Ahora soy un señor. Tengo canas en las sienes y arrugas que no pedí. Pero no siempre fui así. Hubo un tiempo en que mi piel era tan blanca que se transparentaban las venas azules en mis muñecas, cuando pesaba poco más que un suspiro y llevaba el cabello sobre los hombros porque me gustaba cómo me enmarcaba la cara.
Era raro, lo sé. Los demás chicos del colegio eran toscos, rudos, con sus uniformes arrugados y sus voces quebrando. Yo era... otra cosa. Delgado, pálido, silencioso. Y había algo en mí —una corriente subterránea que no sabía nombrar— que me hacía sentir un tirón extraño hacia ciertos hombres. No todos. No los que gritaban en el patio o se empujaban en las filas. Eran otros, los más callados, los de manos grandes y miradas pesadas.
A veces me confundía. A veces me excitaba en secreto, con el pudor estúpido de quien cree que debe avergonzarse de su propia sangre caliente.
Pero lo que más me gustaba —lo que más me hacía sentir viva la fantasía— eran las prendas femeninas. Cuando tenía la casa sola, me ponía las bragas de mi hermana, las camisetas largas de mi madre. Me miraba en el espejo y no veía un chico. Veía algo más suave, más disponible. Y me excitaba imaginar que alguien más me veía así, que alguien me tomaba como a una chica.
Ese alguien, sin que yo lo buscara, resultó ser el conductor de la ruta.
Era un hombre cálido, de esos que ríen con todo el cuerpo. A todos les ponía apodos: gordito, narizón, flaco. A mí me llamaba "cosita". Lo decía en voz alta, delante de todos, y yo me reía porque no podía contradecirlo —nadie contradecía al conductor— pero en el fondo sentía algo retorcerse en mi estómago. Era miedo, sí, pero también era... ¿deseo?
Empecé a notar cosas. Cuando me sentaba al lado de él, sus manos en la palanca de cambios se demoraban más de lo necesario sobre mi muslo. Cuando me bajaba del bus, sentía sus ojos en mi espalda, bajando hasta mis nalgas. Una vez, cuando íbamos solos en la ruta de la tarde, me dijo:
—Cosita, ven. Siéntate acá abajo, donde los pedales. Se siente más fresco, llega el aire.
Yo sabía que era mentira. Pero fui. Me agaché allí, sintiendo su mirada caer sobre mí desde arriba, mientras fingía buscar algo en el suelo.
El retiro espiritual fue una excusa como cualquier otra. Una finca en tierra caliente, lejos de la ciudad, donde los curas pretendían que rezáramos mientras el sudor nos empapaba la ropa.
Esa noche, después de cenar, vi que mis compañeros estaban dispersos por el lugar: unos jugando cartas, otros en la piscina, otros fumando escondidos detrás de los árboles. Yo llevaba puesta una pantaloneta negra y una camiseta larga de alguna banda de rock que me llegaba casi hasta la mitad del muslo. En mi cabeza, era un vestido. En mi cabeza, ya era ella.
Caminé hacia donde estaba estacionado el bus escolar. Y allí estaba él, sentado en el escalón de la puerta, fumando, mirando la noche.
—Cosita —dijo, sin sorpresa, como si me estuviera esperando.
Me senté a su lado. Hablamos de nada: del calor, del viaje, de lo aburrido que era todo. Entonces me preguntó si tenía novia. Negué con la cabeza.
—¿Por qué no? —insistió, y su voz había cambiado, bajado de tono.
—No salen conmigo —dije, mirando mis pies descalzos—. Estoy aburrido también.
Fumó en silencio un rato. El humo subía entre nosotros, dulce y denso.
—Entremos al bus —dijo de repente—. Aquí afuera hay mosquitos.
Lo seguí. El interior del vehículo olía a gasolina y a cuero gastado. Él se sentó en el asiento del conductor y yo me quedé de pie en el pasillo, inseguro.
—Estoy aburrido de verdad, cosita —dijo, y su mano fue a su cremallera—. ¿Nos hacemos una pajas?
Mi corazón se detuvo. Luego aceleró tanto que sentí zumbido en los oídos.
—Sí —dije, casi sin voz.
Se bajó la cremallera. Luego el pantalón, hasta dejar al descubierto una verga no muy grande pero perfectamente dura, curvándose hacia arriba contra su vientre. Empezó a mover la mano sobre ella, despacio, mirándome.
Yo no me movía. No sabía cómo.
—Puedes bajarte la pantaloneta —dijo, su voz ronca—. Tranquilo, somos hombres. Esto no es nada.
Pero yo no quería ser hombre. No esa noche.
—Prefiero mirar —mentí, porque tenía miedo.
Siguió masturbándose. Sus ojos se cerraban de vez en cuando, su boca se abría. Luego extendió la mano y tocó mi muslo. Subió. Llegó hasta mi entrepierna, sintió mi verga dura bajo la tela, y luego —dios, luego— se deslizó hacia atrás, acariciando mi culo sobre la pantaloneta.
Fue como una descarga eléctrica. Sentí que me derretía.
—¿Quieres tocarla? —preguntó.
Asentí. Me acerqué y la tomé. Era caliente, viva, pulsando en mi mano. La apreté timidamente, torpe.
—Más fuerte, cosita —gem él—. Apriétala como te gusta a ti.
Obedecí. Él se recostó contra el respaldo, dejándose hacer, dejándose tocar por mí. Sus ojos se cerraron y vi el placer deformar su rostro, y sentí algo despertar en mí: el poder de dar placer, de ser el origen de esa respiración entrecortada.
Su mano volvió a mi culo. Esta vez se atrevió más, metiendo los dedos por debajo de la elástica de mi pantaloneta. Cuando no me resistí, cuando gemí suavemente, se animó. Intentó meterme un dedo, pero estaba seco. Entonces —y esto me vuelve loco cada vez que lo recuerdo— se llevó el dedo a la boca, lo mojó con saliva, y me lo metió.
El contraste: su dedo frío y húmedo entrando en mi calor, mientras yo lo masturbaba con ambas manos ya, con más confianza.
Fue entonces cuando supe que quería más. Quería entregarlo todo.
Me bajé la pantaloneta. La dejé caer hasta los tobillos. Me quedé solo con la camiseta larga, que me llegaba a medio muslo, que en la penumbra del bus podía pasar por un vestido corto. Él abrió los ojos y me miró, y vi en su mirada algo que nunca había visto: me veía como una chica. Me veía como su chica.
Se sentó mejor en el asiento y me indicó que me arrodillara entre sus piernas. Lo hice. El piso del bus era duro contra mis rodillas, pero no sentía dolor. Solo sentía hambre.
Cuando me metí su verga en la boca, supe que era eso lo que quería. El sabor, el peso, la sumisión y el poder mezclados. Me moví despacio, aprendiendo, dejando que me guiara con las manos en mi cabeza. Me tocaba el culo por detrás, metiéndome los dedos, abriéndome mientras yo lo chupaba con una devoción que me sorprendió a mí mismo.
—Qué buena estás, cosita —gemía él—. Qué buena boca tienes.
No se me paraba. El miedo, la novedad, la emoción me tenían flácido pero no importaba. No quería ser complacido. Quería complacer. Quería ser su mujer esa noche, su puta, su amante con las limitaciones que eso tenía en un bus escolar en medio de la nada.
Cuando se vino, lo sentí todo. Se puso rígido, tiró de mi cabeza hacia abajo, y soltó un gemido largo, casi dolorido. Lo tragué sin pensar, sin asco, como si fuera lo más natural del mundo. Luego me recosté contra sus piernas, con su mano acariciándome el cabello, llamándome cosita una y otra vez con una ternura que no esperaba.
Nos quedamos así un rato, en silencio, con el olor a sexo y tabaco mezclándose.
Desde esa noche supe quién era. Desde esa noche, con solo una camiseta larga como vestido y la boca llena de él, quise ser su mujer, su amante, su cosita. No importaba que no hubiera maquillaje, que no hubiera vestidos de verdad, que no hubiera nada más que esa oscuridad y nuestras respiraciones.
Allí inició todo. Sé que esto es un foro de historias trans, pero pues, en el fondo de ese bus, con las manos de un conductor en mi culo y su semen en mi garganta, nació la mujer que siempre había querido ser.








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