Irina no suele venir directamente a mi casa. Siempre que nos encontramos lo hacemos en un punto intermedio, es como una especie de cortesía que tengo con ella porque no me caracterizo por ser un caballero. Sólo la recojo en ese punto que es un poco más cerca de su casa que de la mía, para que no sienta que la desprecio, para que piense que, de alguna manera, me interesa su bienestar, pero en realidad me da igual. Hace ya varios años que nos conocemos y ya una vez tuvimos este mismo tipo de realción. Muchas horas hablamos de lo mismo para llegar al acuerdo de que íbamos a tener una amistad sexual, sin ningún tipo de compromiso, solo por el placer de juntar nuestros cuerpos, y esa primera vez ella terminó enamorándose de mí y la cosa decayó; por eso ahora, siempre que puedo y ya que volvimos al mismo juego, le recuerdo, a veces a las malas, que no debe aficionarse a mí.
Ese día, un martes me parace, me escribió temprano preguntándome si tenía tiempo para un "mantenimiento", que es como a ella le gusta llamar al sexo. No le quise contestar porque tenía otras cosas que hacer y no sabía si me apetecía verla ese día, después de todo ya nos habíamos encontrado el sabado anterior y no me gusta verla tan seguido porque me disgusta su manera de ser y siento que entre más interactúo con ella menos la deseo. Igual, en algún momento le contesté; quería decirle que no, que tenía otras cosas que hacer, pero empezó a exitarme la idea de comérmela con desprecio, de basar mi propio deseo en el rechazo que ella me despierta, como si darle verga fuera una especie de castigo hacia ella por ser tan aburrida y simple. Le dije que sí, que se podía, y ella, como tenía el tiempo justo dijo que llegaría directamente a mi casa porque venía de su trabajo. No tener que hacer ningún esfuerzo por tenerla hacía de mi fantasía basada en el desprecio, una cosa más cierta.
El proceso que seguimos para llegar a mi cama, poco importa. Ya estabamos ahí y yo no hacía otra cosa que apretar sus senos sobre el brasier; ella buscaba mi boca para besarla y yo se la negaba porque a las putas no se les besa y gozaba con el cástigo que le infringía. Le destapé las tetas pequeñas y empecé a lamer uno de sus senos, aquel con el pezón más grande, que está estirado porque tiene un hijo de unos cuatro años al que aún no desteta. Empecé a chuparlo hasta que empezaron a brotar gotas de leche materna, mientras con la mano derecha apretaba con ganas su otra teta y ella respiraba agitada y me acariciaba la cabeza. Le besé el cuello, la mordí como si quisiera abrirle las venas, ella dejo salir un gemido debil, entonces lamí su mejilla y decidí suprimir la restricción a su boca para meterle la lengua y palpar sus mejillas por dentro, sentir las forma de sus dientes y su paladar, ahogarla un poco con mi saliva.
La tenía ahí desnuda, enfrente mío, y la miraba como un trozo de comida, decidiendo por dónde iba a empezar a comer. Pasé de nuevo mi lengua por sus senos y, sin despegarla de su pcuerpo, la fui llevando a lo largo de su abdomen hasta que llegué a su bulva húmeda. Metí mi cabeza entre sus piernas mientras acomodaba mi cuerpo para que mi pene quedara a la altura de su rostro, al mismo tiempo que lamía los labios de su vagina, llenándolos de babas, metía mi verga bien dispuesta en su boca humeda y ella la recibía entre gemidos. Lamí su clítoris y me bebí los fluidos que salían de resto de su estrutura mientras me embebía en los sabores que recorrían mi lengua y mi olfato. No resistí la tentación de introducir un par de dedos en esas cavernas carnosas y húmedas, y mucho menos pude evitar el impulso de acariciarle el ano y también meter un dedo de mi otra mano en él. La oía gemir con la boca llena porque mi pene reposaba ahí dentro, Su respiración se aceleraba al mismo ritmo que lo hacía el movimiento de mi lengua ansiosa y el de mis dedos inquietos. El castigo hasta ahora estaba empezando.
Como siempre que alcanza el orgásmo, ella cerró las piernas atrapando mi cabeza que seguía ahí, sin querer parar con la intrución lingual. Se retorcía en espasmos y su cuerpo se congregaba así mismo en una súplica, pedía que me detuviera porque no podía soportar la sensación con lo sensibles que se habían puesto sus terminaciones nerviosas. Sedí a sus exigencias porque no quería adelantarme demasiado y porque quería seguir gozando de mi desprecio. Volví a llenar su boca con mi lengua y pude sentir el olor de mi pene en ella, lo más cerca que he estado a hacerme una autofelación. Me puse el condón y empecé a penetrarla, primero despacio y suavemente, y luego cada vez más fuerte y con más urgencia. De su boca salían gritos como cantos de sirenas borrachas. Yo le besaba el hombro y ella intentaba mermar sus gritos tapándose la boca, entonces empecé a chupar de nuevo su pezón más grande, ese que alimenta, y ya no pudo más contener su gozo. Su voz empezó a inundar el cuarto, a rebotar en las paredes extraviada, buscando el origen de su alegría.
Un nuevo orgásmo le hizo apretar las piernas. Empezó a cerrarse como ciertas flores y yo, que no tenía intenciones de detenerme, empecé a forzar la entrada de mi miembro en su cuerpo que buscaba repelerme de alguna manera. Por cada vez que empujaba ella se estremecía y apretaba los párpados, mientras dejaba salir un gemido como un lamento. Así, en esa lucha entre el placer y la incomodidad, estuvimos un rato hasta que sus piernas alcanzaron el punto exacto en el que ya no me era posible penetrarla. Me aparté y giré su cuerpo para seguir penetrándola desde atrás, donde el cierre de sus piernas no podría impedir mi intrución en su cuerpo. De nuevo, entregado al vaivén empecé a adquirir un ritmo enloquecido. Sentía sus nalgas apoyas, rebotando en mi íngle, mientras apretaba una de sus tetas, con rabia. Mi desprecio por ella empezó a aflorar cada vez más y la penetraba con violencia mientras apretaba los dientes. Le di un par de palmadas en en las nalgas, que resonaron en la habitación como un aplauso, y era yo mismo que celebraba mi talante de torurador. Ella sólo se limitaba a recibir lo que yo le daba y de nuevo, en la parte más salvaje de mi actuar, empezó a encogerse, acurrucarse envuelta en la sensación de un nuevo orgásmo. De nuevo, yo no tenía intenciones de parar, y seguí como un loco, pero ella logró apartarse un momento; yo la agarré con la fuerza que tenía, la acomodé y le abrí las piernas para seguir con mi labor. Menos de un minuto ella soportó mis atenciones antes de apartarme de nuevo, pero yo no quería terminar el castigo aún. Había pedido mi tiempo ese día, y lo tendría, tendría toda mi atención, toda mi concentración en la aplicación de la tortura. Metí mi cabeza entre sus piernas y empecé a lamer con hambre. Ella se retorcía, arqueaba la espalda, me repelía sin éxito y yo continuaba extasiado, queriendo morir ahogado en sus líquidos que fluían y me mojaban la barbilla. Luego sus piernas tomaron la ventaja y no pude más que retirar mi cara, pero logré, por lo menos, meterle dos dedos y empezar a moverlos bien adentro. Lograba sentir las texturas de ese adentro, hacerme un mapa táctil de esa geografía inundada, mientras tanto, en el afuera, ella me miraba con una expresión indescifrable, como si su espíritu hubiera abandonado este mundo por un instante. Sentí cómo apretaba de nuevo mis dedos con las paredes de su cuerpo, cómo se tensionaba en un solo espásmo, entonces decidí que era suficiente castigo para ella y que era hora de que se reibindicara conmigo.
Asi como estaba, le agarré la cabeza y metí mi pene en su boca, después de un par de mamadas me pidió que me recostara para estar más cómodos; como mi ánimo perverso estaba mermando en ese momento, accedí a su petición. Ya acomodados ella tentó un par de chupadas, pero se detuvo un momento porque su sexo no dejaba de palpitar y de darle espasmos que eran como jalones desde el centro de su cuerpo. Con todo y sus sensaciones, logró incorporarse y tragarse mi verga, meterla hasta el fondo de su garaganta y dejarla ahí un rato. Después, seguro cansada por el ajetreo, empezó a afanar mi llegada, masturbándome rapidamente mientras hacía un remolino con su lengua en la punta de mi glande. Empecé a imaginar que no era ella sino otras las que hacían esas gracias, porque no me bastaba su sola presencia sino que tenía que multiplicarla y transformarla, y así fue hasta de mi salió como un disparo, todo el líquido que tenía adentro. Con el orgásmo mi desprecio se volvió aún más cierto, pero la manera en que la había tenido, el estado en el que ella ahora se encontraba, me daba la sensación de una fuerza, de un poder que a lo mejor no es mío, pero que en ese momento si lo era, y como un dios benévolo, aparté mi odio y nos abrazamos ahí acostados, hasta el momento en el que tuvo que irse.








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