Una noche como cualquiera, un esclavo que no sabía que lo sería fue a parar al departamento de una domina que amaba su profesión. El esclavo llegó al lugar con intenciones de realizar un trabajo urgente, que dependía de la pareja, aunque siempre había sentido atracción física por la domina. Ella era pequeña, de poco más de metro y medio, con un largo cabello liso color azabache, que caía bellísimo hasta donde terminaba su espalda y empezaban sus glúteos perfectamente redondos. A dicha mujer le gustaba dedicarse mucho a su cuerpo, por lo que tenía fuertes piernas, vigorosas torrecillas que conectaban con sus exquisitos pies, pequeñitos como ella, rellenitos y armoniosos, deleitantes con su pintura roja que los llenaba de pasión. Sus senos no eran grandes, pero parecían cincelados por la diosa misma de la excitación. Se paraban firmes sin sostén y colgaban deliciosos y dulces con sus pezones rosados.
El esclavo encontró a la domina en ropa de cama debido a que llegó tarde a la reunión, sin embargo, la importancia del trabajo hizo que la Señora lo dejara pasar con una ligera risilla en los labios. Se sentaron en un sofá, la mujer con los pies encima del regazo del hombre, ella con una doble intención diferente a la de él. Él, quería excitarse con los hermosos pies, de la mujer; Con la vista y si fuera posible con la mano o con algo más, recorrer los gorditos dedos, pasar por el suave borde, subir por los tobillos y recorrer la pantorrilla hasta llegar a los suculentos muslos, y en medio de ellos, el secreto de la felicidad. Ella quería eso mismo, pero también algo más.
La Señora dejó pasar un par de minutos, no quería parecer obvia, o asustaría al esclavo antes de tiempo. Luego, movió su pie derecho de un lado a otro, y lo dejó caer sobre los genitales del esclavo. Este último, incauto, dio un diminuto brinco, pero no se alarmó en decir ni hacer nada, el pie de la dama se había posado donde él quería. El tobillo quedó sobre los testículos, y el empeine con los deditos, a lo largo del pene, sobrepasando sus dimensiones. Al principio la domina empezó por ejercer algo ligera presión, y sintió como poco a poco, crecía algo suave bajo su pie. Luego flexionó como si no pasara nada los hermosos dedos, que rozaban el aún más suave final del miembro del esclavo. En poco tiempo fue ella la que empezó a sentir presión, algo duro empujaba su pie levemente hacia arriba, y luego descendía a la posición inicial.
-¿Estás excitado?-, Le dijo con inocencia y picardía la mujer.
-Tengo que admitirlo, me encanta ese pie con el que me está tocando, y me encanta todo su cuerpo, de solo verla puedo excitarme por horas-, le contestó el esclavo con sinceridad y totalmente lujurioso.
-Vaya, pues no lo sabía… A mi también me excitas mucho-, mintió la domina, -pero mis gustos son muy peculiares. Si quieres que pase algo entre los dos, debes hacer todo lo que yo te diga, ser obediente y nunca preguntar ni rezongar. Si estás de acuerdo, quitate la ropa. Y te prohibo hablar-.
El esclavo con obediencia pura hizo lo que se le ordenaba, él era delgado y muy alto, no tenía marcas de ejercicio, sino más bien de debilidad, eso excitó a la Señora, quién imaginaba cada segundo de lo que vendría. -Toma, colocate esta máscara-, le dijo sacandola de un cajón junto a ella y poniendola en el erecto miembro del esclavo. -Te voy a patear tres veces en los testículos. La primera vez será suave, la segunda no tanto, y la tercera te puede doler, pero no será nada grave, es un juego que me gusta para comenzar-.
“Es una pequeña niña”, pensó el esclavo, “¿que tanto daño me puede hacer ese hermoso piecito?”. Así que abrió las piernas, sonrío bajo el cuero, y se quedó mirando a la ama. A pesar de estar confiado, el esclavo sabía que en pocos segundos su bien más preciado sería golpeado por una bellísima mujer, el dolor recorrería su cuerpo y la humillación sería inevitable. La señora se lamió los labios pasando lenta y seductoramente su lengua de un lado a otro, siguiendo los movimientos de su pie en la delicada entrepierna del hombre frente a ella, con codicia y total concupiscencia.
-¿Estás listo?-, le dijo increpandolo con tono firme.
-Si, ama-, respondió el esclavo.
-La regla es sencilla, te patearé suave, pero si te llegas a mover, y, por tu culpa, fallara mi patada, te voy a hacer arrepentirte de haber nacido hombre-, le dijo con una sonrisa, que el esclavo confundió con un pillo juego de palabras. -¿Está claro esclavo?-, lo amenazó la hermosa dama agrandando la sonrisa.
-Si, ama-, repitió con obediencia el esclavo.
-Bueno, pues cierra los ojos, no quiero que veas lo que te va a pasar-, dijo la mujer. Luego midió la distancia entre su próximo golpe y los indefensos testículos del hombre con el largo de su voluptuosa arma mortal. El varón, se encontraba totalmente desnudo, a excepción de la máscara de cuero, que cubría toda su cabeza, y dejaba únicamente espacio para sus fosas nasales y sus ojos, los cuales cerró con obediencia. Alcanzó a suspirar profusamente justo antes de que el hermoso pie de la Señora hiciera brutal contacto con sus gónadas. Aunque había prometido no darle tan duro, la señora aprovechó la oportunidad para degustar el placer de una rica patada. El empeine del pie atrapó ambos testículos con inmensa presión contra el hueso pélvico, las bolas se aplastaron cuanto pudieron acercándose a la cavidad de donde habían descendido algún día. En ese momento, el esclavo sintió un dolor filoso que recorrió desde sus criadillas hasta su estómago. Su boca lanzó un agudo chillido de dolor, sus piernas se debilitaron y sintió fuertes náuseas justo antes de desplomarse en el piso. Sentía un dolor indescriptible, un malestar que irradiaba todo su cuerpo con foco máximo de suplicio desde su hombría. Para intentar deshacerse de él, daba vueltas en el piso frenéticamente en posición fetal, se masajeaba sus adoloridos testículos con las manos, tosía a cada media vuelta y gemía siempre que no lo hacía, fruncía fuertemente el ceño y de repente abría completamente los ojos como buscando algo que lo aliviara en el aire, hasta volverlos a cerrar.
La Señora en cambio, orgullosa y desde arriba, miraba al esclavo. La patada que le había dado por mucho no era la más fuerte que su pierna podía brindarle, sin embargo, con ese ligero contacto, había dejado en el piso a un hombre mucho más grande y pesado que ella. Se sentía poderosa y dominante, no dejaba de sonreír, y sentía un cosquilleo que pasaba por su estomago a su espalda, subía y se refugiaba en la cerviz, y finalmente, descendía vertiginosamente pasando por sus redondos senos de erectos pezones, y su exquisita vagina mojada. -Levántate-, ordenó de inmediato, queriendo saciar más su sed de esa deliciosa sensación.
El esclavo oyó, pero le fue imposible escuchar. Su concentración solamente se hallaba en sus doloridas partes. Aunque pareciera increíble, el dolor en vez de disminuir, con el tiempo había aumentado. La posición que más lo mitigaba, era la de él, con las rodillas y la cara en el piso, con sus manos en los huevos y el ahora flácido pene, levantando el trasero como una mujer caliente y viciosa al cuatro. Se sentía mareado y le faltaba el aire, se arrepentía de haber aceptado las condiciones de la Señora. Lo había destruido, se sentía humillado, acabado, lo único que veía desde esta posición eran los gorditos dedos de los pies de la ama, los que lo habían subyugado a esta posición, los verdugos de su “superioridad de sexo”, la oz con la que le habían acabado de castrar el ego.
-¿De verdad no te vas a levantar? si apenas estaba empezando-, dijo quejándose la Señora, -Ahg, yo sabía que eras una nena, otras dos más y nos vamos a la cama ¿Sí?... Si no vamos a tener sexo ahora no lo tendremos nunca- Sentenció severa.
El esclavo intentó contestar, pero en vez de eso, abrió la boca solamente para vomitar. Permaneció en esa posición por diez agonizantes minutos más, diciéndole a la ama, con lágrimas en los ojos, que necesitaba un hospital urgente, que iba a perder los testículos. Ella, que conocía de su oficio, hizo caso omiso al lloriqueo del hombre y siguió trabajando. Pasados los veinte minutos, el esclavo se levantó juagado en sudor, se veía pálido y débil, pero en vez de encaminarse hacia el hospital, se limpió las lágrimas y se sentó apenado junto a la domina. Duró cinco minutos en silencio, mirando un punto fijo en la pared, y con las manos todavía sobre los huevos, que por la hinchazón, ahora se veían del doble de tamaño. Luego se vistió sin prisa, tomó sus apuntes y el lapicero, y empezó a escribir.
La ama, cruel como solo ella podía serlo, tocó el muslo del esclavo con sus exquisitos pies, y le preguntó -¿Estás listo para la segunda patada?... Será un poco más dura, así que no puedes ser tan nenita. ¿No eres tu el macho aquí?-
Pero en vez de recibir respuesta al respecto, el esclavo movió los pies de la Señora, y le preguntó algo con respecto al trabajo que debían realizar, sabiendo que nunca tendría sexo con esa mujer, pues era por pequeña que fuera, era dinamita, y su fuerza y arrebato eran demasiado para lo que podía dar su masculinidad.








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