contra cinco después de Cine Porn
Relato de comunidad Fetichismoschedule 6 min de lectura calendar_today Agosto de 2026

contra cinco después de Cine Porn

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**Cine nopor latino**

El lugar olía exactamente a lo que era: semen viejo, sillas de plástico resquebrajado y sudor de hombres que salían del trabajo buscando algo distinto a su rutina. La sala era pequeña, mal ventilada, con la pantalla grande al frente proyectando una película latina de esas que se graban en casas alquiladas y se suben a páginas grises. El sonido de gemidos falsos se mezclaba con el roce de cremalleras y respiraciones pesadas.

Llegué con un escote profundo, de esos que dejan ver casi todo el pecho con solo inclinarme un poco, y una minifalda negra ajustada que apenas me cubría el culo. Debajo no llevaba nada. Solo una blusa blanca semi-transparente y sandalias de tacón bajo. El aire acondicionado no funcionaba bien y el calor del cuerpo de los hombres se sentía apenas cruzaba la cortina de entrada.

Me senté a media sala. Crucé las piernas y esperé. La película empezó con una escena larga de una muchacha arrodillada chupando dos vergas a la vez. Yo miraba la pantalla, pero de reojo iba estudiando a los que tenía cerca. Había de todo: algunos nerviosos, otros ya con la mano dentro del pantalón, unos cuantos que me miraban sin disimulo.

Fue entonces cuando empecé a hacerles caritas a los que me gustaban.

---

**Lunes** era el más joven del grupo que me llamó la atención. Camisa de trabajo arremangada, pantalón de dril sucio de cemento y una gorra hacia atrás. Cuando le sonreí abriendo un poco la boca y pasando la lengua por el labio inferior, se quedó quieto. Se acercó dos asientos después. Nos miramos. Él se inclinó y nos besamos lento, con sabor a cigarrillo y a ganas contenidas. Su mano subió por mi muslo hasta rozarme sin ropa interior. Yo le dejé. El beso duró menos de un minuto. Después se separó, como si no se atreviera a más dentro de la sala. Lunes era de nivel bajo: curioso, caliente, pero todavía con freno.

**Martes** llegó poco después. Más fornido, camiseta negra apretada y un reloj grueso en la muñeca. Le hice la misma carita, esta vez sacando un poco más la lengua. Él no dudó. Se sentó al lado, me agarró de la nuca y me besó con más fuerza, metiendo la lengua de una vez. Su mano derecha se metió directo debajo de la minifalda y me tocó sin permiso, abriéndome un poco las piernas. Yo jadeé contra su boca. El nivel de Martes ya era más alto: directo, con ganas de marcar territorio aunque fuera en público. Nos separamos cuando alguien tosió cerca. Él me miró y murmuró “después”.

**Miércoles** era más callado. Hombre de unos cuarenta, camisa a cuadros abierta sobre una camiseta blanca y pantalones de vestir algo arrugados. Parecía recién salido de una oficina mediocre. Cuando le guiñé un ojo y me mordí el labio, se acercó lento. El beso con él fue distinto: más profundo, más lento, casi reverente. Me tocaba la cintura con cuidado, como si temiera romper algo. Aun así, cuando su mano subió por dentro de mi muslo y notó que no llevaba ropa interior, soltó un suspiro tembloroso contra mi boca. Miércoles era de nivel medio: deseoso pero contenido, de los que se guardan lo peor para cuando no hay testigos.

**Jueves** ya era otra cosa. Alto, moreno, con una cadena gruesa al cuello y una camiseta sin mangas que dejaba ver tatuajes en los brazos. Le hice la carita más sucia: abrí la boca como si estuviera chupando algo y después sonreí. Él se rió bajito y se plantó frente a mí. El beso fue agresivo. Me mordió el labio inferior y me apretó una teta por encima de la blusa hasta que me dolió rico. Su otra mano me subió la minifalda por detrás y me dio una nalgada seca en plena sala. El nivel de Jueves era alto: le gustaba el riesgo, le gustaba que lo vieran, y no tenía problema en dejar marcado.

Y entonces llegó **Viernes**.

Lo vi al fondo, solo, con las piernas abiertas y la mirada fija en mí desde hacía rato. No era guapo. Tenía una cicatriz en la ceja, barba mal afeitada y una camisa oscura sudada bajo las axilas. Cuando le sostuve la mirada y le hice la carita más puta que pude —lengua afuera, ojos entrecerrados, como si ya lo tuviera en la garganta—, él se levantó despacio y caminó hacia mí. No se sentó. Se quedó de pie a mi lado, me agarró la cara con una mano grande y me besó como si quisiera comerme la boca. Fue un beso sucio, profundo, sin ninguna delicadeza. Me sabía a menta barata y a ganas acumuladas. Cuando se separó, me dijo al oído, con voz ronca:

—Tú no vas a besar más a nadie esta noche. Te vienes conmigo.

No era una pregunta.

---

Salimos del cine casi juntos, pero Viernes caminaba un paso delante, como si ya me tuviera. Los otros cuatro nos miraron irnos. Lunes parecía decepcionado. Martes se pasó la lengua por el diente. Miércoles bajó la mirada. Jueves solo sonrió de lado.

El motel quedaba a tres cuadras. Viernes pagó la habitación más escondida. Apenas cerró la puerta con llave, me empujó contra la pared y me subió la minifalda de un tirón. No había preámbulos con él. Me tocó el coño con dos dedos gruesos y gruñó al notarme ya mojada.

—Desde que entraste con ese escote y esa falda suelta supe que eras de las mías —dijo mientras me daba la vuelta y me pegaba la cara contra la pared—. De las que no tienen freno.

Me folló ahí mismo, de pie, sin sacarme del todo la ropa. La blusa me la bajó solo lo suficiente para sacar las tetas y apretármelas con fuerza. Cada embestida me hacía golpear la pared. Después me llevó a la cama y me abrió las piernas todo lo que pudo. Me chupó el coño como si tuviera hambre de verdad, sin asco, sin prisa, metiendo la lengua hasta donde podía. Cuando se cansó de eso, me puso a cuatro patas y me la metió de nuevo, esta vez más profundo, agarrándome del pelo como rienda.

Viernes no tenía límites.  

Me escupió en el culo y metió un dedo mientras me cogía. Después dos. Me preguntó si aguantaba más y, cuando asentí jadeando, me la intentó meter ahí también. Dolió. Grité. Él no se detuvo del todo, pero tampoco forzó de más; solo se quedó a medio camino, follándome el culo con la cabeza de la verga mientras me masturbaba el clítoris con los dedos. La mezcla de dolor y placer me tenía temblando.

Me hizo chuparla después de habérmela metido en el culo. Me agarró la cara y me obligó a mirarlo mientras lo hacía.

—Así me gusta —murmuró—. Sucia de verdad.

Se corrió en mi cara y en la lengua, grueso, caliente, sin avisar. Me dejó así, arrodillada, con el semen escurriéndome por la barbilla, mientras él se sentaba en el borde de la cama a recuperar el aliento.

Los otros habían sido escalones.  

Viernes fue el fondo.

Y yo, con la minifalda todavía subida y el escote torcido, me limpié la boca con el dorso de la mano y sonreí.

Porque esa noche, entre olor a semen, sillas viejas y sudor de trabajadores, había encontrado exactamente lo que buscaba: alguien sin frenos.

Igual que yo.

— lorenalorica

27 de agosto de 2026

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