Capítulo 1: de puertas para adentro
Relato de comunidad Voyerismoschedule 8 min de lectura calendar_today Agosto de 2026

Capítulo 1: de puertas para adentro

El inicio de una larga aventura de exhibición, provocación y complicidad en pareja

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La cerradura giró con un leve chasquido, y Juan empujó la puerta con suavidad mientras Marga soltaba una risita ahogada. El tacón de su sandalia resonó sobre el mármol del vestíbulo.

—Shhh… las niñas —dijo él en voz baja, divertido.

—¿Y tú crees que están dormidas? —replicó ella, mordiéndose el labio inferior.

Llevaban toda la noche provocándose. La cena con amigos había sido tranquila, pero desde que Marga se subió al coche con ese vestido negro corto y sin sujetador, Juan tenía el pensamiento fijo en arrancárselo. Caminando de vuelta a casa, sus manos no habían dejado de rozarle la cintura, los muslos, la curva bajo el culo.

Ella lo sabía. Le encantaba.

Cuando cruzaron el umbral, se sorprendieron: en el salón aún quedaban luces encendidas. Y sobre el sofá, en pijama y con cara de sueño, las tres niñas.

—¡Pero si es tardísimo! —dijo Marga, dejando el bolso sobre la consola.

Desde la cocina apareció Rosa, la niñera. Pantalón de chándal rosa ajustado, top negro apretado sin sujetador, melena rubia oxigenada recogida en una coleta alta. El piercing en la nariz brillaba con la luz del techo. Bajita, muy delgada, con tetas grandes y redondas que no se movían. Tan postizas como evidentes.

—Lo siento, Marga —dijo con tono de disculpa. Su acento castizo arrastraba las palabras—. No querían dormirse. Les he leído un cuento, pero se han puesto a charlar…

—No pasa nada, cariño —respondió ella, maternal—. Ya las llevo yo. Anda, que mañana tienes que madrugar.

Mientras Marga subía con las niñas, Juan se quedó solo con Rosa. Se acercó a la mesa, abrió la cartera y sacó unos billetes.

—Gracias por quedarte más rato —le dijo, tendiéndole el dinero.

Rosa lo miró con media sonrisa y alargó la mano, sus uñas largas pintadas de fucsia. El top se le subió ligeramente, dejando ver el ombligo con un piercing en forma de corazón. Olía a perfume barato y a colonia dulce.

—Gracias a ti —dijo ella—. Aunque no sé si me habéis dejado propina por cuidar a las niñas… o por lo bien que me queda el chándal.

Juan soltó una risa seca. Era descarada, y él la miró un segundo de más.

—¿Tú qué crees? —respondió él, divertido.

Ella le guiñó un ojo, cogió su mochila y salió por la puerta dejando una estela de olor. Juan cerró con el pestillo y fue directo a la cocina. Cogió una copa, la llenó con lo que quedaba de vino blanco y se dejó caer en el taburete junto a la isla.

Sacó el móvil.

Telegram.

Abrió la conversación con Rubén, un conocido con el que había coincidido en un grupo de fetiches hacía tiempo. Habían conectado rápido: los dos disfrutaban compartiendo fotos de sus mujeres. Algo que Juan nunca había imaginado al principio… pero ahora le ponía a mil.

“¿Ya estás en casa?”, le escribió Rubén.

“Sí. Y con ganas. ¿Tú?”

La respuesta llegó en segundos. Una foto.

Laura, la mujer de Rubén. Muy delgada, con los pechos operados y los pezones marcando la tela de un body blanco transparente. Estaba sentada sobre una silla, las piernas abiertas, sin bragas. Se había depilado completamente y llevaba unos tacones negros brillantes.

Juan tragó saliva. Laura tendría casi 50, pero sabía posar. Tenía algo sucio, como de mujer que no tenía filtros.

“¿Qué te parece mi putita?”, escribió Rubén.

Juan respondió con una foto antigua de Marga: en el espejo, con unas medias negras de encaje y sin nada más. Su cuerpo curvilíneo, los pechos firmes, pezón grande y rosado. El coño depilado totalmente. Tenía el pelo suelto y una sonrisa traviesa.

“Tu mujer es dinamita”, contestó Rubén. “La mía está cachonda desde que te vio.”

Juan se acomodó en el taburete, sintiendo cómo su polla empezaba a endurecerse dentro del pantalón. Metió la mano y se la recolocó. Le encantaba el juego. Ser deseado. Saber que otros se pajeaban con las fotos de su mujer.

Rubén mandó otra imagen. Laura de espaldas, a cuatro patas sobre una cama. La cámara enfocaba su culo abierto, los labios húmedos entre las nalgas. Todo depilado. Puso: “Me ha pedido que te enseñe esto. Dice que le gustaría que tu mujer le hiciera lo mismo.”

Juan se tocó por encima del pantalón. Se mordió el labio. Iba a contestar cuando oyó una voz suave detrás de él.

—¿Qué haces…?

Era Marga. Estaba de pie junto al marco de la puerta, con una camiseta larga y sin sujetador. Los pezones se marcaban claramente. Tenía el pelo algo revuelto y una mirada entre curiosa y excitada.

Juan se giró, culpable y caliente.

—Nada… chateando con Rubén.

Ella caminó despacio hasta él.

—¿Viendo fotos de Laura?

Él asintió, sin dejar de mirarla. Ella cogió el móvil, lo desbloqueó con su cara y miró la conversación. Vio las imágenes. Sonrió.

—Joder. Qué guarra es. —Se sentó a su lado—. ¿Te pone?

—Sí —respondió él sin rodeos.

—¿Más que yo?

Ella se estiró, alzó la camiseta. No llevaba nada debajo. Sus pechos quedaron al aire, el pezón izquierdo erecto, grande, de un rosa intenso. Bajó lentamente la tela, dejando que se deslizara por su vientre, hasta quedar sentada en bragas negras de encaje.

—Enséñame las que te he mandado a ti —pidió ella.

Juan le mostró las fotos guardadas: Marga lamiendo su polla en el baño, otra metiéndose un dildo rosa sentada sobre el lavabo, otra más completamente abierta sobre la cama, con el culo ligeramente alzado.

Marga se mordió el labio.

—Mándale una ahora. Que vea cómo me pones.

Juan sacó la cámara. Marga se levantó, bajó lentamente las bragas y las dejó caer al suelo. Se apoyó contra la encimera, de espaldas. Separó las piernas. Estaba completamente depilada, húmeda. Se agachó un poco y se giró para que él pudiera captar el plano desde atrás: su coño húmedo y su culo redondo, ofrecido.

Click.

—Ponle: “Mi mujer quiere jugar con la tuya” —le dijo.

Juan envió la imagen con el mensaje.

Mientras esperaba la respuesta, Marga se volvió hacia él, completamente desnuda. Se sentó sobre sus rodillas, bajó el pantalón de su marido y le agarró la polla. Juan la tenía completamente dura.

—Te pone que te vean, ¿eh? —susurró ella, bajando la cabeza.

Empezó a chuparle despacio, sin apartar la vista de sus ojos.

Juan apoyó la espalda en la silla, respirando hondo. El móvil vibró. Miró: Rubén había respondido con un vídeo. Laura lamiendo un dildo negro enorme, con cara de viciosa.

—No pares… —murmuró él.

Marga se levantó de nuevo, se dio la vuelta, se puso a cuatro patas sobre la encimera. Miró hacia atrás.

—Fóllame así. Con el móvil en la mano. Quiero que te corras mientras ves cómo se la chupa Laura.

Juan se levantó, se acercó por detrás y la agarró por las caderas.

Juan se acercó por detrás, con la polla en la mano, completamente empalmado. Marga se arqueó aún más, ofreciéndose con descaro. Su coño brillaba bajo la luz cálida de la cocina, y sus labios se abrían ligeramente, palpitando.

—Mírame bien el coño, Juan —le dijo ella, con la voz ronca—. Está empapado por tu puto chat. Me he puesto cachonda sabiendo que te estás pajeando con otra.

—Estás hecha una guarra, Marga —le gruñó él, pegando la polla a la raja—. ¿Así te gusta, eh? ¿Que me caliente con otras mientras te follo a ti?

—Sí… joder, sí. Quiero que me folles pensando en Laura. Quiero que me metas esa polla dura mientras miras sus fotos.

Juan sujetó el móvil con una mano y con la otra le abrió las nalgas. Observó cómo se abría para él, tan húmeda, tan dispuesta.

—Mira cómo te pone pensar que hay otros que quieren follarte —le susurró—. Rubén se pajea viendo tus fotos.

—Y tú te la corres pensando en su mujer… —respondió ella, jadeando—. Pero el que me folla eres tú. ¡Hazlo ya!

Juan se la metió de una embestida lenta pero firme, y Marga soltó un gemido profundo.

—Ahhh… sí… ¡así! —gritó ella, agarrándose al borde de la encimera.

Juan empezó a moverse, cada vez más rápido, con la otra mano aún con el móvil encendido. La pantalla mostraba a Laura mamando el dildo con la boca llena de saliva.

—¿Quieres que te la folle más fuerte, zorra? —le rugió él, agarrándole el pelo.

—¡Sí! ¡Fóllame duro! ¡Hazme tuya, cabrón! ¡Rómpeme el coño!

Juan se lo metía con fuerza, los huevos golpeándole el clítoris con cada sacudida. Marga empujaba hacia atrás con cada movimiento, sucio, salvaje, húmedo.

—Mándale un audio —jadeó ella—. Que me escuche. Quiero que oigan cómo me follas.

Juan apretó el botón de grabar:

—¿La oyes, Rubén? Así grita mi mujer mientras se la meto. ¿Tú crees que la tuya aguantaría esta polla entera?

Marga soltó un gemido largo, gutural, que quedó grabado en el audio.

—¡Me corro, joder, me estoy corriendo!

Juan sentía las contracciones húmedas envolviendo su polla. Aceleró.

—¡Trágatela toda, puta! —le gritó, jadeando—. ¡Eres mía!

Ella gritaba como poseída, los pechos balanceándose con cada embestida, los pezones duros como piedra.

Juan la sujetó por la cintura con ambas manos y descargó dentro de ella con un gemido contenido, largo. Se corrió con fuerza, sintiendo cómo su leche llenaba el coño de Marga, caliente, espesa.

Permanecieron así unos segundos, jadeando, sudando, temblando. Marga, aún agachada sobre la encimera, giró la cabeza con una sonrisa sucia.

—Te ha gustado, ¿eh, cerdo? —susurró.

Juan la acarició desde la nuca hasta el culo, dándole una nalgada suave.

—Mucho. Pero esto acaba de empezar.

Marga se incorporó despacio, aún con las piernas temblorosas. La mezcla de fluidos resbalaba por sus muslos.

—La próxima vez… —dijo, dándole un beso sucio— quiero que la zorra de Rosa nos vea.

Juan la miró, encendido de nuevo.

—Hecho.

Se quedaron en silencio unos segundos. El móvil vibró. Rubén había respondido.

“Os habéis pasado… Ahora la tengo a cuatro patas pidiéndome lo mismo.”

Marga lo leyó y rió.

—Dile que si se porta bien… igual le mandamos un vídeo mañana.

Y con esa frase, se perdió por el pasillo, el culo al aire, tambaleándose todavía.

Juan se quedó unos segundos más en la cocina, mirando la última foto de Laura y escuchando los sonidos húmedos que aún resonaban en su cabeza.

Esto solo era el principio.

— lindocolombia

18 de agosto de 2026

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