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Relatos y Experiencias

Helena bajó las escaleras con angustia, le parecía que recorría unas escaleras de Escher, eternas, laberínticas, las barandas se le ondeaban, como una goma recién masticada, con cada paso se sentía más errante, las piernas no le respondían bien, se percataba de su propia urgencia. Maldijo no haber tomado el ascensor, pero su claustrofobia la restringía, esa caja metálica la enfrentaba a todos sus temores, sería peor el tormento.

Por fin cruzó el marco de la puerta transparente y allí lo vio, esperándola y la miró con esos ojos negros profundos en los que ella se pierde. Tomó un soplo para evitar que se le notara la ansiedad de su encuentro. Baltazar era su amante eterno, con él había sondeado sus más profundas fantasías, él tenía la capacidad de hacerla vibrar, de hacerla sentir un gozo infinito. Aunque llevaban tantos años de complicidad, nunca habían aprendido a acercarse con naturalidad. Sus saludos siempre se convertían en ademanes cordiales, como si fueran dos almas lejanas. Nada más distante a eso. Se conocían hasta la médula, sabían sus más abyectos deseos y sentimientos.

"Hola Baltazar" dijo sin pericia. Su voz se sintió temblorosa y agitada.

Él respondió igual de torpe, con sus ojos vidriosos de zozobra. La tomó del codo y la estrechó contra su pecho, repitió su saludo, como si ella no lo hubiera escuchado. Ese susurro la hizo estremecer, sentir esos labios gruesos y húmedos cerca la trastornó aún más.

Lo sujetó de la camisa y caminó con él hacia un rincón del parqueadero, cruzaron por un corredor y llegaron a una puerta pequeña. Helena la abrió, prendió la luz y se descubrió un pequeño cuarto lleno de jabones, suavizantes, lavavajillas, esponjas, maletas, era el cuarto del depósito en el que guardaba el mercado de aseo anual y lo que estorbaba en la parte superior de su apartamento. Sabía que era muy incómodo, pero no podía ofrecer otro espacio para quebrar aquellos días de ausencia.

Cerró la puerta, se tomó unos instantes para mirarlo y acariciar su cara, se la sabía de memoria, la había recorrido con su piel hasta aprenderse sus poros. Se acercó lentamente y empezaron a besarse, con suma suavidad, como si tuvieran toda la existencia para consumirse en mimos. Sus lenguas se enredaban, se constreñían. Poco a poco se fueron retirando su ropa, primero las camisas, él desabrochó su sujetador y cayeron sus senos grandes. Sentir su piel contra la de Baltazar le generaba ese deleite que la regocijaba, la elevaba y le retiraba todos sus sobresaltos. Acariciaba sus brazos, ese hombro con vellos desordenados que siempre le recordaban un licano, su pecho ensortijado, su abdomen marcado.

Desapuntó el cinturón y el botón del pantalón. Bajó la cremallera y acarició sutilmente ese camino que salía del ombligo hasta encontrarse con el pene, bajó del todo sus pantalones y sus calzoncillos y apareció el pene erguido, ese que parecía que no tuviera descanso cuando ella se acercaba, lo masturbó como si fuera una pieza de cristal, que se pudiera quebrar en cualquier momento. Se puso de cuclillas, lo tocó con su lengua como si pudiera darle un latigazo y juntos se rieron de sus maneras de iniciar una mamada. Se introdujo la cabeza, era la parte que más le gustaba saborear, allí se detuvo un rato y pasó su lengua por esa piel suave, como de seda, y alojó su lengua en el orificio y la agitó, como si la pudiera insertar. Tomó la cabeza, la recorrió en su totalidad y ahí sí se decidió a introducir todo el falo en su boca, succionó hasta el fondo y volvió a salir con sus mejillas apretadas. Sentía cómo Baltazar se complacía al sentir esa boca conteniendo su pene. Salía hasta la cabeza y volvía a bajar devorándolo hasta sentir arcadas.

Se levantó y Baltazar le quitó su pantalón y la hizo ponerse de espaldas, apoyada en una banca. Abrió sus piernas y empezó a lamer su vagina, clítoris y ano. Ella se contorsionaba al sentir su lengua que viajaba de un extremo a otro. Ella percibía cómo su vulva se iba mojando y abriendo, como sus labios se humedecían y su interior se contraía.

Baltazar se puso de pie, la acarició entre sus piernas y alistó su órgano para penetrarla. La introdujo suavemente, con delicadeza y empezó a bombearla lentamente, mientras acariciaba sus senos. Helena sentía hasta el fondo de su intimidad cómo era atravesada y se colmaba de placer. Empezó a experimentar un orgasmo intenso, sus piernas empezaron a temblar y todo su cuerpo experimentó el calor explosivo, agarraba con mucha fuerza la silla y gemía de manera ahogada para prevenir que alguien pasara y se diera cuenta que estaban en plena faena. Baltazar le besaba la espalda con delicadeza, con esa gran consideración que siempre había tenido con ella.

El pene de Baltazar comenzó a contraerse y supo que él también estaba teniendo un orgasmo, percibió cómo su vagina se iba llenando de esa tibieza, que la colmaba tanto. Poco a poco fue disminuyendo la velocidad del bombeo y ambos dejaron salir un suspiro de placer. Lo retuvo adentro hasta que el pene se cayó y sintió que sus piernas se empapaban de semen. Su respiración se fue calmando, se dio la vuelta y se fundieron en un beso eterno, de esos que parece que nunca se fueran a acabar.


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