Ganitas guardadas, nada que hacer y la cabeza dándole vueltas a lo mismo. Salí temprano de la casa sin destino claro, solo con ganas de algo distinto. Me puse una faldita corta negra y un escote que dejaba ver casi todo si me inclinaba un poco. Sin ropa interior, como casi siempre que salgo con esa idea en la cabeza.
Lo vi en la parada.
Chofer de SITP, joven todavía, moreno, brazos marcados por estar todo el día en el volante. No era un modelo, pero tenía una cara agradable y una forma de mirar por el espejo que me gustó. Me subí a su bus. La ruta terminaba a unos cuarenta minutos de mi casa, en un patio de estacionamiento medio solo. Perfecto.
Me senté cerca, un poco atrás y a la derecha, para que pudiera verme por el espejo. Crucé las piernas. Después las descruzé. Me acomodé el escote como sin querer y le sostuve la mirada un segundo más de la cuenta. Él apartó los ojos primero. Sonreí. En la siguiente parada, cuando casi no quedaba gente, me incliné hacia adelante fingiendo buscar algo en el bolso y le dejé ver una teta completa un instante. Noté cómo se le tensó la mandíbula. El bus se fue vaciando.
Parada tras parada. Yo seguía ahí, mirándolo, provocándolo en silencio. Cuando llegamos al final de la ruta ya no quedaba casi nadie más. Él apagó el motor, se quitó el cinturón y se giró un poco, confuso de que yo no me hubiera bajado.
No le pregunté nada.
Me levanté, caminé hasta él, me arrodillé en el espacio estrecho entre el asiento y el tablero y le bajé el cierre de un tirón. La verga ya estaba medio dura. Se la saqué, la miré un segundo y me la metí a la boca sin pedir permiso. Despacio, confianzuda, sin asco,
Él soltó un “hijueputa” bajito y se agarró del volante. Yo chupé con ganas, sin técnica fina, solo saliva y ritmo. El sabor era a hombre que lleva horas sentado, un poco salado y caliente. Él se tocaba el pelo, miraba hacia las ventanas empañadas y empujaba la cadera hacia mi cara. En menos de cinco minutos se puso completamente duro y empezó a jadear más fuerte.
—Me voy a correr… —alcanzó a avisar.
Asentí con la boca llena y me quedé quieta recibiendo. Se vino directo en la lengua, espeso, con un gemido largo que se escuchó dentro del bus vacío. Tragué la mayor parte y me limpié la comisura de los labios con el dedo. Él estaba rojo, respirando agitado, mirándome como si no creyera lo que acababa de pasar.
Me levanté, me acomodé la falda y le sonreí.
—Ahora sí me puedes dejar cerca de mi casa.
Arrancó sin decir casi nada. Manejó de regreso en silencio, todavía con la verga afuera un rato hasta que se la guardó. Me dejó a dos cuadras de mi conjunto. Antes de bajarme me miró por última vez y solo alcanzó a decir:
—Usted está loca.
Yo me reí, le di un golpecito a la puerta y me fui caminando con el sabor de él todavía en la boca.
A veces el aburrimiento se soluciona así:
faldita, escote, un bus casi vacío y una mamada al final de la ruta.
Y de regreso a casa, como si nada.








Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar