La espalda de Rakel chocó la pared con un golpe sordo que le robó el aire.
La mano de él llegó enseguida, no violenta, sino con una autoridad deliberada.
Sus dedos se cerraron alrededor de su cuello, la pulgar presionando suavemente el latido de su carótida.
No era para asfixiarla, sino para poseerla.
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, una mezcla de miedo y entrega que la humedeció instantáneamente. Sus labios íntimos se distencionan un poco.
Sus ojos se cerraron, y su mundo se redujo a la presión constante en su cuello y al calor del cuerpo de él frente a ella.
Mantenía el control con la mano derecha mientras la izquierda descendía por su costado, buscando el borde de su falda.
Sus dedos ágiles encontraron la tela fina de sus bragas negras.
Con un solo movimiento firme, las deslizó hacia abajo.
La tela se deslizó por sus muslos y cayó a sus tobillos, dejándola expuesta y vulnerable a la altura de sus caderas.
Él no dijo nada, pero el sonido bajo que salió de su garganta fue suficiente para hacer que las piernas de Rakel temblaran. Entonces, su mano izquierda, ya libre, subió lentamente por su muslo interior, sus dedos trazando un camino de fuego hasta encontrar su calor húmedo.
Rakel sintió cómo sus dedos la exploraban, un toque suave y firme.
Estaba a punto de gemir cuando sus labios se encontraron con los de él.
No era un beso de pasión frenética, sino uno profundo y tierno, una contradicción perfecta con la mano que aún mantenía apresado su cuello.
Su lengua le pidió permiso para entrar, y ella se lo concedió con un suspiro.
El beso era lento, exploratorio, mientras sus dedos encontraban su clítoris y comenzaban a frotarlo con un ritmo circular y constante.
Rakel se sintió dividida en dos: la mitad de ella rendida al beso que la robaba el aliento y la otra mitad entregada a la mano que la estaba llevando al borde del éxtasis, todo bajo la presión constante y segura en su cuello que le recordaba quién mandaba.







Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar