Que te revienten las dudas y te follen bien la mente.
Que te desvistan los miedos y te embistan diferente.
Que te chupen las penas y te pellizquen el alma.
Que manoseen tus encantos y saboreen tus entrañas.
Que te arranquen la sonrisa, te rompan los esquemas y te escupan inteligencia hasta hacerte perder el juicio.
Que te empotren de energía, te mojen de pasiones y te arrastren hacia la vida a fuerza de sensaciones.
Que te claven en la mirada y te laman las heridas.
Que te empujen a vivir, que te abran sin medida y que, por un instante, hagan que olvides todas las razones para contenerte.
Porque hay deseos que no piden permiso.
Deseos que llegan despacio, se meten bajo la piel y terminan convirtiéndose en una necesidad.
Y tú eras eso.
Una tentación demasiado inteligente para ser inocente.
Bajo el frío fulgor de una luna espectral, nos rendimos al vértigo de nuestros besos. Cada caricia parecía una confesión; cada suspiro, un pacto que sabíamos que no debíamos firmar.
Pero lo hicimos.
Nos dejamos arrastrar por aquella pasión clandestina que ardía sin pedir perdón, que quemaba sin dejar cenizas y que nos asfixiaba precisamente porque ninguno de los dos quería escapar.
En aquel instante no existieron los juicios, ni las promesas, ni el tiempo. Solo nosotros.
Dos cuerpos reconociéndose.
Dos mentes perdiendo la razón.
Dos almas demasiado impuras para llamarse inocentes y demasiado apasionadas para llamarse culpables.
Nos pertenecimos con una devoción ciega, como si aquella noche pudiera detener la vida y condenarnos para siempre a permanecer en ella.
Pero hasta los amantes más malditos conocen la tristeza.
Y cuando llegó el alba, tu cuerpo abandonó mis brazos.
La habitación quedó en silencio, pero tu ausencia gritaba.
Entonces comprendí que algunas pasiones no llegan para quedarse. Llegan para incendiarte, para romperte los esquemas, para mostrarte una versión de ti mismo que jamás habías conocido… y después marcharse, dejándote condenado a recordarla.
Somos eso.
Un pasion prohibida.
Una blasfemia vestida de deseo.
Dos corazones impuros buscando refugio el uno en el otro.
Y desearte…
Desearte es un dulce maleficio.
Una caricia que hiere los sentidos.
Un pecado que no quiero confesar.
Una herida que sangra cada vez que intento olvidarte.
Porque hay personas que pasan por tu vida.
Y hay otras que, después de tocarte la piel, se quedan para siempre viviendo en tu mente.








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