Su respiración agitada me persigue, metiéndose bajo mi piel como una infección. Mi pulso no ha encontrado reposo; late con una violencia rítmica en las muñecas, en los muslos, justo en esa zona blanda detrás de las rodillas donde el cansancio se acumula tras dos horas de frenesí. Cierro los ojos contra el volante y el partido vuelve a reproducirse en el revés de mis párpados con nitidez. Pelota va. Pelota viene. Me inquieta, en una mezcla de morbo y rabia, imaginar que él también está en este instante con el cuerpo todavía acalorado, con la camiseta gris pegada al pecho, repasando el mismo último punto que yo, allá en su carro, antes de encender el motor y regresar a esa vida satisfecha y ordenada que exhibe ante el mundo. La noche no termina para mis músculos. El game tampoco.

Llevamos meses jugando al pádel. Al principio era solo deporte, una excusa para quemar la energía sobrante de la semana. Pero hace apenas unas horas estábamos frente a frente, separados por una red de nylon que ya resulta demasiado frágil, demasiado ridícula para contener la tensión que viene madurando entre los dos. La cancha cerrada, con sus paredes de cristal y su iluminación blanca, tiene algo de jaula y perversidad. Las paredes devuelven la pelota con un ángulo geométrico, así como nuestros ojos se devuelven las miradas: sin filtros, buscando el fallo del otro, la grieta por donde colarse. No hay escapatoria posible cuando el espacio mide apenas diez por veinte.

—Hoy te voy a hacer correr —me dijo apenas entramos a la pista, con su voz arrastrando un exceso de seguridad mientras me guiñaba un ojo.

—Habla del marcador, relájate —le ordenó mi mente desbocada, mientras me agachaba a ajustar los cordones de mis zapatillas para evitar que viera el repentino rubor de mis mejillas.

Calentamos. Movimientos cortos. Flexiones suaves que estiran los tendones. Elongo el cuerpo con lentitud, exagerando la curva de la espalda porque sé que su atención me está recorriendo las piernas y la cintura. Él despierta mi atrevimiento. Luego, el sonido seco de la pelota contra la pala rompe la cortesía. Tac. Tac. Tac.

Su primer saque fue directo a mi revés. Fuerte, con esa malicia de alguien que sabe golpear donde más incomoda. La pelota se clavó en el rincón del vidrio y me obligó a girar el cuerpo por completo, a abrir más las piernas para bajar el centro de gravedad, sosteniendo el equilibrio en un ángulo forzado mientras el sudor comenzaba a deslizarse por mi espina dorsal, bajando despacio, metiéndose por la pretina de mi falda deportiva.

—Concéntrate —me dijo desde el otro lado, con esa media sonrisa de hombre que se sabe observado.

—¿Buscas revancha? ¿Todavía no superas que te haya ganado ayer? —respondí altiva, sosteniendo la pala con firmeza, acomodándome el pelo húmedo antes de ponerme en posición de resto.

Volvió a sacar. Esta vez el golpe fue más cerrado, más venenoso, buscando directamente el impacto al cuerpo. Sentí la vibración del golpe en la muñeca; un impacto rudo que me subió por el antebrazo.

—Con tal de verte esa carita feliz, te dejo ganar las veces que quieras —replicó, mientras avanzaba hacia la red con zancadas largas, acortando el espacio físico entre los dos, obligándome a mirar la anchura de sus hombros bajo la tela empapada.

Le devolví el resto cruzado, un golpe limpio, rasante, que lamió el vidrio lateral. Él llegó forzado, estirando el brazo hasta el límite; la pelota subió alta, subí yo también. Remate seco, hacia abajo, haciendo que la bola rebotara tres metros por encima de su cabeza.

—¡Puntazo! —celebré, plantada firmemente frente a la malla, sin apartarle la mirada. Me excita tomarle ventaja, sentir que lo descoloco, que rompo su maldita suficiencia de jugador experto.

—No te distraigas —le devolví sus propias palabras, saboreando el jadeo de su pecho.

Él no contestó con palabras; lo hizo con el juego. Empezó a jugarme más profundo, tentando mis límites físicos. Con cada globo alto que lanzaba, me obligaba a retroceder hasta la pared del fondo, a doblar la espalda hacia atrás en una postura casi obscena, a confiar en el rebote mientras el vidrio frío del complejo rozaba la piel caliente de mis hombros. Y cuando subía a volear, se plantaba tan cerca de la red que podía oler el rastro terroso de su transpiración.

El marcador avanzaba. 30 iguales. Ventaja para él. Deuce otra vez. El partido se estiraba más de la cuenta. Sospecho que ninguno de los dos quería ceder, que estirábamos los puntos para quedarnos ahí dentro, agotando la materia. ¿Podría culparlo de haber perdido yo el gusto por regresar a casa? No sería del todo cierto. Él sonreía como si alcanzara a escuchar el desorden de mis pensamientos.

Competir con él tenía algo de adictivo. No me interesaba vencerlo en el sentido deportivo; se trataba de probarme frente a su fuerza. De ver si podía sostenerle la mirada fija cuando él aceleraba el ritmo de la bola. De descubrir si me temblaban las piernas cuando me jugaba directo al cuerpo o si lograba devolverle la presión con la misma intensidad. De comprobar cuánto resistía mi carne cuando él me arrinconaba contra las esquinas y, sobre todo, cuánto disfrutaba yo de esa resistencia.

—¿Te estás cansando? —me lanzó desde el fondo de la pista, con la respiración cortada.

—Estoy calentando —respondí, ajustando el grip de la pala con los dedos.

Sacó con una potencia descomunal. Intenté un resto agresivo, cruzado, pero la pelota tocó el marco, pegó en el vidrio y volvió con una trayectoria impredecible. Corrimos. Fue un intercambio rápido. Golpes cortos, reflejos puros. Volea. Contravolea. Era un pulso donde un solo error sometería al otro. Cada punto ganado era una forma de decir: aquí sigo, me gustas, te quiero romper.

Set point. Me miró fijo desde la línea de saque, botando la pelota tres veces contra el suelo azul.

—A ver si puedes con esto.

Sacó fuerte, un tiro directo al cuerpo que me obligó a retroceder torpemente; giré sobre mis talones, dejé que la bola rebotara en el vidrio trasero y respondí de milagro con un globo alto, profundo. Él corre hacia atrás, ajustando los pasos con prisa, girando los hombros para armar el golpe. El intercambio se volvió insoportable. Pelota va. Pelota viene. Las zapatillas raspando la superficie sintética con un chillido agudo. Impactos secos. Sudo mucho. La camiseta se me pega por completo.

Él subió a la red y me presionó con una volea baja; yo llegué apenas, deslizando la pala por el suelo. La pelota quedó flotando en el aire, blanda, traicionera, a mitad de camino. Él se acercó más, casi pegando el pecho a la malla, y remató hacia abajo con toda la fuerza de su brazo. El punto terminó. El partido se definió ahí.

Pero ninguno de los dos celebró. Nos quedamos demasiado cerca de la red, separados por apenas un milímetro de hilo trenzado, a un paso de empezar otra contienda. El pecho de ambos subía y bajaba. La respiración era arrítmica, ruidosa, completamente indecente en un lugar público. Durante unos segundos interminables solo se escuchó eso en la cancha vacía: aire caliente entrando, aire húmedo saliendo. Un sonido gutural y jadeante que imploraba cambiar de circunstancias de inmediato.

Me miró la boca, mientras yo seguía con la vista el hilo de sudor que le acariciaba el costado del rostro, bajando por su mandíbula hasta verterse directamente en sus labios.

—Eso sí fue intenso —pronunció, con una voz ronca que trataba inútilmente de disolver la tensión.

—Todavía no hemos terminado —respondí, aunque el set ya estuviera definido en los papeles.

Nos quedamos ahí, suspendidos en esa insolencia corporal. El marcador anunciaba el final, pero la carne no estaba de acuerdo. Nos dimos la mano por encima de la red, cumpliendo con la etiqueta del club, pero su palma apretó la mía un instante más de lo necesario, una presión áspera por los callos de la pala. Sentí el pulso acelerado, loco, palpitando en su muñeca. Mis dedos se cerraron también con fuerza. Fue un apretón firme, demasiado largo para ser deportivo, aunque demasiado corto para sentirse caricia.

—Buen juego —dijo en voz baja.

Arrimó los labios a mi mejilla para el saludo de despedida. No me dio un beso; me rozó con la boca caliente, gustando del esfuerzo y de las ganas que yo misma transpiraba. Pero cuando decidí girar la cara para buscarle los labios, él se apartó. No lo hice a tiempo. El juego de la distancia seguía vigente.

Salimos de la cancha juntos, manteniendo una última capa de compostura frente al empleado del mostrador. Caminamos hacia el estacionamiento subterráneo con una lentitud de agonía, como si ambos esperáramos tropezar con cualquier excusa estúpida para prolongar la noche. Él llegó a su vehículo primero, un sedán oscuro estacionado a unos metros del mío. Subió, bajó el vidrio y se quedó esperando con el motor apagado. «¡Puta, si de mí depende, esto no se queda así!», pensé. No había sido el último punto lo que me tenía temblando; era el vacío de no haber cruzado la línea.

Caminé hacia mi carro con paso firme, arrastrando el bolso deportivo. Desbloqueé las puertas y entré a la cabina. Dejé el bolso en el asiento del pasajero y me quedé quieta, con las manos sobre el volante frío. Iba a meter la llave en el encendido cuando la puerta del conductor se abrió de golpe.

Era él. No traía la pala, no traía la sonrisa de suficiencia; solo traía los ojos fijos, oscuros, desorbitados por las mismas ganas que me estaban partiendo las entrañas. Se metió en mi carro al revés, invadiendo mi espacio con brutalidad. No hubo una sola palabra de cortesía, ningún preámbulo verbal; no era necesario.

Me agarró de la nuca, hundiéndose en mi pelo húmedo, y me estampó la boca contra la suya. El beso supo a sal, a cansancio acumulado, a la goma de la pelota y a impertinencia. Me abrió los labios con la fuerza de su lengua, devorándome con tal pasión que me hizo soltar un gemido contra su garganta. Con la otra mano, ruda y empapada todavía por el sudor de la pista, agarró la tela elástica de mi falda deportiva y la levantó de un solo tirón hasta mi cintura, desgarrando el encaje de mis panties.

—¿Con que de cerecitas? —remarcó con una sonrisa torcida. En ese momento se hizo evidente que nuestras mentes se habían calcado: el mismo antojo nos rondaba a los dos; ambos estábamos hartos de mirar y no tocar.

Me acomodé en su regazo, en el estrecho espacio entre el volante y el asiento. Abrí las piernas, repitiendo la misma flexión de la cancha pero esta vez sobre su pelvis rígida, sintiendo contra mi ingle su pene erguido, puntiagudo, urgente. Me levanté un poco para sentirlo directo entre mis manos y así dejar de imaginar. Sus dedos buscaron mi intimidad sin ninguna delicadeza; se hundieron directamente en mi humedad, frotando los labios hinchados de mi sexo con el mismo ritmo frenético con el que golpeaba las paredes de vidrio. Yo me arqueé hacia atrás, golpeando la cabeza contra la ventana del carro, perdiendo por completo los modales de mujer casada, arañándole los hombros a través de la camiseta húmeda mientras él metía su cara en mi sexo. Tomó aire con los pulmones completos, infestando sus alvéolos con olor a mí. No pude resistirlo y reclamé el control. Halé la palanca y recosté el asiento para posarme encima, llenando mi estrechez con él. Un grito quedó ahogado por su boca. El carro entero comenzó a balancearse en la penumbra del estacionamiento vacío, amortiguando el ritmo de nuestros cuerpos chocando contra el cuero de las sillas y el plástico del tablero. Él me sujetaba de las caderas con una firmeza que me dejaba marcas rojas en la piel, reclamando cada rincón de mi cuerpo, devorándome desde adentro mientras el sudor de ambos se mezclaba en una sola capa brillante y espesa.

No hubo tregua, ni cambio de mando, ni respiraciones pausadas. Fue una contienda febril, acelerada por el miedo a ser atrapados por el celador del club, el colapso de nuestras monotonías irritantes, la sensación de la libertad que se toca después de transgredir todas las excusas.

Sentí su corazón bombeando con fuerza contra mi pecho justo antes de que mi pelvis se sacudiera en una serie de espasmos eléctricos que cobraron el esfuerzo de golpe, desmantelando mi cordura en un cortocircuito que incendió cualquier noción del entorno.

Él soltó un gruñido rústico en mi oído y se vació dentro de mí con una última sacudida larga, agónica, que agotó la última pizca de fuerza que le quedaba en los músculos y nos dejó goteando, calientes y deshechos, contra el cuero del asiento, con el parabrisas empañado por el vapor de nuestros cuerpos y el silencio del estacionamiento obligándonos a aterrizar. Él se apartó despacio, se acomodó la ropa mirándome a los ojos con picardía y satisfacción, y me dio un beso largo que supo a victoria. Abrió la puerta para regresar a su carro.

Me quedé sola en la cabina, con las piernas temblando sobre el pedal, limpiándome el rastro de su fluido entre los muslos con una toalla pequeña. Encendí el motor, miré mi rostro deshecho en el espejo retrovisor y sonreí. Mañana jugaríamos el siguiente set a las siete de la noche, y ambos volveríamos a darnos la mano por encima de la red cumpliendo con el reglamento.

Mosquita Muerta®

Junio de 2026.

Nota del escritor sobre la intención: Quise traer a escena la lencería, de ser necesario podríamos ampliar un poco más la referencia.