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Caminar por los corredores de una sex shop es hacer un repaso de antojos y fantasías, látigos, arneses, máscaras, lencerías, lubricantes, saborizantes y succionadores. Penes y vulvas con diferentes tamaños, diámetros, texturas, colores y formas de uso. Caminar por los corredores de una sex shop es repasar una carta de postres, un menú de platos para calmar el apetito, linda palabra “apetito”. Nada más rico que te digan: “vamos al sex shop y te invito a un juguete”, es como si fueras a una librería y te dijeran: “te invito a un libro”. Alguna vez una amiga me confesó que su amante y tinieblo la terminó de enamorar cuando le regaló un succionador. “Lo malo ―me dijo― es que tengo que esconder el succionador de mi marido”.
Ahora con Hérica, la vendedora de la sex shop de la 80, pasamos junto a la vitrina donde se exhiben vulvas. Entre las expuestas hay poca variación: Labios menores prominentes, vulvas asimétricas, aberturas vaginales más visible, vulvas compactas o cerradas. La vitrina es pequeña si se la compara con la oferta de penes. En la vitrina luminosa de trancas hay venosas, grandes, pequeñas, negras y rosadas, de vidrio, de burro y de animales fantásticos, retorcidos y alucinantes. En la vitrina de vulvas extraño las negras, las morenas, las de labios menores gruesos y expuestos. Extraño una cuca de Monte de Venus prominente: una cuca con severo pan, es decir, un amante a los hermosos pubis de gordas, acá, no podría satisfacer su deseo, su apetito, linda palabra “apetito”.
Ahora pasamos al lado de un arnés de cintura y ajuste púbico.
―¿Y para qué es? ―pregunto como si no supiera que sirve para adaptarle un pene de plástico.
―El arnés tiene dos tipos de públicos ―me dice―, para lesbianas o mujeres hetero que penetran a su hombre.
Mientras la escucho me sorprendo de la claridad que tiene sobre sus productos y sus clientes. “El arnés tiene dos tipos de públicos”, me quedo pensando: ¿Solo dos? ¿Y los castrados? Pero no se lo digo.
Hablando de la cuca, la científica alemana Mithu Sanyal realizó un entretenido laboratorio con sus colegas de ciencia donde evidenció que “todas podían dibujar penes, pero ninguna podía representar gráficamente una vulva reconocible.” La historia es contada en su libro “Vulva, la revelación del sexo invisible” y el reto era sencillo: dibujar sexos. Los resultados fueron tristes pero ciertos. Luego de la lectura hice el ejercicio y verifiqué con los dibujos de amigas y amigos que un pene lo dibuja cualquiera, una vulva no.
Lo preocupante sigue. No solo no la sabemos dibujar, sino que tampoco la sabemos nombrar. Para nadie es raro que existe una confusión generalizada entre “vagina” y “vulva”, lo que borra simbólicamente las partes externas del cuerpo femenino. La confusión parece pequeña, pero en realidad tiene mucho peso. La vagina es solo el canal interno, mientras que la vulva incluye todo lo visible: labios, clítoris, entrada vaginal. Cuando todo se nombra como “vagina”, lo externo desaparece del lenguaje, y lo que no se nombra tiende a volverse irrelevante o incluso inexistente. Esa reducción no es neutra. Históricamente, la sexualidad femenina se ha entendido más en función de la reproducción que del placer. En la historia la sexualidad femenina servía para procrear más que para el conocimiento del propio cuerpo. Al centrarse en la “vagina”, se prioriza lo interno, asociado a la penetración y la reproducción, y se deja en segundo plano la vulva, donde está, por ejemplo, el clítoris, órgano clave para el placer.
Con Hérica seguimos la visita y le pregunto por el consumo de estas vulvas.
―Son masturbadores ―me corrige― para que los hombres la penetren.
Hasta una vendedora de sex shop le tiene nombre diferente. Para no entorpecer la reportería, asumamos su nomenclatura. Se trata de “masturbadores” con vibración y sin ella, en forma de huevo, con envoltura cilíndrica o sin ella. De los “masturbadores” para hombres con vibración se dice que son los succionadores para el hombre, qué risa, oiga pues la mentira. Se dice que son como un succionador de clítoris. Falsedad de falsedades, patrañas, ese terrible vicio de homologar la anatomía y el funcionamiento del hombre y la mujer, parecido a eso de “el viagra femenino”. El viagra es un vasomotor, pues el sexo masculino funciona como un sistema de mecánica de fluidos que en el caso femenino no aplica. En otra crónica hablaremos sobre el tema, medicamentos sexuales y alimentos afrodisiacos.
No poder nombrar la vulva también tiene consecuencias prácticas. Si desde la educación básica se enseñan términos imprecisos, muchas personas crecen sin saber identificar correctamente su anatomía. Esto afecta desde la salud, reconocer síntomas, describir molestias, acudir al médico con claridad, hasta la capacidad de hablar de consentimiento y placer. No es lo mismo decir “me duele la vagina” que poder ubicar exactamente qué parte del cuerpo está involucrada.
Además, el lenguaje construye percepción. Cuando lo único que circula son eufemismos o términos incorrectos, se refuerza la idea de que esa parte del cuerpo es vergonzosa o no debe nombrarse directamente. Eso alimenta el tabú y dificulta conversaciones abiertas, tanto en lo educativo como en lo íntimo.
Reporteando esta crónica, muchas veces apareció la tentación de escribir “vagina”, teniendo en cuenta que la vagina no era la protagonista de esta historia. Una de las amigas en el experimento me dijo: “ese dibujo tuyo no es la vulva, lo que hiciste fue un pubis”. Y otra me criticó: “por qué no dejas que las mujeres hablemos de nosotras, por qué un hombre hablando de cucas, seguro dirás cosas muy interesantes, un hombre escribiendo sobre mujeres”. A lo que contesté con toda tranquilidad: “entonces ¿una mujer no puede escribir sobre penes?”
Mejor sigamos.
El problema con la palabra “vulva” es que mis amigas no se sienten identificadas con la palabra, con la manera de nombrarla. Y claro, acá viene el inventario de nombres: concha, panocha, chocha, coño, chimba y largo “entre otras”.
―¿Vulva? ―dijo una amiga cuando me escuchó―, qué palabra tan fea.
Hay algo profundamente humano en recorrer estos pasillos: curiosidad, vértigo y hambre. Y claro, apetito, linda palabra “apetito”. El cuerpo reconoce símbolos antes que razones. Cada estante es una invitación a jugar con otras versiones de uno mismo, a dejar que la imaginación se quite la ropa antes que el cuerpo.
A medida que avanzamos por el pasillo, Hérica me cuenta que trabaja allí hace nueve años.
―¿Y cuál fue tu primera venta?
―Fue una pareja que parecía evangélica, los dos tenían cara de rezar mucho y pagar diezmo al pastor, o directamente el pastor y la feligrese. El señor tenía camisa larga, abotonada hasta el cuello, maletín y zapatillas. Y la señora, falda, así como son las parejas de rezanderos.
Pidieron un dildo y un disfraz de colegiala. La señora estaba ansiosa y acosaba: “vámonos ya”, repetía, “vámonos ya”. Mientras los despachaba, Hérica pensaba cómo se iba a poner esa ropa esa señora, porque era evidente que no cabía en esa talla. La señora era gordita y el disfraz muy pequeño. “Vámonos ya, vámonos ya”. Al señor le entró una llamada. Contestó y terminó de ajustar una cita con una chica. La vendedora puso cuidado y se dio cuenta de que a los señores los esperaba una chica para ir juntos al motel. Entonces entendió todo, el dildo y el disfraz no era para la señora, sino para la chica contratada. De nuevo, su claridad, su ojo, su diagnóstico:
―Eran fetichistas ―dijo Hérica―, ya encerrados en el motel, los evangélicos le pedirían a la chica que se pusiera el vestido de colegiala y se masturbara en presencia de ambos.
Además de acosar, la señora pidió un lubricante, uno a base de agua y sin sabor.
Simone de Beauvoir exploró el apetito sexual de la mujer en su obra "El Segundo Sexo", cuestionando las normas sociales que limitan la expresión y el disfrute sexual femenino. En este punto, la mujer tiene una pasividad aprendida. En su análisis, la cultura patriarcal tiende a posicionar a la mujer como “objeto del deseo” más que como “sujeto deseante”. Esto puede generar que el apetito sexual femenino sea vivido con contradicción: existe, pero muchas veces está inhibido, culpabilizado o dirigido hacia la aprobación del otro. Y es una lástima, con lo rico que es cuando una mujer es quien tiene la iniciativa y te lo pide sin vergüenza, o mejor, cuando te come sin pudor y con hartas ganas, con harto apetito, linda palabra “apetito”.
Desde la infancia a las mujeres se les enseña a reprimir o controlar su sexualidad. Esto produce que el deseo femenino no se exprese de la misma manera que el masculino, porque está mediado por normas de pudor, miedo o pasividad. La ventaja es que nos estamos construyendo, educando y sobre todo practicando nuevas formas de relacionamiento erótico.
Es verdad que la sexualidad femenina es una construcción social, no un atributo biológico inherente, y la sociedad patriarcal ha estado definiendo el papel de la mujer en la sexualidad. Ahora se cuestionan las normas sociales que limitan la expresión de ese placer. “El apetito sexual de la mujer es como la contracción de un molusco ―dijo Beauvoir―; está al acecho como una planta carnívora, es una ciénaga en la que se hunden insectos y niños; es un remolino total, una medusa, una ventosa que respira, es señuelo y cebo”.
Entonces pasamos por la vitrina con un pene en base de silicona. Le digo a Hérica que me deje tomar una foto.
―Siempre me preguntan si ese producto tiene “huequito”.
Le hago cara de no entender.
―La mujer monta el torso ―me dice―, y el hombre penetra el “huequito”.
Deseo, todo es deseo.
Pregunta, todo es pregunta.
Pregunta y deseo.
Fantasías, todo es una fantasía. La del hombre: ver a la mujer propia penetrada por otra verga y penetrar al dueño de la verga. La fantasía de la mujer: tener amante bisexual, que en vez de penetrarla a ella penetre a un hombre.
Todo es pregunta y deseo.
¿Qué tal un oral?
Rico, un oral.
Existía el antiguo rito matrimonial hindú consistente en untar la vulva de la novia con miel para que su esposo pudiera arrodillarse ante ella y adorar su delicioso yoni, de allí la idea del honey moon o luna de miel.
¿Qué tal una penetración anal y vaginal?
Rico, rica, todo a la vez.
Entonces uno doble, un dildo, un dildo doble, un cuerno grande y otro pequeño, rico, rica, adelante y atrás, uno doble, todo a la vez, deseo y pregunta, todo a la vez.
Desde hace mucho venimos señalando a los enemigos: la religión, la literatura, la medicina y la moral que han representado el deseo de la mujer como algo excesivo, peligroso o inestable. Estos elementos hostiles a la libertad de la mujer no describen una realidad biológica, sino que reflejan miedos culturales hacia una sexualidad femenina autónoma. Por eso, la emancipación de la mujer implica también recuperar el control sobre su propio cuerpo y su sexualidad, sin definiciones impuestas.
En los últimos años hemos aprendido que la sexualidad femenina es un espacio de resistencia. La liberación sexual es un acto político de empoderamiento femenino y es crucial para que las mujeres puedan tomar decisiones sobre sus propios cuerpos y sus propias vidas, liberándose de las expectativas sociales.
A Hérica le pregunto un momento feliz en la tienda y me contesta “cuando los clientes vuelven” y remata:
―Una de mis tareas es fidelizar.
Me cuenta que uno de ellos le dijo: “me gusta venir porque usted explica muy bien”.
Otro momento feliz, en el quinquenio, cuando cumplió 5 años en la organización y me dieron 5 millones de pesos.
Otro momento feliz: “Cuando vendí 12 millones entre el 30 y el 31 de octubre, vendí muchos disfraces”.
―¿Cuál es el que más vendes?
―El de colegiala y enfermera.
―¿Y un momento triste?
―Cuando me estafaron. Un culicagado me pidió dos disfraces de navidad y uno de colegiala. Supuestamente me pagó con un QR. Se llevó 400 mil.
Repasemos algunas ideas sobre el sexo de la mujer. Algunas ideas bien erradas: Según Aristóteles solo el hombre disponía de suficiente energía para desarrollar partes sexuales completas. Galeno veía el genital femenino como un genital masculino invertido. Sigmund Freud decía que si a un hombre se le quita el pene se obtiene una mujer. Roland Barthes explica que cuando una mujer se desnuda en público por ejemplo en el striptease esta no podía descubrir su sexo si no sola y únicamente su carencia de él, es decir dar voz a la ausencia de falo.
Caminar por estas vitrinas es repasar la historia, la literatura, la filosofía, la medicina, es pasar por la historia del vibrador, por la literatura erótica y pornográfica, por la filosofía y las maneras de entender el cuerpo, por la historia de los médicos y anatomistas. El aire tiene perfume a travesura y a confesión. Algunas personas entran riendo, escondiendo la incomodidad detrás de chistes nerviosos; otras caminan con una seguridad magnética, como si estuvieran comprando pequeños fragmentos de poder. Porque en el fondo, el deseo también es eso: una forma elegante de poder. Poder sobre la propia piel, sobre el miedo, sobre la culpa que durante años aprendió a esconderse debajo de las sábanas.
En esos corredores no solo se venden objetos. Se venden posibilidades. La promesa de una noche distinta. La fantasía de mirarse al espejo y descubrir una versión más libre, más hambrienta, más viva, una máscara puede convertirse en el permiso para decir lo indecible. Un perfume dulce puede despertar memorias que dormían, un pedazo de encaje negro puede transformar la timidez en un idioma peligroso y lento. Y entonces uno entiende que el erotismo no vive únicamente en la piel desnuda, sino en la anticipación. En la pausa antes del roce. En la mirada que sostiene demasiado tiempo. En la imaginación haciendo su trabajo silencioso mientras el corazón late con una violencia hermosa. Caminar por una sex shop es recorrer un museo íntimo del deseo humano: un territorio donde la vergüenza pierde fuerza y la fantasía encuentra, al fin, un lugar donde respirar sin pedir permiso. Ganas, todo se reduce a las ganas. Lujuria, todo es lujuria, cosmética, retardantes, energizantes, cuidado personal. Hambre, todo es hambre. Hechizo, todo es un hechizo. Apetito, todo es un apetito, linda palabra “apetito”.
Escrito por Andrés Delgado (IG @moleskine32).









