El tiempo pasa rápido, cuando esto sucedió tenía 20 años. Hoy tengo 37 y todavía se me pone dura solo de recordarlo.
Trabajaba de mesero en un club privado de Manizales, uno de esos lugares elegantes y discretos en la zona del Centro donde solo entraban socios con dinero y sus invitados. Uniforme negro, corbata, bandeja en la mano. Servía whiskies caros, vinos y platos que yo nunca iba a poder pagar. El ambiente era de luces bajas, música suave de jazz y conversaciones en voz baja. La mayoría de las noches eran aburridas… hasta esa.
Era un viernes de octubre. Yo llevaba ya tres horas sirviendo cuando ella llegó.
Tenía unos 45 años. Se notaba en la forma en que caminaba, segura, con esa seguridad que solo dan los años y las noches bien folladas. Cabello castaño oscuro recogido en un moño bajo, algunos hilos grises que no se molestaba en esconder. Cuerpo de mujer de verdad: senos pesados y grandes que se marcaban bajo una blusa negra de seda ajustada, cintura todavía definida, caderas anchas y un culo redondo y firme que se movía con cada paso de sus tacones. Piernas fuertes, de mujer que ha montado y ha sido montada muchas veces. Olor a perfume caro y a piel.
Era socia del club. Se sentó sola en una mesa cercana a la barra. Pidió su whisky de siempre —el que ya sabía de memoria— y se lo llevé. Nuestros ojos se cruzaron cuando dejé el vaso sobre la mesa. Ella sonrió despacio, como si ya supiera exactamente lo que iba a pasar.
—Eres nuevo, ¿verdad? —dijo con voz grave, ronca.
—Llevo tres meses, señora.
—Patricia. No me digas señora. Me haces sentir vieja… aunque me gusta que me digan cosas sucias.
Le sonreí nervioso. Durante el resto de la noche cada vez que pasaba cerca de su mesa me rozaba la mano, me miraba de arriba abajo y me hacía comentarios bajos
:—Se te marca la verga cuando te agachas… ¿sabes que se te nota?
Yo me ponía rojo y me iba, pero la erección no se me bajaba. A las once, cuando el club empezaba a vaciarse, Patricia me hizo una seña. Me acerqué.
—Mi carro está afuera. Termina tu turno y sube. No preguntes.
Obedecí. Veinte minutos después salí por la puerta de empleados. Ella me esperaba en un carro negro de lujo. Me subí. Apenas cerré la puerta su mano se posó en mi muslo y subió hasta apretarme la verga por encima del pantalón del uniforme.
—Llevo toda la noche viéndote servir y pensando en cómo te la iba a chupar
—susurró.
Su apartamento quedaba a unos cuantos minutos, cerca del Cable. Amplio, con olores a madera y a ella. Apenas cerró la puerta, Patricia me empujó contra la pared y me besó. No fue un beso suave. Fue hambre. Su lengua entró en mi boca con fuerza, chupando, mordiendo mi labio inferior. Sus manos grandes me bajaron la cremallera del pantalón y sacaron mi verga, que ya estaba completamente dura y goteando precum.
—Mira nada más… tan joven y tan duro —murmuró, mirándola mientras la apretaba con la mano—. Te voy a sacar hasta la última gota, mesero.
Se arrodilló ahí mismo, en la entrada. Me miró a los ojos mientras abría la boca y se tragaba mi verga hasta la base de un solo movimiento. Su garganta se abrió y me recibió entero. Sentí el calor húmedo, la presión de su lengua contra la vena de abajo, la forma en que sus labios se cerraban alrededor de la base. Empezó a chupar con maestría de veterana: lento al principio, saboreándome, luego más rápido, haciendo ruidos obscenos de saliva y garganta. Una mano me apretaba los huevos, la otra se metía debajo de la camisa del uniforme para pellizcarme los pezones.
—Chúpamela así… joder, qué rico —gemí, sujetándole el pelo.
Patricia se la sacó de la boca, un hilo grueso de saliva conectando sus labios con mi glande, y dijo:
—Todavía no te corras. Quiero sentarte bien adentro.
Me llevó al sofá. Se quitó la blusa de seda y se soltó el sostén. Sus tetas cayeron pesadas, grandes, con pezones oscuros y gruesos ya duros. Me agarró la cabeza y me las metió en la cara.
—Chúpamelas. Fuerte. Como si quisieras sacarme leche.
Obedecí. Las lamí, las chupé, las mordí suave mientras ella gemía y me apretaba la nuca. Después se levantó la falda. No llevaba panties. Su coño estaba afeitado, solo un poco de vello encima, los labios gruesos e hinchados, brillando de mojada. Se montó a horcajadas sobre mí, tomó mi verga con una mano y se la frotó entre los labios, mojándola con sus jugos.
—Míralo cómo me busca… —dijo, y de un solo movimiento se la clavó hasta el fondo.
El calor de su coño me envolvió por completo. Estaba apretado, caliente, chorreando. Empezó a cabalgarme con fuerza, subiendo y bajando, sus tetas rebotando frente a mi cara. Cada vez que bajaba, se empalaba hasta que mis huevos tocaban su culo. Yo le agarré las caderas y empujé hacia arriba, follándola desde abajo mientras ella gemía fuerte.
—Así… fóllame duro, niño. Rómpeme ese coño de veterana —ordenó.
La volteé. La puse de cuatro en el sofá, le levanté la falda hasta la cintura y le abrí las nalgas. Su agujero rosado se contraía, el coño goteaba hasta los muslos. Le escupí en el culo y le metí la verga de un solo embestida hasta el fondo. Patricia gritó y empujó hacia atrás.Empecé a follarla sin piedad. Mis caderas golpeaban su culo con fuerza, el sonido de piel contra piel llenaba el apartamento. Cada embestida hacía que sus tetas se sacudieran y que ella gritara más fuerte.
—Más duro… así… métela toda… joder, qué rica está tu verga de veinteañero —gemía, mirándome por encima del hombro.
Le metí dos dedos en la boca para que los chupara y con la otra mano le pellizqué el clítoris mientras la follaba. Su coño se apretó alrededor de mi verga y se corrió con un grito largo, contrayéndose, chorreando sobre mis huevos y el sofá. No me detuve. Seguí embistiéndola a través del orgasmo, más rápido, más profundo, hasta que sentí que no aguantaba más.
—Adentro… córrete adentro —me ordenó.
Empujé hasta el fondo y me corrí con violencia, llenándole el coño de corrida caliente. Pulsación tras pulsación, sintiendo cómo mi semen se derramaba dentro de ella.
Pero Patricia no había terminado. Se dio la vuelta, se arrodilló y me chupó la verga sucia de sus jugos y mi propia corrida hasta dejarla limpia. En menos de cinco minutos ya estaba dura otra vez. Me llevó a la cama. Se acostó de espaldas, se abrió de piernas y me dijo:
—Ahora me la vas a meter en el culo.
Le chupé el agujero primero, metiendo la lengua, abriéndolo, saboreando su piel. Después le puse saliva y la cabeza de mi verga contra su ano. Empujé despacio. Su culo era más apretado que el coño, caliente, y se fue abriendo poco a poco hasta que entré completo. Patricia jadeaba, los ojos cerrados, mordiéndose el labio.
—Muévete… fóllame el culo despacio primero…
Obedecí. Empecé lento, sacando casi toda la verga y volviendo a enterrarla. Después aceleré. La follé el culo con fuerza, viendo cómo se abría y se cerraba alrededor de mi verga, cómo mi corrida anterior salía de su coño y le chorreaba por el perineo. Le masturbé el clítoris al mismo tiempo y se corrió otra vez, gritando mi nombre, el culo apretándome con fuerza.
Me corrí por segunda vez adentro de su culo, empujando profundo, llenándola.
Todavía no terminamos. Esa noche me la follé tres veces más. Una en la ducha, con ella de pie, una pierna levantada, mientras el agua caía sobre nosotros y yo se la metía hasta el fondo. Otra contra el escritorio de su estudio, con ella agarrada al borde y yo entrando desde atrás a golpes cortos y brutales, llamándola puta y veterana mientras ella pedía más. Y la última ya casi al amanecer, cara a cara, lento y profundo, mirándonos a los ojos mientras le llenaba el coño por última vez y ella me arañaba la espalda.
Cuando salí de su apartamento al día siguiente, todavía con el uniforme de mesero arrugado y el olor de Patricia impregnado en la piel, tenía las piernas temblando. Ella me besó en la puerta y me dijo:
—Cuando vuelvas a trabajar al club… si me ves sola en la mesa, ya sabes lo que sigue. Esta veterana todavía tiene hambre.
Hoy tengo 37 años. He follado con muchas mujeres desde entonces. Pero ninguna me ha marcado tanto como esa socia del club de 45 años que me sacó del trabajo, me chupó la verga como nadie, me montó hasta hacerme ver estrellas y le dejé el culo y el coño llenos de mi propia corrida. Todavía se me para solo de recordar cómo gemía cuando se la metía hasta el fondo y me pedía que la follara más duro.








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