Teresita había recorrido toda la frontera norte, buscando un hueco por donde cruzar al gabacho y al fin lo había podido lograr. Teresita venia de Sinaloa y llego a la casa de seguridad en el Paso Texas, con la esperanza de ser recogida por un familiar al día siguiente. Era una chaparrita con ojos grandes de color miel y unas tetas enormes que salían por el pequeño escote de su camisa azul.
Le pregunte como le había ido en la travesía y me respondió con un poco de recelo. Solo musito que bien. Al principio me pareció un poco antipática y temerosa como todas las mexicanas.
Con el pasar de las horas era irremediable no cruzar miradas y no intentar iniciar una conversación simple. Yo me encontraba esperando la consignación de mis familiares. Para poder pagarle al coyote. Varado en la frontera americana, de un lado y del otro solo se respira incertidumbre.
Llegada la noche el coyote definió darle la misma alcoba donde me encontraba. Lo que obligo a que me preguntara por el uso de la ducha. No había podido bañarse en días y me dijo que se sentía sucia. Le pregunte por la ropa y me dijo que la había perdido en el camino. Le ofrecí prestarle una camisa y una pantaloneta para que pudiera dormir mas tranquila.
Se ducho y salió con el cabello mojado. La camisa blanca dejaba ver los pezones apuntando y su aureola grande. Sus piernas cortas y torneadas hacían conjunto con ese pequeño trasero.
Le dije que durmiera en la cama, que yo lo haría en la alfombra y me respondió que no; que me acostara en la orilla, que ella lo haría en el rincón hacia la pared.
Apagamos la luz y nos acostamos a platicar un poco. Me conto que se había venido al gabacho huyendo del marido, que la golpeaba con frecuencia y que se había cansado de esa realidad. Le dije que lo sentía y solo guardo silencio. Me dijo que un tío le había ofrecido buscarle trabajo en Georgia, pero que tenía temor porque, ya había intentado abusar de ella antes. Pero que era mejor lidiar con eso, que vivir a toda hora madreada de su marido.
Me conto muchas cosas y yo le conté las mías, hasta que nos quedamos dormidos. Pasado unas horas sentí que algo me estaba pesando y me desperté. Me tenia la pierna montada en las caderas y un brazo en el cuello. Intente sacarla de encima lentamente, pero volvía a cogerme con mas vehemencia. Seguro estaba acostumbrada a dormir de esa forma. Sentía sus pechos duros en mi espalda y ese olor a hembra salvaje que me hizo tener una erección descomunal, llevaba cinco meses sin tener ningún tipo de relación sexual con una mujer, solo con la entrañable Magnolia, esa chica fiel y sincera que me lo hace cuando quiero. Que no es celosa y sabe compartirme cuando alguna concha extranjera.
¡¡Me ayuda en todos mis fetiches… es bien alcahueta la sinvergüenza!!
Le dije a Magnolia que se acomodara de tal forma, que la concha de Teresita se pudiera rosar con sus movimientos. No quería que se viera como oportunista y acosador (valla pensamiento tan abusivo que tenemos los hombres) solo podía respirar despacio y sentir cada rose de su cuerpo, que se confundían con los ronquidos. Pero para mi sorpresa, cada movimiento se hacía con mayor frecuencia.
Ahí estaba con una paradera que me dolía. Le dije a Magnolia que colocara un dedo en forma de ele, para sentir el calor mas directo de su vagina. Eso genero un movimiento directo hacia el dedo y se sincronizaba con mayor intensidad. Su ronquido había dejado de escucharse, para dar paso a unos gemidos cortos, acompañados de suspiros. ¿Ya me invadía la pregunta si lo estaba haciendo despierta o seguía dormida? Solo me dedique a sentir esa forma de estar y a disfrutar esa tensión de ser descubierto.
La sincronización de los movimientos, me sugirió que debía avanzar un poco más. Así que dirigí mi dedo al borde de la pantaloneta, para introducirlo por la costura lateral. Al lograrle sentí la piel y sus vellos que se entrelazan suavemente. ¡¡No se retiró!! Solo siguió avanzando hasta introducirlo en su raja, ahí logre sentir la humedad producida por sus líquidos. Sin mucho esfuerzo se lo introdujo y emitió un suspiro profundo, que me hizo entender que estaba despierta. Así que comencé a darle dedo sin dudar. Sabia que le estaba gustando y que quería más. La profundidad que quería alcanzar, solo se logro cuando me voltee y quede de frente. Su mano la dirigió a mi pecho, colocándola como barrera. Pero seguía moviéndose en dirección a mi mano y lo hacía con mayor rapidez. Moví el dedo en su clítoris y lo palpe con mayor rapidez, logrando que se viniera en un orgasmo largo he intenso.
Se acerco, me dio un beso en la frente, se volteo dándome la espalda y siguió con su ronquido.
Al día siguiente se despertó. Se vistió con su ropa mugrosa… me dijo. ¡¡Ya llegaron por mí!! Muchas gracias por todo y por tu maravilloso dedo.
Me dio un beso en la frente y se despido con un chao…
Pensé… bendita Magnolia, depravada y considerada. Me quede con el olor dulce de esa concha de media noche
Pero feliz de seguir con mi amante fiel y eterna








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