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Relatos y Experiencias

Amanda era mi novia. Nunca la olvidaré a pesar de que hayamos roto hace más de cinco años. 

Se preguntarán porque me niego a olvidarla; la respuesta es sencilla: ella fue la única mujer que supo leer en mí deseos que incluso para mí eran ocultos. Amanda abrió me mostró un abanico de posibilidades para disfrutar mi sexualidad. 

Todo empezó un viernes, lo recuerdo muy bien porque era el día en que casi todos los trabajadores de la compañía acostumbraban a reunirse a hacer vida social: celebrar cumpleaños, se entregaban regalos en septiembre como cierre de juego de "amigo secreto", se reunían para probar un nuevo pub o restaurante de comi: era viernes cultural. 

Para esa noche, varios compañeros habíamos concertado jugar un partido de fútbol-cinco en una cancha de gramilla sintética. Era un partido de aficionados, no había apuestas de por medio y casi todos iban a ir con sus novias o esposas. Yo iba a ir, por supuesto, con Amanda.

Esa tarde antes de salir para la oficina, después del almuerzo, Amanda me llamó para decirme que no olvidara incluir en las cosas que iba a llevar para el partido un buen outfit para arreglarme porque ella quería que saliéramos a bailar, o si salía muy cansado solo a un pub de karaoke. 

Yo, como casi siempre, le hice caso y empaqué una camisa azul de manga larga y tela brillante que me gustaba mucho como se me veía, también un pantalón de corte de sastre informal que se me ajustaba muy bien; me marcaba las nalgas, se me ajustaba a la pierna y me marcaba bien el paquete. 

La tarde en la oficina estuvo, afortunadamente, bastante suave. Me gustaba cuando los viernes eran así, ya que eso nos permitía a Amanda y a mi salir descansados cuando planeábamos salidas juntos, casi siempre con final feliz; si saben a lo que me refiero. 

Dieron las 5 de la tarde. La cancha estaba alquilada para las 7 lo que le daba tiempo a quienes iban a salir con sus esposas de recogerlas para llevarlas a la cancha. Amanda y yo fuimos en mi carro y llegamos a un sitio para comer que nos gustaba, a medio camino entre la oficina y la cancha. Pedimos algo ligero. 

Mientras nos contábamos como nos había ido esa tarde pude notar que mi novia no dejaba de observar al mesero que nos atendía. El tipo debía medir un metro con ochenta, sus brazos y torso eran gruesos; lucía como un jugador de fútbol americano. Definitivamente, si algo tenía Amanda era muy buen gusto; no se lo podía negar. Al pagar la cuenta, le pasé el efectivo a mi novia y le dije que iba al baño, pero en realidad quería ver como actuaba; quería ver si coqueteaba con el mesero. 

Desde donde yo estaba, Amanda me daba la espalda con lo que podía ver la actitud del mesero sin que ella lo notara y pude ver como Amanda se acomodó el cabello se cuadro el escote, empujo sus senos sabiendo que la hermosa línea entre ellos se marcaría y levantó su mano haciendo la señal para llamarlo. 

El macizo trigueño llevaba un delantal que no permitía estimar el tamaño de su dotación fálica; se acercó a la mesa y muy cordialmente recibió el pago; sonrió amablemente a algún comentario que debió hacer mi novia, pero al final se retiró sin mayor señal de deseo en sus ojos. Fue bastante respetuoso, por no decir que demasiado, ante la tentación que tenía en frente; definitivamente mi novia no logró hacer click. Yo fui al baño y regresé fingiendo no haber visto nada. 

Amanda fue al baño también, dijo que a retocarse y mientras ella estaba allí algo que pude ver le dio completo sentido a la escena que había visto hace un momento: El mesero que nos atendió se encontraba en la barra, esperando quizás alguna orden y a él se acercó uno de sus compañeros; un chico mucho más menudo y joven que él. De manera muy discreta miro hacia atrás como asegurándose rápidamente de que nadie le viera y le pasó la mano por la cintura dejando que se alojara en el bolsillo trasero del pantalón de su enorme amigo. El corpulento respondió el gesto pasando su brazo por detrás de su espalda, como cuando uno posa para una fotografía en grupo, y poniendo la mano en su hombro lo apretó hacía si en un disimulado abrazo de hombres que se desean y se quieren: seguramente eran pareja. 

Amanda salió del baño y dejamos el lugar; ella no pudo ver el corto abrazo del par de meseros quienes, en mi opinión, eran amantes. Nos subimos en el carro y una vez allíno pude evitar tocarle el tema. 

- ¿Te fijaste en el mesero que nos atendió? Tremendo camaján* ¿No?

- Pues la verdad es que no me fijé. - dijo ella haciendo una pausa - Mentiras, quien no se iba a fijar; si hasta a ti te vi mirándolo - aceptó por fin 

- Que tal tu con lo que sales? - reí nerviosamente, pues, como saben, era completamente cierto. 

- Mentiras, es por molestarte - respondió entre risas. 

- Pero sabes de que me di cuenta? - continué 

- De qué? - dijo ella un poco nerviosa 

- El tipo es gay. - aseguré 

- ¿En serio? ¿Y tú por qué dices eso? - me dijo mirándome fijamente como quien desea recibir una noticia que le alegre la vida. 

- Mientras estabas en el baño lo vi abrazarse con otro mesero más joven - dije desviando un poco el tema 

- Pero eso no significa nada. ¿Qué tipo de abrazo? - inquirió Amanda 

- Pues mira, el tipo más joven que te digo le metió la mano en el bolsillo de atrás del pantalón al grande, y este lo abrazó. Ah y le dio un beso en la cabeza. - exageré - A ti te parece que eso sea de amigos? 

- Pues no - dijo mordiéndose el labio, en pícaro gesto de alguien a quien todo le ha salido como quiere - de pronto tienes razón 

- Claro que la tengo. Ese tipo no sabría apreciar una buena mujer si la tuviera en frente - dije manteniendo la vista en el camino y tomándome la entrepierna en ademán de macho. De reojo noté que Amanda me miraba. 

- Oye, ¿estás excitado? - me dijo con acento malicioso 

- Claro amor, ¿acaso no te has dado cuenta lo buena que te ves hoy? 

- Te parece - dijo acomodándose el busto de nuevo 

- Tú sabes que sí. De seguro alguno te lo tuvo que decir hoy en la oficina - fingí algo de molestia - pero sé que no me lo dirás 

El busto de Amanda era una de las cosas más imponentes de su físico. Sin ser exageradamente grande cada una de sus tetas era redonda, firme, del tamaño perfecto para la mano de cualquier hombre. Siempre que hacíamos el amor disfrutaba el sabor de sus pezones y como estos se endurecían en mi boca cuando, endiablado por el aroma de su escote, me concentraba en ellos disparando lengüetazos firmes y ensalivados para que mis papilas gustativas los rozasen como suave terciopelo, transmitiéndole a su cuerpo la maravillosa sensación de una buena chupada de tetas. He contado muy pocos hombres, incluido el mesero de hace un rato, que hayan podido resistirse a observarlos con admiración y deseo, incluso cuando no lleva un escote, como ocurre con el uniforme de trabajo de la oficina. 

Sentí su mano en mi pierna y como Amanda se acercaba a mí: Mi juego había surtido el efecto deseado. 

Aún quedaba suficiente tiempo para desviarnos antes de llegar a las canchas, por lo que tratando de pensar rápido busqué en mi mente un sitio de la ciudad suficientemente solitario en que pudiera detener el carro. 

El lugar era un improvisado lote con vista a la ciudad. La oscuridad, aunque suficiente aún no permitía ver las estrellas. Detuve el automóvil, subí los vidrios, coloque el seguro, desplace mi asiento y el espaldar hacia atrás: todo estaba listo 

Amanda tampoco había perdido el tiempo, pues ya había desbrochado el cinturón de mi pantalón y había empezado a bajarlo junto con mi bóxer. Yo ayudé levantando mi trasero para que lo pudiera bajarlos por completo. Me gusta más cuando puedo separar las piernas y ella tiene acceso a mis testículos. 

Mi verga ya estaba irrigada y firme, Amanda la tomó con decisión, tanteando cual era mi nivel de excitación. Su táctica para medirme era apretarlo con fuerza, me contó una vez, y sentir si estaba como un masmelo o un turrón: hoy era turrón 

Su boquita, engulló rápidamente la extensión del turrón cárnico que en ese momento era mi verga; fue delicioso como siempre. Mientras lo hacía, y antes de perder la noción del tiempo a la que nos rendimos siempre que nos amamos con furia, coloqué una alarma en mi celular. 

Podía sentir su ensalivado deseo en cada embestida de su nuca hacia mí, estaba ganosa, parecía deseosa de desquitarse de aquel mesero que escapó a la tentación de sus encantos que a mí me enloquecían y otros solo podían desear. Era una mamada gloriosa. 

Con mi mano acariciaba sus rizos, mientras entre sordos gemidos le decía lo mucho que me estaba encantando: "Sigue así amor", "Tu boca es una verdadera delicia" ... "Siente como me la tienes palpitando" respondía yo poseído a los chasquidos ensalivados que se escuchaban cada vez qu,  con firmeza, conducía mi virilidad al fondo de su garganta. 

Las venas de mi miembro firme acusaban mi excitación, la saliva de Amanda que se escurría sobre mi pubis y hacia mis huevos, acusaba la suya. Yo, jugueteaba con su oreja mientras pujaba de deseo apretando el perineo para que ella sintiera la palpitación de mi verga subiendo desde mis huevos hasta el glande: sabía que eso también la excitaba. 

Duramos así lo que me parecieron solo unos minutos hasta que la alarma de mi celular desde el asiento trasero rompió el ambiente. Los vidrios empañados evidenciaban que la mamada no había sido corta. Detuve la alarma para que mi novia siguiera; pero ella para mi sorpresa se detuvo. Me lanzó una mirada malévola. "Nos tenemos que ir" dijo, mientras yo me quedaba perplejo, iniciado con mis partes humedecidas y un orgasmo inconcluso contenido en mis testículos. Comprendí que se había desquitado conmigo por el rechazo del mesero. 

(Continuará ...) 


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