Pablo llevaba días fuera. Cuando regresó a la oficina lo vi tan sereno en su escritorio que, como siempre, me entraron ganas de alborotar esa calma.
Golpeé el cristal. Él dudó un segundo al verme, pero me hizo señas para que entrara.
—Has estado ocupado, te vendría bien algo de distracción —dije apenas crucé la puerta.
—Quisiera, pero esta semana no. La visita a la sede de Panamá no salió muy bien y estaré a tope.
—Entiendo. Solo quería que supieras que conocí al mirón... Ah, y me pasó algo muy interesante con la cliente de Medellín. Pero lo hablamos otro día.
Pablo levantó una ceja y sonrió, aunque sin diversión.
—Así que tienes sorpresas para mí. Puede que busque el espacio para que me cuentes todos los detalles.
Salí de allí divertida. Me encanta romper su postura seria, aunque la mayoría de las veces no ceda a mis provocaciones.
Se hizo tarde. Afuera oscurecía y llevaba cuarenta minutos intentando pedir un Uber sin éxito. De pronto, vibró el teléfono:
«Espero que tengas tu kit de emergencia. Quiero que lo lleves puesto. Subo en 10 minutos».
Una descarga eléctrica me recorrió el cuerpo. El "kit de emergencia" es un pequeño vibrador a control remoto que usamos cuando viaja. Por suerte, la oficina ya estaba sola; aunque conociéndolo, si hubieran compañeros, eso no lo detendría.
El tiempo pasaba más lento de lo habitual. Intenté concentrarme en la pantalla leyendo correos o la actualización de una política interna, pero no aguantaba estar sentada. Me apoyé sobre el escritorio intentando fijar la vista, atrapada entre la impaciencia y la excitación. De repente, el juguete cobró vida. Me quedé esperando a que cruzara la puerta y luego, tras unos minutos de pura tortura, entró. Traía la corbata desajustada y la mirada oscura.
—Quiero que me cuentes todo, pero veo que estabas leyendo. Continúa en esa posición; me gusta tener tu culo expuesto.
Me sonrojé mirando la pantalla. Era consciente de que la falda se me había subido y de que no llevaba medias, solo mi tanga negra. Sentí su mano fría ascendiendo por mi muslo.
—Me gusta el contacto con tu piel —murmuró.
Y de golpe: ¡una nalgada!
—Cuéntame. Qué pasó con el mirón.
Se lo conté todo sin omitir detalles. Le relaté cómo le pedí que me demostrara cuánto me deseaba, cómo subí a su auto y dejé que me tocara.
—Pablo, dejé que viera mi cuerpo sin restricciones, que besara mis senos... Vi cómo se le marcaba el miembro —solté, mientras recibía otra nalgada seca—. Sentí el desespero con el que quería entrar en mí, fuerte, rápido. Así que lo rodeé con las piernas y le marqué el ritmo, usándolo para mi propio placer.
Dos nalgadas más, seguidas y firmes.
—Entonces... te gustó comportarte como una puta —dijo a mi oído.
—Lo disfruté —respondí con la respiración agitada—. Pensaba contarte cada detalle y lo mojada que me podría, pero jamás me imaginé que tú me llevarías a este punto. Por favor... ¡extraño tu verga!
Él sonrió con superioridad.
—Todavía no. Parece que necesitas un Uber a casa; yo te llevo.
Sabía que no sería un paseo inocente. Eso me encendió aún más.
Pasé por el tocador a quitarme la ropa interior, humedecida por el juego previo. Tenía las nalgas rojas por los golpes y verme así en el espejo me fascinó. ¿Debía provocarlo más en el auto? ¿Qué lo haría perder el control?
Bajé al parqueadero. Él me esperaba afuera, revisando el teléfono. Al verme llegar, me dice:
—No. Tú vas a conducir.
Sus palabras pesaron. Maldita sea, me voy a quedar con las ganas otra vez.
Su auto es más ágil que el mío. A esa hora el tráfico ya había cedido, así que aceleré en un par de tramos más rápido de lo que a él le gustaba. Fue entonces cuando hizo su primer movimiento: me subió la falda y, al notar que no llevaba nada debajo, sonrió. Apretó el control del vibrador contra mi pubis.
Casi pierdo el control del volante. ¿Este hombre se quiere matar o qué? Jamás nadie me había confiado la conducción para algo así. Me sacó de mis pensamientos en el primer semáforo en rojo.
—Ponte a chupar, puta.- Muy torpemente, puse el freno de mano y busqué entre sus pantalones para cumplir sus órdenes. Verde. Me reincorporé de golpe y arranqué justo cuando me cruzó la cara con una cachetada.
—¿Extrañabas esto, perra? ¿Quieres más?
—¡Sí, por favor! —supliqué.
Otra cachetada me obligó a fijar la vista en la vía. Él no dejaba de manipular el juguete a máxima potencia. Tuve mi primer orgasmo al volante. Seguimos así varios kilómetros, entre gemidos en las avenidas principales y paradas en los semáforos para tragarme su verga.
Antes de llegar a mi casa, divisé una calle oscura y sin tránsito. Aparqué de golpe.
—Por favor, clávame ahora. No aguanto más. Úsame.
Pablo sonrió, se pasó al asiento trasero y me hizo una señal. Lo seguí sin pensarlo.
—¿Cuántas veces te viniste, perra?
Antes de que pudiera responder, me metió la verga hasta el fondo de la garganta, hasta que sentí arcadas. Luego me acomodó y me penetró con embestidas duras, secas, escupiéndome y marcando el ritmo con insultos mientras yo solo le pedía más, entregada por completo a su antojo. Se vino dentro de mí con un gruñido ahogado, mordiéndome con fuerza un pezón.
Recobramos el aliento. En cuestión de segundos, Pablo volvió a ser el hombre impecable y sereno de siempre, ajustándose la ropa con la calma que me enloquece.
—Ahora sí, cuéntame de la cliente de Medellín —dijo con total compostura.
Sonreí, complacida por captar su interés.
—¿Melissa? — Melissa es una mujer alta, voluptuosa, de unos cuarenta años, rubia, labios gruesos y muy buen trasero. — Salimos a tomar un par de copas mientras estabas de viaje. Me preguntó cómo hacía para concentrarme trabajando entre hombres tan guapos. Pensé que hablaba de Martín, pero me sorprendió... me dijo directamente que quería que te la presentara.
Pablo me miró con una pizca de diversión.
—Claro, pero todo dentro del marco profesional. Las líneas que cruzo contigo no las cruzo con cualquiera.
—Por supuesto. Le dije que, una vez firmado el contrato anual, podríamos tomar los tres una copa... Me gustaría compartirte con ella, Pablo.
Él no premió mi osadía con una confirmación. Se acomodó el cuello de la camisa y soltó con frialdad:
—Ya veremos.
Nos despedimos por esa noche







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