea

–Yo sé que sí y te va a encantar

–No lo sé– dije gimiendo, recordando que exactamente esa misma conversación la habíamos tenido media hora antes. Pero ahora había otro hombre en la habitación. Lo miré de reojo y pude ver su pene totalmente erecto y sus ojos penetraron directamente en los míos. Su sonrisa me decía que ya estaba listo para intentarlo.

–Dime que sí y te haré sentir muy hembra– dijo mi marido. –Hay dos machos en esta habitación queriendo montarte.

–Sí, hagámoslo– dije muy húmeda y totalmente fuera de control.

El otro hombre, del cual nunca supe su nombre, estaba a mil. Totalmente listo para mí. Mi esposo le hizo una señal y se acercó a la cama. Ya estaban las cartas echadas…

Ahora teníamos un nuevo amigo, este de carne y hueso. Se acercó a la cama y comenzó a desnudarse: se retiró su camisa, se quitó el pantalón y luego sus medias. Era muy atractivo. Tenía unos brazos torneados, piernas un poco musculosas. Mi esposo comenzó a besarme y me pidió que cerrara los ojos; cuando lo hice me comenzó a hacer un sexo oral delicioso y yo comencé a dejarme llevar por el nuevo juego. Subió y me besó en la boca y me penetró un poco. Yo no podía creer lo que ocurría, pero mi cabeza daba vueltas y se perdía en el placer que me estaba dando mi hombre.

Nuestro amigo parecía tener todo bajo control, todo pensado y premeditado. Abrí los ojos un momento y pude ver que se estaba retirando sus bóxers y saltó un pene muy bien proporcionado para su estatura. Estaba muy erecto y palpitante. Yo preferí cerrar los ojos de nuevo y pude sentir otra boca acercándose a mi vagina, mientras mi esposo se retiraba para besarme en la boca. Ya estaba sucediendo. Su lengua se sentía maravillosa, mis flujos fluían, mis pezones estaban rígidos.

Luego de un rato comenzó a subir por mi cuerpo, se alejó de mi clítoris, besó mi ombligo, se detuvo en mis pechos y finalmente buscó mi boca. Yo la retiré y él no insistió. Se hizo a un lado y mi esposo me comenzó a penetrar nuevamente, mientras me besaba. Yo cerré los ojos de nuevo. Me hizo la pregunta que yo estaba esperando:

–¿Te gusta la lengua?

–Me gusta mucho.

–¿Quieres verga y lengua al tiempo?

–Ay, sí, qué rico– Dije ya sin poder controlarme.

–Pídemelo.

–Quiero verga y lengua.

–Pídelo otra vez– Insistió mi esposo.

–Quiero verga y lengua. – Gemí fuertemente, y con voz temblorosa le dije nuevamente: –Quiero tu lengua–.

Mi esposo se retiró y comenzó a hacerme un sexo oral maravilloso. Me volvió a poner en cuatro y nos hicimos como para hacer un sesenta y nueve; me lamía, me chupaba, me tocaba y yo nuevamente a punto de llegar, al borde del orgasmo. Comencé a sentir un pene, por primera vez en mi vida al tiempo que mi esposo me hacía el mejor sexo oral de mi vida, un pene real a la entrada de mi sexo. El cuadro inusual que se había planteado hacía que se sintiera una temperatura extraña en la habitación y yo casi no podía ni respirar de tanto placer.

Mi esposo me agarró fuerte de la espalda y me bajó haciendo que mis tetas se pegaran a su pecho y nuestro amigo me tomó por la cintura al tiempo que comenzó a embestirme como un animal. Yo no podía parar de gemir como poseída, y ellos dos no paraban de darme placer. Tal como había dicho mi esposo, tenía a dos machos montándome y trabajando para mi goce al tiempo. Al poco rato mi esposo tuvo una explosión enorme de semen que me salpicó el pecho y mi cara y nuestro amigo no paraba de clavarme intensamente. De pronto nuestro invitado comenzó a gemir y yo no paraba de gritar. Sentí su enorme orgasmo en mi interior y yo no quería que terminara aún.

Para mi sorpresa, el pene de mi esposo comenzó a ponerse duro de nuevo, de todas formas él no había parado de restregarme su lengua y sus labios en mi clítoris. Cuando nuestro amante se retiró para quitarse el condón, mi esposo se movió y ágilmente se hizo detrás de mí y me siguió penetrando. Yo ya quería terminar, pero también quería seguir toda la noche, nunca había sentido tanto placer en la vida. Mi esposo siguió dándome un buen rato y pude ver que nuestro amigo estaba listo de nuevo. Sin embargo antes de pasar a lo suyo, mi esposo se retiró y entre los dos me giraron y quedé acostada de espalda; instintivamente cerré las piernas, pero nuestro amigo comenzó a besarme los muslos y yo, gustosa, volví a abrirlas para invitarlo, para comérmelo entero. Yo ya no pensaba nada, solo sentía. Aquél extraño comenzó a hacerme sexo oral y era muy diferente al de mi esposo, pero no menos placentero. Comencé a gemir nuevamente como loca y mi esposo se hizo a un lado a masturbarse. Me excité más con la escena. Mi esposo se soltó el pene y me dijo al oído:

–¿Te gusta la lengua?

–Ayyyy, síiii– dije. Llevaba casi media hora en medio de un orgasmo continuo y los dos hombres parecían insaciables.

–¿Quieres más verga?

–Pero solo un poquito más, estoy muy cansada.

–Relájate. Esto apenas comienza– Me dijo y ambos se rieron.

Mi esposo relevó a nuestro compañero en su trabajo con la lengua y el otro comenzó a penetrarme por segunda vez. Ya no recordaba cuantas veces había recibido penes esa noche y ya no me importaba nada. Solo quería continuar. Ambos seguían muy erectos, con sus penes muy duros. Sentía la lengua de mi marido y la verga del otro hombre y yo no paraba de gemir y gemir. Entre los dos se estaban echando cada uno un segundo polvo conmigo y yo quería más.

Así duramos casi dos horas más. Hasta que yo ya no podía moverme del cansancio. Cuando terminamos, que fue cuando nuestro amigo alcanzó un cuarto orgasmo y casi no le salió semen y mi esposo siguió dándome unos cuantos lengüetazos más hasta que yo ya no me moví. En ese momento ambos se levantaron, el invitado se vistió, me dio un beso muy tierno y me dijo al oído: “espero que lo hayas disfrutado tanto como yo; ojalá nos volvamos a ver”. Yo no le dije nada. Y se marchó.

Nos quedamos profundamente dormidos y cuando despertamos ya estaba bien entrada la mañana. Realmente yo me desperté porque pude sentir la boca de mi esposo masajeando mi vagina y nuevamente me humedecí. Él lo sabía. Comenzó a penetrarme suavecito y yo estaba, otra vez, excitada recibiendo a un hombre. Me dijo al oído:

–Te amo. La pasé delicioso anoche.

–Yo también– le dije y ya comenzaba a gemir nuevamente.

–Gracias por cumplir mi fantasía – Me susurró.

–Gracias por dejarme ser parte de ella– Le contesté y gemí un poco más.

Nos quedamos callados mientras me hacía el amor despacito. Luego me dijo:

–¿Qué te gusta más, la lengua o la verga?

–Ambos son deliciosos. Y espero que te siga gustando darme de ambas cosas, porque ahora voy a querer más.

–Qué delicia– me dijo, mientras alcanzábamos un suave orgasmo simultáneamente.

— memopuertas

17 de noviembre de 2017

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memopuertas

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Comentarios

7 comentarios

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  • andres157927
    andres157927 · 24 de nov de 2017

    Excelente relato,espero vengan muchos más como este. Felicidades

  • pablobd
    pablobd · 23 de nov de 2017

    Excelente redacción.

  • robroy
    robroy · 20 de nov de 2017

    muy buen relato, interesante conocerles

  • fateman
    fateman · 19 de nov de 2017

    Que bien redactado! Antoja leer más

  • jesuc-canuj
    jesuc-canuj · 18 de nov de 2017

    fenomenal tu relato, los felkicito por tener ese grado de confianza, saludes espero seguir disfrutando de sus relatos...

  • pacarrin
    pacarrin · 17 de nov de 2017

    que delicia de relato deseo vivir una experiencia así

  • andresswandrea
    andresswandrea · 17 de nov de 2017

    Excelente relato ojalá pudiera ser parte de otra oportunidad...

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