El sol ya golpeaba con fuerza contra las persianas cuando Juan cerró la puerta tras de sí. Iba en camiseta y pantalón corto, el pelo alborotado y unas gafas de sol colgadas de la camiseta. Las niñas no paraban de hablar en el coche, emocionadas con el primer día del campamento de verano. Era julio, vacaciones. El aire olía a calor, a crema solar, a días largos.
Las dejó entre besos y mochilas llenas de toallas y bocatas. Volvió a casa con una sonrisa, pensando en la cama revuelta y la mujer que había dejado desnuda, dormida boca abajo.
**
Rosa llegó puntual, como cada mañana. El vestido de tirantes, barato y ajustado, se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Iba sin sujetador. Las tetas postizas —grandes, redondas, casi grotescas— sobresalían bajo la tela como dos globos apretados, sin moverse. Iba maquillada como si fuera sábado noche: labios rosa chillón, raya negra en los ojos, perfume dulce y barato.
Entró con su copia de llaves, como siempre, y dejó la mochila junto al mueble del recibidor. La casa estaba en silencio. Supuso que Juan habría salido y Marga seguiría durmiendo. Así que subió sin hacer ruido, trapo y cubo en mano, directa a la habitación principal.
La puerta estaba entornada.
Y al asomarse, se detuvo en seco.
Marga estaba completamente desnuda, boca abajo, medio cruzada sobre la cama. Una pierna fuera del colchón, las sábanas caídas. El culo redondo al aire, ligeramente abierto. La espalda arqueada. El cabello suelto. Una imagen sacada de una puta película porno de lujo.
Rosa se quedó helada. La miró desde la puerta, sin moverse.
La piel de Marga brillaba con la luz de la mañana. Tenía el cuerpo de una mujer de revista: caderas anchas, cintura marcada, culo carnoso y firme, sin celulitis. Las piernas abiertas, relajadas. El pubis totalmente depilado. Entre las piernas, apenas visible desde donde estaba Rosa, un brillo húmedo.
La respiración de Marga era lenta y profunda. Dormía sin saber que estaba siendo observada.
Rosa tragó saliva. Apoyó el cubo en el suelo. No pudo evitarlo. Se llevó la mano al muslo, por debajo del vestido. Empezó a acariciarse por encima de las bragas, muy despacio, mientras seguía mirando aquel cuerpo.
No era la primera vez que le pasaba. Le ponía Marga. Su forma de andar, su olor, su ropa interior tirada en el baño. Pero ahora era diferente. Tenía delante suya un cuerpo desnudo, perfecto, rendido. La puta señora de la casa, abierta como una diosa, sin saber que una choni de barrio la estaba deseando con las bragas mojadas.
La puerta de la calle se cerró.
Rosa se sobresaltó. Se apartó del marco, se agachó, cogió el cubo, el trapo. El corazón a mil. Bajó las escaleras con pasos rápidos y respiración agitada.
Juan entró por la cocina, dejando las llaves sobre la encimera. Aún no la había visto.
—¿Rosa? —preguntó en voz alta.
—¡Sí! —respondió ella desde el salón, disimulando el temblor de su voz—. Estoy aquí. He empezado por abajo.
Juan subió sin sospechar nada. Abrió la puerta de la habitación y sonrió.
Marga seguía dormida, igual que cuando se fue.
Se acercó sin hacer ruido, dejó la camiseta en el suelo y se metió en la cama sin calzoncillos. Se colocó detrás de ella, pegando su cuerpo al suyo, y empezó a besarle la espalda.
—Mmm… —murmuró ella, medio dormida—. ¿Ya has vuelto?
—Sí. Y no sabes lo que me encontré al subir.
Ella sonrió sin abrir los ojos.
—¿Me vas a despertar con la polla otra vez?
Juan le mordisqueó la oreja.
—Tengo la imagen de tus nalgas grabada. Estás tan buena que me he tenido que quitar los calzoncillos solo de verte.
Ella rió suave. Se dio la vuelta, quedó boca arriba, los pechos al aire. Juan se los acarició con las yemas de los dedos, deteniéndose en los pezones, grandes, oscuros, duros.
—Estás empalmado ya, ¿no?
—Desde que abrí la puerta.
Marga bajó la mano y le tocó la polla. Dura, caliente, vibrante.
—Mmm… qué rica estás por la mañana —dijo ella, llevándose los dedos al coño.
Juan le apartó la mano y la lamió.
—Tú estás más rica todavía.
Empezó a bajar por su vientre, dejando un rastro de besos hasta llegar entre sus piernas. Separó los muslos y la miró.
—Joder, cómo te pusiste. ¿Soñaste conmigo?
—No. Soñé con Rosa espiándome —le susurró, sin abrir los ojos.
Juan se detuvo un segundo. ¿Lo había soñado o lo intuía?
Iba a preguntar, pero en ese momento Marga se arqueó, ofreciéndose. Juan se hundió entre sus muslos, empezando a lamerla, muy despacio.
Desde la escalera, Rosa subía en silencio con el recogedor. Se detuvo justo antes de llegar al último escalón. Oyó el jadeo contenido de Marga. El leve sonido húmedo. Una respiración profunda. Se quedó allí, quieta, escuchando.
Marga apretó la cabeza de Juan con las piernas, rozándole la cara con los muslos. Él la comía con hambre, con devoción. Sabía exactamente cómo lamerle el clítoris para hacerla vibrar.
Pero justo cuando iba a meter los dedos, ella lo paró.
—Espera… si sigues me voy a correr.
Juan se quedó quieto, la miró desde abajo.
—¿Y?
—No. Quiero desayunar primero. Pero prométeme que después me follas como anoche.
—Eso ni se pregunta.
Ella se incorporó, se puso la camiseta larga sin bragas y bajó a la cocina. Juan se colocó un pantalón suelto, aún con la polla medio dura, y la siguió.
Rosa, desde el patio, fingía limpiar el ventanal mientras los observaba.
En la cocina, Marga se sirvió zumo con los pezones marcados bajo la tela. Juan le acarició el culo por debajo.
—¿Playa? —preguntó él.
—Playa nudista —respondió ella—. Y hoy me llevo el tanga blanco.
Juan sonrió.
—Vamos a provocar miradas.
—O algo más.
Juan estaba tumbado boca arriba, con el brazo sobre los ojos y la polla medio dura desde que Marga se giró a cuatro patas para colocarse la toalla. El sol le calentaba la piel y el tanga blanco de ella le estaba volviendo loco. Se le marcaba tanto entre las piernas que no hacía falta imaginación.
Fue entonces cuando la vio.
—Mira quién viene —dijo él, incorporándose un poco sobre los codos.
Marga alzó la mirada. Por el sendero de arena que bajaba hacia la cala, se acercaba una pareja. Aún a distancia, pero no había duda.
—Anna. Y Hank. ¿Qué coño hacen aquí?
—Vienen cargados. Toalla grande, neverita, crema… van para largo.
Desde su posición, Juan y Marga podían ver perfectamente cómo Anna se quitaba las sandalias, caminando descalza por la arena. Llevaba un vestido blanco semitransparente, que con la luz del sol dejaba intuir sus formas. El pecho grande sin sujetador, botando libremente bajo la tela. El contorno de una braguita blanca mínimo.
Hank iba detrás. Camiseta sin mangas, pantalón corto. Alto, delgado, elegante sin esfuerzo. Llevaba gafas oscuras y una bolsa de tela colgando del hombro. Se detuvieron justo al otro lado de unas rocas grandes, a apenas 20 metros. Juan y Marga lo veían todo sin ser vistos aún.
—Mira, están montando el chiringuito —dijo Juan.
Anna extendió la toalla con calma. Se agachó y, al hacerlo, el vestido se le subió lo justo para mostrar la curva perfecta del culo. No llevaba nada más debajo. Cuando se irguió, se quitó el vestido entero con un solo movimiento.
La dejó completamente en braguita blanca mojada, tan fina que la tela se pegaba a la piel como una segunda capa. Se le marcaban los labios, claramente. Los pechos grandes cayeron al aire, con los pezones pequeños, apenas rosados, erectos por el viento salino.
—Joder… —susurró Juan.
—Está buena. Para su edad… y con ese cuerpo tan blanco… parece de porcelana —comentó Marga, sin apartar la vista.
Hank se quitó la camiseta y dejó ver su cuerpo delgado pero fibrado. Brazos largos, pecho marcado, vello sin recortar. Se bajó el pantalón corto sin pudor y se quedó completamente desnudo.
Su polla —circuncidada, corta pero muy gorda— colgaba sin complejos entre las piernas. Todo natural. Caminó hacia el agua como si estuviera solo.
—¿No te pone que esté así, tan tranquilo, tan a la vista? —susurró Marga, acercándose a Juan.
—Me pone todo. Él. Ella. Que nos miren. Que tú te pongas cachonda delante de ellos.
Marga se bajó el tanga unos centímetros. Lo justo para que Juan viera cómo el borde marcaba su pubis depilado.
—Pues prepárate. Porque como nos saluden así… no me pienso tapar nada.
**
Al cabo de unos minutos, cuando el agua ya les había mojado el cuerpo entero, Anna y Hank bordearon las rocas y se acercaron con sus toallas al hombro.
El saludo fue cordial, con sonrisas relajadas. Pero las miradas iban y venían, cargadas de tensión.
—¿Un baño más? —propuso Hank.
—Venga —respondió Juan, levantándose, su cuerpo desnudo sin complejos.
Los cuatro entraron juntos en el agua. El sol golpeaba fuerte, y las gotas saladas resbalaban por los cuerpos mojados. Las braguitas blancas de Marga y Anna eran casi invisibles ya, pegadas al coño, marcando los pliegues, la forma exacta. Eran como una provocación húmeda, brillante.
Marga nadó cerca de Anna.
—No sabía que os gustara esta playa.
Anna sonrió, elegante.
—Hay muchas cosas que no sabéis de nosotros.
Las dos rieron, como si compartieran un secreto.
En la orilla, Juan y Hank charlaban. A ratos miraban a sus mujeres, a ratos se miraban entre ellos.
—¿Sabes lo que más me gusta del nudismo? —dijo Hank, con tono bajo—. No es la libertad. Es ver lo que otros no deberían ver.
Juan lo entendió perfectamente.
**
Ya de vuelta en la toalla, el sol empezaba a picar en la piel. Era hora de recoger.
Anna cogió su bolsa y sacó ropa seca. Se quedó de pie, completamente desnuda, frente a todos. Sin prisa. Se quitó la braguita mojada, la exprimió con una mano, dejando que cayeran gotas de agua entre sus piernas. Se secó sin vergüenza, mientras Hank la miraba con tranquilidad.
Luego se agachó para coger las sandalias. Su coño, depilado, cerrado, se abría ligeramente al inclinarse. Los labios menores sobresalían apenas, húmedos, brillantes. Tenía un culo firme, de mujer activa, blanco, sin marcas.
Juan no disimuló. Marga tampoco.
—Me está costando no chuparte aquí mismo —le dijo él al oído.
—Pues súbete el pantalón antes de que lo vea Hank —respondió ella, divertida.
Pero cuando miraron, Hank también se había quitado el bañador mojado y se secaba con total naturalidad. La polla corta, gruesa, se balanceaba ligeramente mientras se pasaba la toalla por los muslos.
—Esto se nos está yendo de las manos —murmuró Marga.
—Y aún no hemos comido.
**
Cuando terminaron de vestirse, Anna se puso un pareo fino sin nada debajo. Hank, una camisa abierta. Se despidieron con un beso en la mejilla, largo, cálido.
—Os esperamos pronto en casa —dijo ella.
—Llevaremos el vino —respondió Marga.
Caminaron hacia la salida dejando en el aire el olor a sal, a sexo contenido y promesas por cumplir.
Juan se acercó por detrás y le metió la mano por el tanga.
—Nos han calentado, ¿eh?
Marga sonrió sin volverse.
—Más de lo que crees.
Y con ese calor entre las piernas, se fueron.
El sol ya caía un poco más oblicuo. La arena estaba caliente, las toallas húmedas, y el salitre se había secado sobre la piel. Marga se estiró en la toalla, de espaldas, dejando que el sol le secara el cuerpo por completo. Su tanga blanco apenas cubría la rendija brillante de su coño. Juan la miraba sin ocultarlo.
A unos metros, Anna se puso de pie y sacudió el pareo con un gesto pausado. Estaba completamente desnuda. Su piel blanquísima contrastaba con la toalla azul bajo sus pies. Se estiró con los brazos en alto, como si estuviera sola, y luego se agachó para sacar ropa de la bolsa.
La vista que ofrecía desde atrás era casi insultante: el culo firme, redondo, blanco, con una ligera marca de sol sobre las caderas. El coño cerrado y depilado, con los labios menores visibles por completo al inclinarse. Se secó lentamente con la toalla, empezando por los pechos, dejando gotas que resbalaban hasta el ombligo.
Marga no disimuló.
—Joder, se seca como si la estuvieran grabando.
Juan se lamió los labios.
—No me extrañaría que esté acostumbrada.
Anna cogió una braguita seca, blanca, de encaje fino. Se la puso sin prisa. No se molestó en vestirse del todo. Solo se ató un pareo a la cadera y se quedó con los pechos al aire. Se sentó de lado en la toalla, los pezones pequeños y rosados duros por la brisa.
Hank se puso en pie y se deshizo del bañador mojado con total naturalidad. Su polla colgaba gruesa entre los muslos delgados, ligeramente hinchada. Se secó el pecho, los brazos, los muslos. Luego el rastro de vello desde el ombligo hasta la base. Su miembro era grueso, oscuro, con la piel tersa y la cabeza expuesta por la circuncisión.
Juan notó que su polla se agitaba sin querer.
—Te estás empalmando otra vez —murmuró Marga, divertida.
—¿Tú no?
—Llevo el coño pegajoso desde que Anna se quitó el vestido.
Ella se sentó con las piernas cruzadas y se sacó el tanga mojado por un lateral, con un movimiento rápido. Lo dejó sobre la toalla, se secó entre las piernas sin esconderse.
Juan se levantó. La polla le colgaba medio erecta mientras se ponía unos calzoncillos limpios. Marga se puso una braguita negra seca y un vestido corto sin sujetador. Los pezones, aún duros, se marcaban a través de la tela fina.
Cuando terminaron de vestirse, Anna recogía sus cosas con calma, mientras Hank se ponía una camisa blanca de lino sin abotonar.
Se acercaron los cuatro. Juan llevaba el móvil en la mano.
—¿Qué hacéis esta semana? —preguntó Anna, con una sonrisa que no era del todo inocente.
—Cenamos solos mañana. Si os apetece pasaros, improvisamos algo —dijo Marga.
—¿Nos tenemos que vestir? —preguntó Hank, con una sonrisa ladeada.
—Solo hasta que abráis el vino —respondió Juan.
Las risas fueron suaves. Cómplices. Un poco más largas de lo normal.
Anna se acercó y le dio un beso en la mejilla a Marga. Su piel olía a sal, a crema solar y a algo más… íntimo. Al hacerlo, sus pechos rozaron ligeramente el brazo de Marga. No fue un accidente. Tampoco una provocación evidente. Fue algo intermedio. Perfectamente medido.
—Nos vemos mañana entonces —susurró.
—Traed hambre —respondió Marga.
—Y sed —añadió Juan.
Anna y Hank caminaron hacia el coche, sin mirar atrás. Ella con el pareo suelto, él con la camisa abierta y el pantalón aún desabrochado. Parecían volver de una orgía. O dirigirse a una.
Juan y Marga recogieron en silencio.
—Vamos a necesitar más vino —dijo él.
—Y condones —añadió ella.
Juan la miró.
—¿De verdad quieres abrir ese melón?
Marga lo besó en la boca, sin prisa, con la lengua húmeda.
—Juan… hace mucho que ese melón está partido. Lo que falta es que alguien se lo coma.
Y con el coño aún mojado, y la promesa en los labios, subieron al coche.







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