VERANO LOCO EN EL PARAISO DEL VIENTO. (PRIMERA PARTE)
Amigos en la vida, lo que realmente son amigos de verdad, son raros y escasos, pero cuando encuentras uno encuentras una joya, no es necesario que estéis juntos siempre, solo sabes a ciencia cierta que lo tienes ahí y él te tiene a ti, siempre que mutuamente os necesitéis. Así es mi amigo Pablo, al cual conocí de pequeño en el cole, hicimos el bachillerato juntos, hasta que cada uno, escogió una carrera diferente, y el contacto fue menos continuo, pero no por ello menos cargado de amistad y respeto.
Cuando teníamos treinta años, cosas de la vida, opositamos cada uno en nuestra especialidad, a una plaza de funcionario uno en el sector de la educación y otro en el sector de la Sanidad, obteniendo los dos la plaza deseada, es por lo que mientras tomábamos posesión de nuestras plazas, decidimos irnos a Tarifa, a un curso de perfeccionamiento de windsurf, nuestra pasión en aquellos momentos. La elección del sitio no era baladí, pues afirman los autóctonos de aquel pueblo del sur de la provincia de Cádiz, que allí no pueden tener perros Dálmatas, pues cuando sopla el viento de levante (sopla la levantera como ellos dicen) se les van las manchas, quedándose solo con el color blanco. Cosa explicable debido a la cercanía del estrecho de Gibraltar que une los mares del Mediterráneo y del Atlántico.
Así pues cogimos nuestras tablas y velas y cargándolas en el auto, salimos para allá. Nada más llegar allí, alquilamos un bungaló en un camping cercano a la playa donde se iba a efectuar el cursillo y registrándonos estábamos, cuando entraron dos chicas de unos 25 años aproximadamente, que al dirigirse al encargado de la recepción, se dirigieron a él en francés. El hombre que por cierto no era muy despierto, de francés pues más bien poco por no decir nada. Nosotros que nos habíamos relamido de gusto solamente con verlas, vimos la ocasión de ser caballerosos con aquellas damiselas en apuros y terciamos, en favorecer su inscripción en el registro del camping. Además mientras efectuábamos nuestro auxilio como traductores, tuvimos la opción de contémplalas y darnos cuenta que cada una de ellas se adaptaba a nuestros gustos diferentes en el tema de mujeres, así que con solamente con mirarnos ya nos habíamos adjudicado quien era la apropiada para cada uno de nosotros.
Una era delgada aunque con las formas bien marcadas y con unos pechos pequeños, rubia con el pelo cortado a lo garçon , como en aquella época muchas chicas francesas lo llevaban, y unos grandes ojos azules. La otra era un poco más voluptuosa, también delgada pero con más pecho, morena con melenilla hasta la base del cuello y pelo de color negro. Vamos que ni hechas de encargo para los gustos de cada uno, para mi Sophie y para Pablo Amelie( que así se llamaba la otra chica , nosotros mentalmente habíamos hecho el reparto. Ahora deberíamos cortejarlas y que ellas accedieran, a una posible relación.
Ellas venían en un auto caravana, vamos que llevaban la casa a cuestas, solo necesitaban una parcela y un punto de enganche de electricidad y ya tenían montada la casa donde vivir. Pero claro, la comodidad no era la misma que en un bungaló, así que les ofrecimos nuestro cuarto de baño para que si querían se duchasen y aseasen. Ellas gustosamente aceptaron. Así comenzó el acoso y derribo de los muros imaginarios que en ese momento nos separaban. Si nos habían gustado y mucho cuando habían llegado, después de un largo viaje, conforme iban saliendo de la ducha acicaladas y con unos short y unas camisetas sin tirantes, con los pezones marcados en la camiseta (se notaba que no llevaban sujetador). Ellas salieron, para organizar su casa y mientras nosotros nos duchábamos y organizábamos también la nuestra, quedando para después recogerlas en ir al centro del pueblo, para tapear y picar algo como improvisada cena.
Mientras íbamos en el coche hacia el centro del pueblo, fuimos hablando de nosotros y de ellas, por eso supimos que eran de Burdeos, que sophie tenía veintiocho años y era profesora en un Liceo, y que Amelié era Administrativa en el mismo liceo y que tenía 25 primaveras. Así que comenzamos a conocernos, conocimiento que se fue agrandando conforme iba pasando la velada y con la lengua más suelta, por las copas de vino acompañadas de tapas y como de la cosa natural del mundo comenzaron las caricias, sin duda alentadas por las copas de vino que íbamos tomando en nuestro periplo por los diferentes bares que encontrábamos en nuestro errático deambular, por las calles del pueblo. En esas caricias, notamos que ellas habían hecho su particular elección, que por fortuna coincidía con la nuestra.
Cuando volvimos al camping, Sophie propuso que durmiéramos emparejados, es decir ella conmigo en la auto caravana y Amelíe en el bungaló con Pabblo, cosa que nosotros, obedientes infantes, aceptamos con muchiciiiiisimo gusto.
Fue llegar a la auto caravana y allí Sophie, se transformó de una educada y dulce chica en una auténtica tigresa, lo primero que hizo sin darme tiempo ni a reaccionar fue quitarse los short y la camiseta, quedando tan solo con un minúsculo tanga. el ver aquel esbelto cuerpo, con aquellos pechos ligeramente arqueados hacia arriba, sus pezones señalaban hacia el techo, provoco en mí una tremenda erección, y yo para no ser menos, comencé a quitarme también la ropa ayudado por la impaciente tigresa, dispuesta a devorar a su presa. Tras un prolongado e interminable beso de tornillo, con las lenguas entrelazadas ella se puso de rodillas y bajándome el slip comenzó a besar y a lengüetear mi pene (yo creo que hasta me creció). Y ahora me tocaba a mi tomar la iniciativa, asiéndola por el pelo, el corto pelo que llevaba la levante del suelo, mientras ella seguía dando con la lengua conforme la iba levantado por todas las zonas que pasaba. De un empujón la tiré sobre la cama y quitándole el tanga, comencé a martillearla con mi mediano taladro, transformando las idas y venidas en un frenético metisaca, que creía en intensidad conforme se iba acercando el momento del clímax, que alcanzamos a la vez no sin tener que haberme contenido mentalmente para no hacerlo yo antes. Relajados, casi como flotando, comenzamos a fumarnos sendos cigarrillos, mientras que descansábamos y reponíamos fuerzas.
Pasado un ratito, volvió el deseo, más rápidamente en ella que en mí, pues comenzó nuevamente a besarme y emitir unos sonidos guturales, que a mí me sonaban como los de una gata en celo. Así que no me quedo más remedio que bajarme al sexo, y poniendo mi boca entre sus mulos, pasando mis brazos por debajo de ellos y asiéndola por la cintura con mis manos, comencé lentamente a lamer su sexo, y conforme iba avanzando en la intensidad de sus gemidos, iba poniendo la lengua menos plana y más afilada y más que lamiendo usándola a modo de estoque contra su clítoris, los movimientos de su pelvis iban acelerando cada vez más y uno que ya era perro viejo y sabía que en el momento cumbre iba a apartar mi cabeza de su sexo al vez que pediría que parase (arret¡¡¡ en su caso), la sujete firmemente no dejándole opción a que se pudiese escapar, como no lo pudo hacer en el momento que llegó al clímax, comenzó a dar una especie de temblores de piernas que sabía que estaban provocados por el exceso de placer, cosa que me complació mucho.
Pues seguro que tendría más relaciones sexuales con otros hombres pero un buen sexo oral nunca se olvida y más cuando es con temblores. Claro con tanto gemido y tanta excitación auditiva, yo estaba en paraje de funcionar otra vez ella descansó un instante y al poco ya estaba dando un recital de flauta, esta vez no la así del pelo sino que deje de que llegara al final de su trabajo y recibiendo mi fluido en su boca.
Después de un rato de charla y con el sopor que entra después del fornicio, nos dormimos abrazados, pero claro, al cabo de dos horas teniendo un cuerpo tan apetecible, rozando el mío no hubo más remedio que despertarla a besos y repetir la faena. Quedando ahítos nos dormimos y despertamos cuando ya el sol entraba de lleno en el auto caravana.
Nos arreglamos un poco, ella cogió un biquini y un pareo para irnos después de ducharnos en el bungaló a la playa. Cuando llegamos al mismo y llamamos a la puerta, nos abrió Pablo con una toalla enrollada por la cintura, un poco adormilado pero con una expresión de satisfacción en su semblante, que no hacía falta preguntar nada, para saber lo que había pasado.
Ni que decir tiene que el cursillo, se celebró pero que faltaron dos alumnos durante los cinco días que duró el mismo.
Lo que aconteció durante los días venideros, a esa noche, será motivo de otro relato.
Gracias por leerme
MATICO








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