La monja sado

La pieza encerrada, solitaria y angustiante era como una celda de prisión que comenzaba a concentrar un olor pesado y rancio, el olor que a ella le gustaba. Aislada en su pieza y martirizada por la tentación, Katherina pensó en darse unos buenos latigazos en la espalda. Los pasillos del monasterio convocaban a un silencio cerrado. Ya habían pasado las oraciones y la hora del descanso era tan disciplinada como el arrepentimiento. La monja era presa de la ansiedad y el aire comenzó a faltarle en una sensación rabiosa de ahogo. Al momento de pensar en su látigo, sintió vergüenza, pena y un asomo de remordimiento. Entonces se regañó a sí misma: “es mortificación corporal, es castigo”. Luego de la propia censura, se sintió un poco más aliviada. “Es unión, alianza, empatía con el sufrimiento de nuestro señor Jesucristo”. Intentó calmarse, pero no podía mentirse: le encantaba lo que se venía. Respiró profundo, exhaló, comenzó la oración aprendida en el libro litúrgico que contenía los textos para el rezo: “Despliega tu poder y ven a librarnos, oh Señor, Dios nuestro”. El corazón saltó a la garganta, las manos le temblaban, la respiración se removía y las pupilas se dilataron. Afanosa, comenzó a desnudarse, sin detener la oración: “así como somos abrumadas por las tormentas de la tentación, seamos levantadas por la ayuda de tu fuerza.” Temblorosa, abrió el armario y extrajo el látigo. Se trataba de un pulpo de tres cuerdas en color gris a causa del uso y el sudor. Un primer fuetazo en la espalda y se sintió reconfortada. La picazón en la piel y el choque rápido le dolieron, le dolieron rico, le dolieron con ganas. Se sintió recompuesta y liviana. “Te suplicamos que nos escuches, oh Señor.” Agachó la cabeza y otro latigazo. “Te suplicamos que nos escuches”. No podía evitarlo. Le encantaba rezar y flagelarse. Oración y dolor, plegaria y placer, rezo y excitación.

Niklaus Largier, en su libro Elogio del látigo, cuenta la historia de Katherina von Gebersweiler, religiosa dominicana del convento de Unterlinden, Francia. Según Largier, la monja escribió un diario durante la década de 1.320, donde contó la vida conventual, la importancia de la pobreza voluntaria, las reglas del severo silencio a que se sometían, los cánticos en la vida de las hermanas y también dejó testimonio sobre la importancia de la flagelación. El azotamiento era parte de la vida del convento, una vida rigurosamente ordenada y rítmica, que se reflejaba en el transcurso del día, en las horas de oración y las misas. Lo que nos revela Katherina es que, si bien para ella, la flagelación comenzó por motivos espirituales y penitenciales, pues la idea consistía en que el sufrimiento físico ayudaba a purificar el alma y acercarse a Dios, luego descubrió que le encantaba darse sus severas azotainas. En su diario dice: “En adviento y durante toda la cuaresma, una vez terminados los maitines, las hermanas se dirigían a la sala capitular o a otros lugares apropiados, donde castigaban sus cuerpos con la mayor rudeza, empleando los más diversos instrumentos de flagelación, hasta que corría la sangre, de manera que el sonido de los latigazos repercutía en el convento entero y se elevaba con dulzura mayor que cualquier otra melodía hasta el oído del señor. Pues Dios se complace en estos ejercicios de humildad y veneración y no deja de oír el gemido de las penitentes. Algunas de ellas, ardiendo en fuego pasaban la noche entera entregadas a la más concentrada flagelación.”

Un latigazo, una paradoja

La historia de la flagelación revela una paradoja fascinante: un mismo gesto ha servido a propósitos radicalmente distintos a lo largo del tiempo. En ocasiones fue impuesta como castigo o mecanismo de disciplina, una expresión visible del poder ejercido sobre los cuerpos. En otras, fue asumida voluntariamente como práctica ascética, un camino de expiación, resistencia o transformación espiritual. También encontró su lugar en la imaginación estética, donde la literatura, el arte y la fantasía la resignificaron como símbolo cargado de erotismo, vulnerabilidad o deseo. La complejidad del látigo. Esta diversidad de sentidos muestra que el cuerpo nunca es un territorio neutro; sobre él se inscriben normas, anhelos, creencias y relaciones de poder. La flagelación, más que una simple práctica, constituye un punto de encuentro donde se entrelazan autoridad, placer y significado cultural, revelando las complejas maneras en que las sociedades han interpretado el dolor y el deseo.

Un lenguaje con lo divino

Para entender a esta parranda de locos religiosos haciéndose daño en unos casos y en otros propinándose placer, tenemos que repasar la evolución de esta práctica a lo largo de la historia. Los hitos son tres. Los primeros ascetas de los siglos III y V fueron monjes cristianos, conocidos como los "Padres del Desierto", quienes iniciaron las prácticas de mortificación como ayuno extremo y aislamiento. El concepto se basaba en las escrituras de San Pablo, quien mencionaba que castigaba su cuerpo para mantenerlo bajo control. Con el tiempo, esto evolucionó al uso de flagelos. El cuerpo era concebido como un obstáculo para la salvación, y disciplinarlo mediante el dolor era una forma de purificar el alma.

El segundo hito es San Pedro Damián, del siglo XI, un abad benedictino quien, como si fuera un auxiliar de operaciones, o un técnico en métodos y tiempos, fue el gran sistematizador de la flagelación en los monasterios de Occidente. Promovió y popularizó el uso de los látigos de cuerda como un método estándar para expiar los pecados y resistir las tentaciones de la carne. Santo Pedro Damián: Me lo imagino como un funcionario enfermo de los que pululan en las empresas haciendo mapas de ruta, persiguiendo normas del ICONTEC, con el objetivo de establecer un estándar común que garantice la uniformidad, calidad y eficiencia. Estandaricemos una mirada morbosa, un toque de culo callejero, una mordidita de labio, una tocada de pene, un sueño mojado, logremos que siempre el sueño sea el mismo, el mismo siempre, estándar, igual. Tan lindo Damián, podría ser un ingeniero de producción de latigazos, estandarizando la forma de comunicación con dios.

El tercer hito son las hermanas religiosas: Aunque popularmente se asocia con el monacato masculino, santas y monjas a lo largo de la Edad Media y siglos posteriores, como Santa Teresa de Jesús o Santa Teresita del Niño Jesús, también practicaron diversas formas de flagelación. Hoy en día, el ascetismo extremo es poco común y suele estar limitado a congregaciones conservadoras que practican la mortificación corporal como una ofrenda de agradecimiento y no como un medio de castigo. Esa me gusta: un regalito, una ofrenda, un homenaje: una chica dándose una pela para agradecerme este ensayo tan sufrido y flagelante que me está saliendo.

Lo que se ha dicho es que la flagelación era parte de una práctica para limpiar las faltas cometidas, los pecados, los raticos de pereza, los bocados de más en el comedor, las ganas de largarse de una buena vez para una taberna y tomarse unas cervezas con las amigas; en fin todo era motivo de pecado: haber cruzado una mirada coqueta con el jardinero, hacerse una paja nocturna, una miradita en el espejo que despertó un gramo de vanidad, y más cuando se puso un mechón de pelo detrás de la oreja, y quiso seguir mirándose, y tener ganas de estar más linda, más bella, más peinada o cualquier cosa que significara para ella sentirse bella y presumida. La iglesia y sus bobadas, la iglesia y su censura, la iglesia y su triste historia de represión.

El sufrimiento físico operaba como un lenguaje de comunicación con lo divino. La verdad uno no entiende, no entiende, pero para eso está la literatura, para tratar de explicar a la gente, la historia, las costumbres, para entender por qué tanto miedo al cuerpo, al apetito, al deseo. De manera que las monjas creían que el dolor corporal servía para expiar faltas propias, incluso, las ajenas, imagínese, castigarse por el vecino, por el prójimo, por el edificio, el barrio, la ciudad, castigarse por el país; por el otro, la otra, por lo pecaminoso, por feo, por calvo, flaco, lo ambicioso, rabioso y pecador. El vecino, hijueputa vida, a mí qué me importa el vecino. Pero por eso, hombre, calma, me dice la conciencia, calma, estábamos tratando de entender, de tener empatía, de penetrar los tiempos, en la historia, la religión, el origen, con lo linda y ejemplar que resulta esa palabra: “penetrar”. Linda, hermosa, divina palabra tan usada por gerentes, directores y coordinadores que “penetran el mercado”. Y uno se queda pensando en que ojalá los penetren bien rico, en misionero, en cangrejo o en cuatro, porque eso sí, lo rico de penetrar en cuatro.

Lo cierto es que los religiosos de la época también se daban correa para imitar el sufrimiento de Cristo porque muchos buscaban reproducir simbólicamente el padecimiento de Jesús durante la Pasión; y vamos a dejar esa Pasión con mayúscula para diferenciarla de la pasión que siente uno por las tangas brasileras y los lubricantes a base de agua.

Otros religiosos se daban látigo por miedo a castigos divinos, así durante epidemias, guerras o hambrunas surgieron movimientos de “flagelantes” que pensaban que castigándose podrían obtener el perdón de Dios y detener calamidades como la peste negra. Virgen santa, dame paciencia, habrá gente pendeja en la vida. Dice Largier en su libro: “Las experiencias místicas y las eróticas comparten un lenguaje del exceso que desborda las categorías ordinarias del cuerpo.” Uno de los puntos más sugerentes de este tema es la cercanía entre el lenguaje místico y el erótico. Ambos describen experiencias límite del cuerpo: éxtasis, pérdida de control, intensidad sensorial. En textos místicos medievales, el encuentro con lo divino se describe a menudo en términos corporales y emocionales muy intensos. Estas descripciones no están tan alejadas del lenguaje del deseo como podría pensarse y permiten cuestionar la separación moderna entre espiritualidad y sexualidad, mostrando que históricamente han estado entrelazadas. El lenguaje del éxtasis místico y el del placer erótico comparten estructuras expresivas similares. Ambos registros exploran experiencias límite que desafían la racionalidad ordinaria.

Y entonces le provoca a uno imaginar a un jardinero piadoso y fantasmal, uno que recorría los pasillos y las piezas de los monasterios para reemplazar la mano ajena y sostener el látigo. Ayudarle a la monja en la penitencia, ponerla de rodillas y de espaldas y darle bien rico a la monja, darle látigo, darle su alivio, su consuelo, su bálsamo. Ajustarle con disciplina y devoción unos buenos azotes para que aprenda a no sentir remordimiento por robarse un pepino de la cocina y dejar el fervor por ese mito absurdo de la virginidad de María. El jardinero piadoso, escapado de un relato del escritor italiano Giovanni Boccaccio, el jardinero que terminaría la jornada concediéndole un pollo asado bien rico.

Del dolor al placer

En el contexto europeo, desde la Edad Media hasta la modernidad, vemos que el uso del látigo no puede entenderse únicamente como práctica de castigo o desviación sexual, sino como un fenómeno complejo que cruza la religión, la disciplina corporal, la estética y el deseo.

Ya con la monja Katherina vimos cómo una práctica inicialmente religiosa se desplazaba progresivamente hacia el ámbito del placer. Lo que sucede es que la línea entre dolor y placer nunca ha sido completamente clara. Desde los tiempos de los castillos, las princesas voyeristas y los monjes perversos y pajizos aparece una relación ambigua entre sufrimiento físico y éxtasis espiritual. La frontera entre dolor y placer no es fija, sino históricamente variable y culturalmente construida, pues no hay una separación natural entre ambos. La idea de que dolor y placer no están claramente separados rompe con una visión biologicista de la experiencia corporal. Una cultura interpreta como sufrimiento intolerable, otra puede resignificarlo como experiencia valiosa o incluso deseable. En la Edad Media, por ejemplo, el dolor físico podía ser interpretado como una vía hacia la redención espiritual. En cambio, en la modernidad, ese mismo dolor puede adquirir connotaciones eróticas. En contextos religiosos, el dolor puede ser valorizado; en contextos eróticos, puede integrarse en la búsqueda de intensidad. Esto demuestra que las sensaciones corporales no tienen un significado fijo, sino que están mediadas por discursos religiosos y culturales. No se trata de que dolor y placer sean lo mismo, sino de que pueden entrelazarse en ciertas economías culturales del cuerpo. El dolor puede ser interpretado, buscado o transformado según el contexto simbólico en que se inscribe. Y hola don Perogrullo, el erotismo no es universal, sino históricamente construido. El cuerpo experimenta, pero la cultura interpreta esa experiencia.

Erotización del dolor

Con el tiempo, especialmente en el siglo XVIII, la flagelación comenzó a aparecer en textos literarios y contextos privados con una dimensión erótica explícita. El látigo se convirtió en un objeto simbólico cargado de poder, control y excitación. En parte, gracias a San Pedro Damian, hermoso cura, hermoso patrón rezandero e inaugurador de darle palmaditas en la nalga a tu pareja.

Esto implica un desplazamiento importante: el dolor deja de ser solo una sensación física y pasa a formar parte de un universo simbólico. Puede ser embellecido, narrado o incluso deseado. Llegados a este punto es inevitable citar al Marquez de Sade en la novela Justine. Leamos: “Levantándola por el aire con un solo brazo, el gigantesco sacerdote la tendió sobre sus rodillas; entonces, agitando airosamente un látigo, le cruzó tres veces las nalgas. Justina se retorció bajo el ardor de los golpes, pero sus penas sólo habían comenzado, pues el padre Clemente sólo estaba haciendo una prueba. Entonces, satisfecho con su postura y con la forma en que tenía asido el látigo, el odioso fraile alzó el arma de largas lenguas muy por encima de su cabeza y la dejó caer con fuerza sobre la joven. Los bordes cortantes del cuero rebanaron sin piedad toda su carne, dejando brillantes líneas de sangre a su paso; el dolor era tan fuerte que el grito de la pobre niña se ahogó en su garganta. Excitado por la visión de sangre, el bárbaro padre Clemente la azotó entonces con furia vesánica. Ninguna parte de su cuerpo quedó a salvo de su bestialidad. Brillantes, rojos arroyuelos le corrían por la espalda, desde los hombros hasta las nalgas, y rodeaban sus muslos como finas culebrillas de color carmesí. Más excitado aún por este espectáculo, el vicioso sacerdote la forzó a colocarse boca arriba, y pegó su odiosa boca a la de ella, como si tratara de arrebatarle de los pulmones los gritos que su látigo no había podido arrancarle. Alternativamente le chupaba la boca y le golpeaba el abdomen, y cuanto más se agitaba y se debatía Justina en su angustia, más satisfecho parecía él.”

Vemos pues cómo se evidencia la estética del dolor. No se trata solo de sentir sufrimiento, sino de cómo ese dolor se representa, se imagina y se experimenta. En este sentido, el látigo funciona como un dispositivo simbólico que transforma la percepción del cuerpo y del placer. La imaginación transforma la experiencia física en una escena cargada de significado.

El dolor, cuando abandona el ámbito de la pura sensación corporal, se transforma en algo más que una experiencia física: deviene objeto de representación, de imaginación y, eventualmente, de deseo. No solo se padece; también se narra, se contempla y se interpreta. En la literatura, el arte y las diversas formas de la imaginación, la flagelación adquiere una dimensión estética que excede el acontecimiento material del castigo. Es descrita, dramatizada y convertida en escena; deja de ser únicamente un acto para convertirse en una imagen.

Esta transformación conduce a una cuestión fundamental: el papel de la imaginación en la configuración de la experiencia. Lo decisivo ya no es únicamente lo que ocurre sobre el cuerpo, sino la manera en que ese acontecimiento es visualizado, anticipado y dotado de significado. La flagelación no solo se practica; también se escenifica. Su eficacia simbólica depende tanto de la acción como de la representación que la acompaña. Es precisamente en este desplazamiento donde puede comprenderse su tránsito hacia lo erótico.

La imaginación amplifica la intensidad de las sensaciones y prolonga sus efectos más allá del instante físico. Al mismo tiempo, la dimensión estética reconfigura la experiencia corporal al inscribirla en un universo de imágenes, significados y expectativas. En este contexto, el látigo deja de ser un simple instrumento para convertirse en un símbolo cargado de resonancias. Encarna relaciones de poder, fantasías de dominio y sumisión, formas de deseo y modalidades de la transgresión.

Para concluir, el látigo no es solo una herramienta física, sino un objeto cargado de significado. Representa autoridad, control, disciplina, pero también transgresión y excitación. En contextos religiosos, simboliza penitencia; en contextos modernos, puede simbolizar dominación erótica. Esta ambivalencia lo convierte en un objeto especialmente rico para el análisis cultural. De manera que, cuando puedan, den o pidan unas buenas nalgadas. Amén.