Todo empezó por un mensaje en grupo.
No era un grupo cualquiera: eran dos primos que se llevaban como hermanos y que, al parecer, compartían más que la sangre. Uno de ellos me escribió primero. El otro se sumó al rato. La propuesta fue directa:
“Queremos follarte entre los dos. A escondidas. En el monte.”
Acepté.
Quedamos un sábado por la tarde. Me dijeron que subiera por una vía destapada a las afueras, cerca de un bosque que ellos conocían desde niños. Yo llegué primero. Estacioné el carro un poco más abajo y caminé entre los árboles con una falda corta y una camiseta suelta. Debajo no llevaba nada. El aire olía a tierra húmeda y a hojas.
Ellos aparecieron juntos.
Uno un poco más alto, de hombros anchos y sonrisa fácil. El otro más callado, de mirada intensa y manos grandes. Se miraron entre ellos antes de mirarme a mí. No hubo muchas palabras. El alto se acercó primero, me agarró de la cintura y me besó. El otro se puso detrás y me levantó la falda sin pedir permiso. Sus dedos me encontraron ya mojada.
—Está lista —murmuró el de atrás.
Me llevaron más adentro, donde los árboles tapaban mejor. Me pusieron de rodillas sobre la tierra. El alto se bajó el pantalón y me dio a chupar. El otro esperó su turno tocándome el culo y las tetas desde atrás. Me turnaron la boca como si ya lo hubieran planeado. Cada vez que uno se salía, el otro entraba. Saliva, gemidos bajos y el sonido lejano de algún pájaro.
Después me tumbaron sobre una chaqueta que uno de ellos había traído. El callado se metió entre mis piernas y me penetró primero. Empujaba profundo, mirándome a la cara. El alto se arrodilló a la altura de mi boca y me la volvió a meter. Me follaron así un rato: uno abajo, el otro arriba. Cuando el de abajo se cansó, cambiaron sin hablar casi. El alto entró en mi coño con más fuerza y el otro me hizo chupar otra vez.
En un momento me pusieron a cuatro patas. Uno se colocó debajo y me hizo bajar la boca hasta su verga. El otro se arrodilló detrás y me penetró. La tierra se me pegaba en las rodillas y en las manos. Ellos se turnaban los insultos suaves y las risas bajas.
—Qué puta tan rica conseguimos.
—Más duro, que se note.
Me cogieron los dos casi al mismo tiempo un rato: uno en la boca y el otro en el coño. Después intentaron el culo. El más callado escupió, empujó despacio y entró a medias. Dolió, pero no dije que parara. El otro me sujetaba la cabeza y me hacía mirarlo mientras su primo me abría por detrás.
Se corrieron casi seguidos.
El primero en mi boca, caliente y espeso. El segundo sobre mi espalda y un poco en el culo. Me dejaron un momento arrodillada, respirando agitada, con el semen escurriéndome y la falda todavía subida.
Ellos se acomodaron la ropa en silencio. Uno me pasó una botella de agua. El otro me limpió un poco la espalda con su propia camiseta.
—¿Todo bien? —preguntó el alto.
Asentí. Me levanté, me sacudí la tierra de las rodillas y me acomodé la ropa. Los tres caminamos de regreso hacia los carros sin hablar mucho. Antes de separarnos, el callado me miró y dijo:
—Cuando quieras repetimos.
Yo sonreí, me subí al carro y arranqué.
Dos primos.
Un monte.
Y yo, en el medio, dejándome follar a escondidas entre los árboles.
Exactamente como lo habíamos cuadrado.








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