Un día inesperado como árbitro de futbol en Manizales
Relato de comunidad Gayschedule 6 min de lectura calendar_today Agosto de 2026

Un día inesperado como árbitro de futbol en Manizales

Lo que se pensaba iba a ser un día normal en mi rutina se convirtió en una tarde de sexo sin control

LoboFerozdelaRed

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Contenido adulto. Este relato fue escrito por un miembro de la comunidad. Léelo solo si tienes 18+ y mente abierta.

En ese tiempo yo tenía 18 años. Era un sábado de tarde en Manizales y caminaba por la glorieta de San Marcel con la bolsa del uniforme de árbitro al hombro. Camiseta negra, pantalón corto, silbato, tarjetas… todo listo para un partido que debía dirigir en el Bosque Popular. De pronto un carro se detuvo a mi lado. Bajó el vidrio y una voz masculina me llamó:

—¡Oye! ¿Vas para el Bosque?

Me acerqué sonriendo. Pensé que era otro árbitro de la asociación. Me subí sin dudar. Apenas cerré la puerta noté que no era quien creía. Era más alto, de hombros anchos, mandíbula marcada y una mirada oscura que me recorrió de arriba abajo. Llevaba una camiseta gris ajustada que marcaba el pecho y una sudadera abierta por encima. Olor a colonia y a hombre.

—No eres… —empecé, pero el desconocido ya había arrancado.

—Me llamo Andrés. Te vi caminando y pensé que te podía dar un aventón.

No tomó la ruta directa. Subimos por la avenida Alberto Mendoza hasta llegar al batallón para luego devolvernos. El carro serpenteaba mientras hablábamos de fútbol, de partidos, de cómo el clima de Manizales jodía por esta época a los árbitros. Yo tenía 18 años y me sentía un poco nervioso, pero su voz grave me iba relajando. La mano de Andrés descansaba en el cambio, cerca de mi muslo. Cada tanto los dedos rozaban la tela de mi pantalón corto y un calor raro me subía por la espalda.

Después de dar la vuelta por el batallón, nos devolvimos todo el camino hasta el Bosque Popular. Bajé, me cambié en el vestuario improvisado y dirigí el partido. Noventa minutos de corridas, silbatos, tarjetas amarillas y gritos de los hinchas. Cuando terminé, empapado en sudor, salí del campo con la camiseta negra pegada al cuerpo.

Andrés estaba esperándome al lado de la cancha, brazos cruzados, la sudadera abierta dejando ver la camiseta gris. Sonrió al verme.

—Vamos al carro, te llevo.

Acepté.

El trayecto desde el Bosque Popular hasta Villapilar era larguísimo. Apenas salimos del bosque popular, Andrés apoyó la mano abierta sobre mi muslo y la subió despacio hasta rozar mi entrepierna. El corazón me latía desbocado.

—Quiero que me chupes la verga mientras manejo —dijo con voz grave, sin apartar la vista de la carretera.

Tragué saliva. Bajé la mirada hasta su entrepierna. La erección ya se marcaba fuerte bajo el pantalón. La verdad era la primer vez que iba a hacer esto con un hombre. Con dedos temblorosos bajé la cremallera y saqué su verga gruesa, pesada, de venas marcadas. El olor masculino me golpeó la nariz. Me incliné y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la piel tibia y el sabor salado del precum.

Andrés soltó un gemido bajo y posó una mano firme en mi nuca, empujándome más abajo.

—Tómalo todo… así, ábrete la garganta, chico.

Abrí la boca y me lo metí entero. La cabeza gruesa me rozó la garganta y me atraganté un poco, pero no me detuve. Empecé a chupar con ganas, saliva resbalándome por la barbilla y cayendo sobre sus huevos. Subía y bajaba la cabeza con ritmo, haciendo ruidos húmedos y obscenos mientras el carro recorría el largo trayecto hacia Villapilar. Había momentos en los que me tocaba parar para que no nos pillaran en el camino. Pero cada vez que Andrés aceleraba, aprovechaba para metérmela en la boca y el empujaba las caderas hacia arriba hasta enterrarlo en lo más profundo en mi boca. Mamaba como si se me fuera la vida, chupando fuerte, lamiendo la ranura de la punta, bajando a lamerle los huevos y volviendo a engullirla hasta el fondo.

—Joder, qué rico chupas con esa boquita… sigue, no pares —gruñó, una mano en el volante y la otra apretándome el pelo.

Cuando por fin llegamos a su apartamento en Villapilar, tenía la boca adolorida y la cara manchada de saliva. Pasamos a su apartamento y apenas cerramos la puerta, Andrés me empujó contra la pared y me besó con violencia, saboreando su propia verga en mi lengua. Me arrancó la camiseta negra de árbitro, me bajó los pantalones de un tirón y me dio la vuelta, empujándome el pecho contra la pared fría.

—Nunca te han metido nada aquí, ¿verdad? —preguntó, separándome las nalgas firmes y escupiendo directo en mi agujero rosado y apretado.

Negué con la cabeza, la voz rota:

—Nunca… soy virgen de culo.

Andrés metió un dedo, luego dos, abriéndome con paciencia sádica. Los dedos entraban y salían, curvándose, buscando mi próstata. Gemía contra la pared, empujando el culo hacia atrás. Cuando finalmente alineó la cabeza gruesa de su verga contra mi agujero, empujó despacio. La resistencia de mi culo virgen fue intensa; la cabeza se abrió paso con un pop húmedo y solté un grito ahogado, entre dolor y placer puro.Se detuvo un segundo y luego empezó a entrar centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo. Cuando estuvo completamente adentro, empezó a follarme. Primero lento y profundo, sacando casi toda la verga y volviendo a enterrarla de un solo golpe. Cada embestida me hacía gritar más fuerte. El dolor se transformó en un calor intenso que me subía por la columna.

—Más fuerte… fóllame más fuerte —rogué con la voz quebrada.

Andrés aceleró. Me follaba con fuerza, el sonido de piel contra piel llenando el apartamento. Mis nalgas rebotaban con cada embestida; mi culo se abría y se cerraba alrededor de su verga gruesa, succionándola. Me llevó al sofá, me puso de cuatro y se me embistió sin piedad, una mano en mi nuca y la otra apretándome un glúteo. Luego me volteó boca arriba, me abrió las piernas hasta casi partirme y volvió a entrar de un solo empujón, mirándome a los ojos.

—Mírame mientras te rompo el culo por primera vez.

Me corrí sin que nadie me tocara la verga, chorros blancos saliendo sobre mi pecho mientras mi culo se contraía alrededor de la verga que me penetraba. Andrés no se detuvo. Siguió follándome a través del orgasmo y, cuando sintió que no aguantaba más, empujó hasta el fondo y se corrió dentro, llenándome el culo virgen con corrida caliente y espesa. Sentí cada pulsación, cada chorro que me llenaba las entrañas.

Pero no terminó ahí. Sacó la verga, dejó que la corrida se derramara por mi agujero rojo e hinchado, y volvió a meterla.

La segunda ronda fue más animal: me follaba a golpes cortos y brutales, una mano en mi cuello.

La tercera fue en la cama, de lado, una pierna levantada, profundo y casi tierno, pero sin dejar de ser intenso.

Cada embestida hacía que la corrida anterior saliera alrededor de su verga. Me corrí otra vez, temblando, y Andrés me siguió, vaciándose por tercera vez dentro de ese culo que ya no era virgen.

Horas después, cuando la noche ya había caído sobre Villapilar, seguíamos enredados en las sábanas. El apartamento olía a sexo, a sudor y a semen. Yo, con apenas 18 años y que justo esa tarde había dirigido un partido en el Bosque Popular, ahora tenía el culo abierto, lleno y dolorido de la mejor manera posible. Andrés me acariciaba el pecho con dedos perezosos.

—Mañana hay otro partido —susurré, la voz ronca.

Andrés sonrió contra mi cuello y me mordió suave la oreja.

—Entonces mañana te espero aquí. Y te vuelvo a follar hasta que no puedas ni silbar.

Cerré los ojos y sonreí. Había subido a un carro en la glorieta de San Marcel pensando que era otro árbitro… y terminé perdiendo la virginidad anal con un desconocido después de un trayecto larguísimo desde el Bosque Popular hasta Villapilar. Y no me arrepentía ni un segundo.

— LoboFerozdelaRed

18 de agosto de 2026

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