Es una certeza, una ley de la física que la moral bienpensante se empeña en ignorar: es en el territorio de lo inaccesible, en el inventario meticuloso de las palabras que jamás pronuncié frente a los testigos correctos, donde se alojan mis más oscuras perversiones y mis más profundos dolores. Supongo que en una ciudad como Bogotá, donde la respetabilidad se compra en las iglesias del norte y se exhibe en los cócteles de la alta sociedad, todos necesitamos un vertedero clandestino para no asfixiarnos con nuestra propia hipocresía. Mis íntimos recuerdos a su lado ocupan un compartimento mental idéntico a esos cajones de doble fondo donde los abogados esconden los contratos leoninos; un espacio donde el odio, la culpa heredada y la lujuria se mezclan con lágrimas, sudor rancio y fluidos corporales que procuro abrir únicamente en las noches de absoluta soledad, cuando el ron ya no hace efecto y el frío de la sabana se cuela por las rendijas de la ventana.
Ese cajón, que hoy solo sobrevive como un tumor latente en mi memoria, existió físicamente hasta hace poco. Estaba oculto bajo el somier de mi cama en un apartamento de techos altos en Rosales, acumulando el polvo grisáceo que sube desde la Séptima. Era una caja de madera tosca, pesada, repleta de frascos de aceites con olor a almendras amargas, juguetes de silicona fría, lencería de seda, arneses de cuero rígido y cuerdas de cáñamo gastadas por la fricción. Objetos que, por cientos de noches, utilicé para someterla y para dejarme someter, en un intercambio de roles y de hambre.
Ella poseía esa cualidad tan cotizada en las familias de abolengo y tan destructiva en la cama: la malcriadez de una niña consentida. Una mujer capaz de organizar una subasta benéfica o de asentir con gracia en un almuerzo de club con la misma naturalidad con la que se arrodilla sobre la alfombra de mi habitación para recibir un castigo físico.
Para despojarlo de su identidad civil, de su apellido de catálogo y de sus modales de heredera, la bauticé Anaïs. Ella, en respuesta, adoptó para mí el nombre de Henry. No era un juego de rol inocente; era un pacto de demolición. Al llamarnos así, invocando la lascivia intelectual de París y el fango callejero, dinamitábamos cualquier intento de romanticismo barato. Entre nosotros no había amor; había una necesidad y una complicidad criminal que se alimentaba, precisamente, del secreto y del uso implacable del "usted". El "usted" bogotano, en nuestras bocas, dejó de ser una marca de distancia cortés para convertirse en el arma de dominación más afilada.
Ocurrió un miércoles de enero. En Bogotá, el primero del año es un mes engañoso: las mañanas estallan en un sol radiante, seco y cruel que calienta el pavimento, pero el aire conserva un filo gélido que recuerda la altitud de la cordillera. El día transcurría en la penumbra artificial de un estudio fotográfico en Quinta Camacho, un espacio de ladrillo visto donde el aire acondicionado apenas lograba mitigar el olor a laca, café recalentado y la fruta expuesta a la luz de los focos. Estábamos rodando una campaña publicitaria para un cliente importante.
Ahí estaba ella. Ante el resto del equipo era la productora impecable, vestida con una chaqueta oversize que disimulaba la curva de sus caderas, una falda de corte prudente, botas de caña alta y el hecho de que no llevaba brasier. La vi acercarse a la mesa de utilería. El bodegón estaba compuesto por frutas locales. Anaïs ignoró las fresas comerciales y se detuvo ante un cuenco lleno de uvas isabelinas, esas frutas oscuras, casi negras, de piel gruesa y agria. Tomó una con la punta de los dedos, la presionó con las uñas pintadas de un rosa pálido e insultantemente casto, y dejó que la piel crujiera, liberando un jugo purpúreo que le tiñó la yema de los dedos como una mancha de tinta.
Yo, enfermo, obseso y convenientemente aberrado por la abstinencia de esa semana, la miraba desde la sombra de los reflectores. No vi una fruta; vi la mecánica de su atrevimiento. Imaginé sus labios menores, esos que guardaba bajo la ropa interior cara, tan oscuros, rugosos y húmedos como la piel de esa uva isabelina. Suaves, goteantes, esperando en la penumbra de sus muslos a que yo bajara la cabeza y me los comiera.
Me acerqué por detrás. El fotógrafo gritaba indicaciones a la modelo principal bajo los fogonazos de las luces estroboscópicas. Nadie miraba hacia nuestro rincón. El resto del mundo estaba ocupado construyendo una simulación para el público.
—¿Uvas? No sabía yo que eran de su agrado, Anaïs —le susurré pausadamente al oído, dejando que mi aliento caliente humedeciera el lóbulo de su oreja, mientras mi boca rozaba la piel de su cuello con la delicadeza de un insecto.
Sutilmente, deslicé mi mano por debajo de la tela ligera de su falda. Subí por la cara interna de sus muslos, sintiendo el calor que emanaba de su centro, hasta llegar a su cintura, atrayendo su cuerpo hacia el mío con un tirón imperioso que la obligó a arquear la espalda.
—¿Sí, Henry? ¿Le gustan también a usted? —me respondió ella en voz baja mientras sus ojos seguían fijos en el set para vigilar que nadie se girara. Su entrepierna comenzó a calentarse, humedeciendo el encaje que la protegía.
—Usted hoy se queda conmigo, avísele a su marido, Anaïs —le ordené, moviendo suavemente mi pelvis contra la redondez de sus nalgas.
Podía sentir la rigidez de mi propio pene, completamente presionado contra la costura de mis pantalones. Abrió un poco sus piernas y convidó mi mano izquierda a hundirse en su intimidad. El estudio estaba oscuro en los márgenes y dio permiso incluso para pasarle la lengua a lo largo de su rafe perineal, ese estrecho y sensible puente de carne que divide su vulva de su ano.
Supimos que era el momento de marcharnos cuando la situación se volvió físicamente insostenible: los dedos de mi mano derecha estaban completamente metidos en su boca; ya había encontrado ella el camino por dentro de mis boxers, acariciando con el pulgar la cabeza resbalosa y palpitante de mi miembro.
—Sáqueme de aquí, Henry, se lo suplico —me dijo con esa ronca voz de puta que guardaba celosamente para mí.
Inmediatamente después, recompuso la figura. Como una dama, se colgó su cartera de diseñador en el antebrazo, se alisó la falda con un gesto aristocrático, repintó sus labios y buscó la salida luego de dar unas últimas instrucciones a su asistente. Yo, fingiendo una compostura profesional que no tenía, me limité a mirarla desde atrás, sabiendo que en menos de media hora tendría sus piernas sobre mis hombros.
Tomé el racimo de uvas isabelinas de la mesa de utilería como un trofeo bizarro, me despedí del staff con un par de frases cortas y salí detrás de ella. Al cruzar la puerta de cristal, la calle nos recibió con el aire frío de la tarde bogotana que empezaba a caer desde los cerros. Ella ya se había metido en un taxi, uno de esos vehículos pequeños y destartalados que huelen a gasolina y tapicería vieja.
Al entrar y cerrar la puerta de golpe, el olor a encierro del carro se mezcló con su perfume Chanel. Lo primero que vi sobre el asiento, justo en mi lado, fueron sus panties de encaje negro, pesados de fluidos transparentes. Ella me miraba desde el rincón opuesto torciendo un poco la boca, contemplando mi reacción tras su fechoría.
Yo no iba a regalarle el control de la situación. Tomé la prenda húmeda entre mis manos, la acerqué a mi rostro sin quitarle los ojos de encima y, lentamente, pasé toda la superficie de mi lengua por el interior del puente de algodón, saboreando el almizcle amargo de su excitación mezclado con el rastro de la tarde.
—Usted tiene problemas mentales muy graves, Henry —me dijo, soltando una risa ahogada mientras miraba de reojo la nuca del taxista, que cambiaba de emisora en el radio.
—Usted y yo, tenemos los mismos problemas, Anaïs —respondí, arrojando la prenda al suelo del carro.
Ella asintió, aceptando el veredicto. Tomó una uva de la bolsa que yo cargaba sobre las rodillas. La llevó a la boca y me besó. Aquella esfera jugosa fue y vino entre lenguas, ganas chorreantes y la ansiedad de llegar a casa para deshacernos de la cordura. Tomó otra uva, la lamió y, sabiéndome atento a su próximo movimiento, la introdujo en su sexo tumbándose contra el vinilo oscuro del asiento; era una obscenidad maravillosa.
—Una más, Anaïs —le ordené.
No vaciló y fue más lejos. Empujó la fruta dentro de su canal vaginal con un gemido sordo que se ahogó contra el viento que entraba por la ventana. Tomé en consideración la presencia del taxista, quien maldecía el tráfico bogotano, y me atreví a bajar la cabeza para recuperar la fruta con mi propia boca. Sabía menos a fruta y más a sal, a carne viva, a la secreción ácida de una mujer que se desmoronaba bajo su fachada de dama impecable en un taxi cualquiera.
Pagué la carrera y dejé diez mil más para compensar la imprudencia. Al llegar finalmente a mi apartamento en Rosales, nos esperaba el cajón físico y un cúmulo de ideas para sacarle provecho a la colección de obscenidades.
—Desnúdese lento, Anaïs —le pedí, porque empezar a disfrutarla siempre traía consigo la fatalidad del término.
Observé su metro con cincuenta y siete de piel blanca, impoluta, perfecta. Conté las pecas sobre sus pechos de picos pálidos y pezones gruesos. Su desnudez siempre presentaba novedades. Esta vez las estrías en su cadera me hacían verla más salvaje, más real.
Metí la mano debajo de la cama y saqué el cajón de madera. El sonido del cofre arrastrándose por el suelo de madera de guayacán quebraba el silencio con un eco denso. Anaïs tiritaba levemente, no sé si por la corriente de la cordillera o por la expectativa de lo que venía. Su mirada, antes altiva, cayó sobre el desorden de cuero, silicona y metal que brillaba bajo la tenue luz de la lámpara.
—Arrodíllese, Anaïs. Mire lo que tengo guardado para usted —le solicité, arrastrando el cinismo de quien conoce todos sus puntos de quiebre.
Ella bajó despacio, doblando sus rodillas sobre la alfombra pesada. Estiró las manos hacia adelante, ofreciendo sus muñecas con entrenada docilidad. Tomé las cuerdas de cáñamo, ásperas y oscurecidas por el sudor de encuentros pasados, y le amarré los brazos a la espalda. El contraste de la soga rústica mordiendo la delicadeza de su piel blanca, tornándose rosa, era un espectáculo estético inmejorable.
Destapé el frasco de aceite de almendras amargas. Vertí una cantidad generosa sobre sus hombros y dejó que el líquido denso rodara por su espalda, humedeciendo las líneas plateadas de sus caderas, haciéndolas relucir. Con las manos empapadas en aceite, masajeé sus muslos, abriéndolos sin resistencia, rompiendo cualquier vestigio de su alcurnia. Ella respiraba con dificultad, con la cabeza gacha, pero sus ojos vigilaban mis movimientos a través de los mechones de pelo que le caían sobre la cara.
—Henry… el de silicona negra —pidió, traicionando su papel de sumisa. Anaïs dictaba sus propias sentencias.
Busqué en el fondo del cajón el dildo de silicona pesada, un objeto rígido, frío y anatómicamente desproporcionado que compramos juntos en la tienda de cerecita que tanto nos gustaba. Lo lubriqué con generosidad, mientras sus pupilas ansiosas se dilataban. Cuando lo acerqué a su intimidad, todavía impregnada del aroma ácido de las uvas isabelinas, ella contuvo el aliento.
Lento, guié el juguete en mi mano, atendiendo con detalle cómo reclamaba su espacio dentro de ella, obligándola a arquearse y a gemir contra la mesa de centro. Mis dedos libres palparon su clítoris, frotando con dulzura y lentitud.
—¿Escucha usted mi placer, Henry? —se refería a ese compás acuoso, a las palpitaciones de su vagina agitada por su favorito.
Anaïs, con las manos atadas y la piel brillando por el aceite, se giró sobre su espalda disponiéndose más.
—Es el suyo el que quiero adentro —me reclamó impaciente.
Así era ella: aún sometida entre amarres exigía el cambio de mando. Pero no quería ceder, no por lo pronto. Opté por echármela al hombro y llevarla a mi cuarto para atarla a los barrotes de mi cama. Fue así como la penetré con mi propio cuerpo y con la silicona, alternando los instrumentos del cajón, haciéndola perder los modales. Su espiración fracturada me empujaba a los límites de mi propio abismo.
Acepté el descenso. En ese punto, el placer dejó de ser un asunto de anatomías aisladas para convertirse en un vaso comunicante, una transfusión directa de fluidos, calor y electricidad. Mi cuerpo no buscaba un desahogo egoísta; respondía a su carne dócil, a la confianza en su entrega. El aceite de almendras amargas, mezclado con nuestro sudor, terminó por licuar los bordes de nuestras identidades: ya no sabía dónde terminaba mi piel y dónde empezaba la suya, solo existía una sola masa brillante, frenética y suspendida en la penumbra.
Nos fuimos empujando mutuamente hacia el vacío. Mirarla a los ojos en ese instante de suspensión era asomarse a un acantilado: sus pupilas, dilatadas por el pánico y el deseo, reflejaban la inminencia de la catástrofe.
—Henry… —me nombró mientras sus ojos se pintaron de blanco y, enseguida, brotó ese sonido ronco y bellamente animal que las mujeres de su alcurnia sepultan bajo capas de buena educación.
Fue ese crujido en su garganta el que me arrastró consigo. El abismo nos reclamó a los dos al mismo tiempo. No hubo ternura, sino un colapso simultáneo, un estallido unánime que nos vació las venas y nos devolvió la lucidez de golpe. Fue un orgasmo espeso, negro, un espasmo que nos succionó la cordura y nos dejó flotando como dos náufragos sobre la cama, despojados de nombres, de apellidos patricios y de presentes, unidos únicamente por el rastro salado de nuestra propia demolición.
Liberé las amarras y por primera vez nos sorprendió el azul pálido de la madrugada. Por primera y última vez, se tumbó en mi pecho y el silencio dijo más de lo que nos habíamos permitido. Sentí una placidez desconcertante. No le fue ajena a ella; tal vez por eso interrumpió la incómoda ternura, se levantó de repente, se vistió en silencio, se aplicó corrector en las marcas de las muñecas, se puso la chaqueta oversize y volvió a ser la productora intachable de apellido ilustre.
No la volvería a ver.

