En esta ciudad, las noches siempre son cálidas, pero la de hoy se siente particularmente cargada, densa como el aire que se estanca en los callejones antes de una tormenta que nunca termina de caer. El ventilador de techo gira rápidamente, engranando un traqueteo de metal gastado que ya forma parte del silencio de la habitación. Sus aspas cortan la luz pálida que entra por la ventana abierta y sus sombras oblicuas se dibujan de manera intermitente entre las sábanas de algodón y las líneas de mi cuerpo.
Busco consuelo en unos hielos que dejé dentro de una copa sobre la mesa de noche, pero en este rincón del trópico el desastre es inmediato: se derriten tan rápido que a duras penas alcanzo a rescatar un par de gotas con los dedos para enfriar mis labios. Paso el cubo casi líquido por mi cuello, bajando por el pecho hacia el espacio entre mis senos, buscando un alivio momentáneo, pero el agua se evapora en un segundo, dejando solo un rastro pegajoso de humedad.
Estoy completamente desnuda en mi cama. No hay ninguna mística en esta desnudez, ninguna pose de pintura clásica; es simplemente la única forma de tolerar el peso del aire y el roce de las cobijas. Solo puedo asumir que él también lo está en la suya, al otro lado de la ciudad, atrapado en el mismo desvelo y con la piel pegada al colchón.
Nos encontramos en uno de los chats comunitarios de Guía Cereza, un rincón digital al que llegué por puro azar una tarde de domingo, aburrida de las redes sociales convencionales donde todo el mundo finge una felicidad de vitrina. Yo no buscaba un romance de novela ni un pacto de sangre; buscaba compañía, una tregua contra la soledad de los días idénticos, y tal vez un poco de esa empatía que solo se encuentra entre desconocidos que no tienen nada que perder ni reputaciones que salvar. Quería hablar con alguien sin la necesidad de camuflar este deseo difuso que me crece adentro, que yo misma no alcanzo a comprender del todo, pero que me quema los dedos cuando la noche se vuelve larga y el silencio aturde.
El teléfono móvil descansa sobre mi colchón, proyectando un resplandor azulado sobre mi vientre. En este punto de la noche, la pantalla no es un aparato; es una extensión de mi sistema nervioso, el único puente físico con alguien que me gusta.
Nos enviamos mensajes cortos, tanteando el terreno con la cautela de dos bestias que se huelen a través de una reja. Hacemos planes vagos para vernos cara a cara cuando la rutina de la oficina nos dé un respiro, construyendo citas hipotéticas en cafés de estación o parques públicos donde podamos disimular. De repente, el ritmo de la conversación cambia de velocidad. Él lanza una propuesta, un quiebre absoluto en la cortesía digital que me hace enderezar la espalda contra la cabecera de la cama: me pide que le describa exactamente qué tan mojada estoy y qué le haría si compartiéramos el mismo encierro.
Su petición me sacude de inmediato. Me despoja de la timidez del día a día, de esa versión gris e inofensiva de mí misma que atiende llamadas de clientes, archiva documentos y saluda con educación a los vecinos en el ascensor. Le sigo la corriente sin pensarlo dos veces, entregándome al juego con una soltura que me desconoce pero que me resulta peligrosamente cómoda.
Poco a poco, mi mente divaga hacia esa escena mental, desprendiéndose de las paredes agrietadas del cuarto. Me imagino la escena real, sin adornos: tener su cuerpo pesado encima, sentir el olor de su sudor mezclado con el mío, tenerlo atrapado entre mis piernas, desarmado por mi propia voluntad y comérmelo a mordiscos lentos, saboreando el sabor de su piel hasta dejar una marca roja y verdadera.
—Veo que hoy tienes mucha hambre —me escribe. La frase la siento caminar entre mis orejas y mi nuca.
—Me la despiertas tú —le contesto, y al presionar enviar siento el golpe de la adrenalina, la certeza de estar cruzando un punto de no retorno, deseando que las palabras se vuelvan fluidos.
—Cierro los ojos y puedo verte en tu piel caliente, incluso puedo notar cómo se eleva tu pulso… quiero ser el único testigo de cómo satisfaces tus antojos. Siente mis manos en las tuyas —continúa él.
—¿Y cómo quieres ser compensado? —Me muerdo los labios, deteniendo la respiración por completo, esperando su respuesta mientras el ventilador sigue cortando el aire caliente por encima de mi cabeza.
La respuesta cae en la pantalla como un bloque de texto denso, pesado, desprovisto de signos de puntuación inútiles, directo. Lo siento como si me agarrara del pelo para obligarme a mirar:
—Que pueda comer de tu excitación tres o más veces al día. De tu cuello, de tus senos, de tus nalgas, de tus piernas, de tu entrepierna. De cualquiera de tus lados en donde sienta que te puedo enloquecer. Quiero voltearte boca abajo, besarte el culo, morderte la espalda, nalguearte hasta dejarte la piel encendida y sujetarte con firmeza de la cadera y del cuello mientras liberamos esta tensión salvaje juntos. Sin parar, hasta que el placer nos duela.
Aprieto los ojos con firmeza y me lo imagino. Cobra sentido lo que le leí alguna vez a Charles Bukowski: “la carne es el único milagro que nos queda en este mundo podrido y gastado”. El texto de este hombre es una incisión directa, un tajo en mi imaginación. Es un sueño sucio, húmedo, pero yo no estoy dormida. Estoy muy despierta, con las sábanas enredadas entre mis tobillos, mi cuerpo inquieto, la entrepierna latiendo y mi libido encendiéndose con el azul de la pantalla.
Siento la necesidad física de responder, de mantener el hilo que nos une para que la distancia no enfríe las palabras ni apague el motor de las ganas.
—Me imagino cómo se siente el roce de mi pelvis con tus nalgas, el perfume de tu pelo, cómo se escuchan tus gemidos cada vez que empujo tus glúteos para sentirte más profundo, metido en mí hasta el fondo. Te siento aquí conmigo —le escribo con torpeza, cometiendo errores de digitación. Tocarse y escribir con los dedos húmedos es una destreza. No quiero que sus mensajes se frenen; en el sexting, el silencio de dos minutos es una pequeña muerte, una caída fría al vacío de la realidad del apartamento solitario.
—¿Se siente cálido, verdad? —pregunta él desde el otro lado de la pantalla, provocándome.
—Sí, cálido, espeso y muy mojado —le contesto.
Dejo el teléfono sobre la almohada. Deslizo mi mano derecha hacia abajo y hundo los dedos entre mis muslos. La piel está hirviendo, lubricada por un flujo constante que responde a lo que estamos fabricando juntos. Le describo lo que ocurre ahí, sin adornos, centrándome en la física pura del roce, en los labios hinchados de mi sexo y en el calor que gotea. Él, que desde el primer día ha sabido leer mi deseo en la distancia, lo resume en una sola frase que me vibra en las entrañas:
—Es un pálpito adentro que se sincroniza con el pulso del otro.
Mi imaginación va a mil por hora, espoleada por el sudor que me corre entre los senos y el ruido lejano de una motocicleta que pasa por la calle inferior. Le respondo de inmediato, perdiendo por completo la noción de quién soy fuera de este chat. Solo que esta vez no escribo; me canso de los caracteres fríos. Elijo mandarle una nota de voz para que escuche la verdad. Sostengo el teléfono casi pegado a mis labios, sintiendo el calor del aparato contra la boca. Presiono el botón de grabar y dejo que mi respiración alterada hable antes de pronunciar palabras. Mi voz sale rota, sincera:
—Te siento completo en mi estrechez. Cierro los ojos mientras le hablo a la bocina y juro que siento el peso de tu cuerpo doblando el colchón, aplastándome. Tus manos, de verdad, calientes, rudas, hundiéndose en mis caderas, levantándome para acomodar a tu antojo, adueñándote de cada centímetro de mi piel como si yo ya no tuviera voto en este asunto. Tocarme pensando en ti es tan real que me hace perder entre los gemidos e intento no olvidar que debo respirar... ¡debo respirar! Tranquila, respiro, lo extiendo. ¡Joder! Me dejas sin aliento. Escucha cómo me tienes…
Suelto el botón de enviar. El audio sube. Sé que al otro lado está escuchando mis fluidos y mi respiración rota a través del parlante de su teléfono. La respuesta en texto llega casi al instante, cargada de una urgencia violenta:
—Me gusta apretarte con mis brazos mientras me muevo, como que no te quiero dejar ir. Me gusta poner mi mano justo bajo tu ombligo… ¡Sí, ahí, carajo!
—Me siento protegida entre tus brazos y la presión que ejerces entre mis senos me excita aún más —le respondo en un susurro de texto.
—Quiero que me sientas en cada centímetro de tu cuerpo, que me sientas muy adentro, rompiéndote el fondo —me escribe, y la tipografía parece vibrar con la fuerza de una erección real.
—Te siento, siento cómo pulsas, cómo te calientas, cómo te endureces al otro lado.
—Yo siento cómo me aprietas por dentro con cada mensaje. Me excitas tanto que te sujeto más fuerte, te muerdo los hombros y el cuello. Empiezo a respirar fuerte cerca a tu oído… ¡cosita!
Somos dos cuerpos comunes que se han desnudado a través de una aplicación porque ya no soportan el peso de su propia normalidad. Eso es lo que somos ahora: dos pantallas encendidas, sudor de medianoche y cuatro manos buscando un centro común.
La velocidad del chat se duplica. Las respuestas caen una tras otra, sin preámbulos, eliminando los puntos y comas, comiéndose los espacios, imitando el ritmo de una cópula real y violenta sobre la cama de algún domicilio.
—El placer no me deja abrir los ojos, a duras penas tengo noción del tiempo y del espacio. Solo siento tu respiración en mi nuca. Tu roce. Tu piel. Tus brazos sujetándome ansiando lo inevitable —le respondo con mis manos temblando, perdiendo la puntería sobre las letras del teclado, restregando mi centro contra la almohada para acompañar el ritmo del texto.
—Quiero ir cada vez más fuerte, más profundo. Joderte hasta que no puedas hablar.
—Siento tu corazón bombeando, pegado a mi espalda. Tu respiración es cada vez más corta. La cadencia cada vez más rápida.
—Más y más rápido. Se escucha el choque de los cuerpos, las células más superficiales reventando por la fricción. Me sientes cada vez más duro, más adentro, empapado de ti.
—Ambos cada vez más cerca de llegar… no puedo más —escribo, mientras mis dedos se conducen solos en mi intimidad.
—Todos los músculos del cuerpo se contraen…
—Nos encontramos en el pico del placer. Gemidos fuertes, respiración corta. Nos sujetamos el uno al otro buscando estabilidad mientras el cuerpo descontrolado explota desde adentro.
Él remata con una frase que condensa toda la física de nuestro encuentro virtual, una última estocada que me entrega a mi pequeña muerte:
—Quiero dártela en tu boca…
Imaginarme bañada por su deseo y la embestida mordaz de mi propia mano me parte en dos; siento un calambre violento que me succiona el aire de los pulmones y me arranca un gemido bestial que termina por romper la distancia.
El teléfono cae. Me quedo mirando el giro del ventilador de techo, riendo, con esa risa tonta que tienen los adolescentes cuando acaban de cometer una travesura. El sudor, las hormonas y la fatiga de la carne vuelven a asentarse poco a poco sobre el colchón, devolviéndome a la realidad del cuarto.
Por unos segundos siento que el mundo exterior —con su ruido de fondo, sus facturas por pagar, su rutina de oficina y mi soledad predecible— se desvanece por completo. Mis dedos siguen reposando en ese lugar donde los había dejado: cálidos y escarchados con eso que fue.
El teléfono emite un último destello de luz azul. Lo levanto de inmediato, ansiosa por leer y...
—Mi amor, estoy atrapado en una reunión aburrida. Ya voy saliendo para la casa, espérame despi…—
Se eliminó este mensaje.
Aparece la burbuja con tres puntitos. El texto de reemplazo nunca llega. Luego, fuera de línea.
¿Acaso qué esperaba yo? Él usaba mis respuestas para calentar su regreso a casa, y a mí me complace saber qué es lo que entretiene tanto a mi maridito.

