El calor de Cúcuta,
Relato de comunidad Transexualesschedule 7 min de lectura calendar_today Septiembre de 2026

El calor de Cúcuta,

Ya han pasado 30 años, hoy recuerdo mi primer encuentro con una mujer trans en una peluquería de Cúcuta. Entre tijeras y miradas hambrientas, el corte de cabello se convierte en un ritual de deseo prohibido que culmina en una...

luisalejo

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La conversación comenzo hoy con alguien de aca de guia cereza como tantas otras, por medio de este chat --que al fin esta funcionando de nuevo, mucha demora y mucho problemas de diseño gracias por arreglarlo -- la confianza que da compartir historias sin filtros, entre dos desconocidos compartiendo experiencias, no voy a dar su perfil pero tiene un nombre comun Javier, gracias por traer recuerdo y por que me hiciste plasmarlos en esta historia. Empezamos a hablar del sexo que habiamos tenido con mujeres trans, de cómo había sido esa primera vez, ese cruce de fronteras que marca un antes y un después. El me contó su historia, con detalles generales es algo timido o Yo soy muy descarado juzgaran ustedes. Y entonces me tocó a mi. En un momento, como quien busca en el cajón más viejo de la memoria, y empece a hablar.

Hacía por lo menos treinta años de todo aquello. Cúcuta. Un viaje de trabajo que me tendría fuera de casa casi seis meses, haciendo un montaje para una empresa en aquella ciudad fronteriza donde el calor se pegaba a la piel como una segunda camisa. Recordaba haber viajado una tarde, llegando una hora después de lo previsto por un viaje agitado y turbulento. Siempre se me complicaron dos destinos en avión: Cúcuta y Montería. No se por qué, pero ambos me ponen nervioso antes de aterrizar.

Al tercer día de estar allí, el calor me tenía harto. Era un calor pegajoso que se metía por los poros y no soltaba. Le pregunte al gerente de la obra si conocía alguna peluquería decente cerca. El hombre me miró con una media sonrisa y le dijo que sí, que no tenía problemas con trans, que le recomendaba la donde él iba. respondi que ninguno, que nunca he tenido conflicto con eso.

Es sabido que hay personas que le hacen el feo a esos lugares, pero siempre he pensado que la mano de un hombre —fuera trans o hetero— para cortar cabello es siempre mejor. Puedo estar equivocado, pero es mi sentir al respecto, me crece cabello cortado por hombre de forma impresionante y mano de mujer me han dejado casi calvo.

Lleggue a la peluquería vestido con un pantalón claro, una tanga debajo que apenas se adivinaba, pero dejaba dar un buen contorno redondo a las nalgas, y una camisa ajustada que marcaba mi pecho. Tenía 25 y un cuerpo de fisiculrutismo - a bellos tiempos. Ella estaba ahí. Una trans de unos 23 o 25 años, baja de estatura, con unas tetas buenas que se marcaban bajo el escote y un culo que la minifalda apenas contenía. Mona, piel blanca, con unas patotas que se le asomaban sin pudor. Lo curioso era que no se le veía el paquete por ningún lado, como si lo hubiera acomodado con maestría. Ella me miró al entrar, y esto lo recuerdo con claridad porque lo hablamos muchas veces después: me miró como quien tiene mucha hambre y ve comida. Una mirada directa, sin disimulo, que se le clavó en mi cuerpo, me repaso, me comio con la mirada, me dio el sindrome de Amparo Grisales "me erice", de esas miradas descaradas que gustan.

No había turno, así que me hizo sentar de inmediato. Empezó el corte y, al principio, crei que era casualidad. Ella se acercaba para alcanzar la parte de atrás y su entrepierna rozaba mi hombro. Una vez, dos veces, muchas veces durante todo el corte. No era casualidad. no me molestaba. Al contrario, podía sentir a través de la tela cómo su verga estaba cada vez más dura, y la imaginaba, y Yo me la imaginaba mientras con la mano me sobaba el paquete por debajo de la capa, disimulando. Ella seguía cortando, Yo seguía sintiendo, pero ninguno de los dos decía nada.

Cuando finalizó el corte, me fui con el señor que le había recomendado el lugar, que se quedo.Aproveche para decir que el hotel quedaba cerca y que volvería en unos días para un corte de barba. Casual, como quien agenda una cita cualquiera. Pero la verdad no era por la barba, me gusto el momento.

Y así fue. Unos días después, a eso de las 11:30 de la mañana, fui vestido de forma similar. Pantalón claro, tanga, camisa ajustada. Ella me atendió con una sonrisa que no prometía nada bueno y esa mirada de hambre sexual nuevamente. Empezó la misma dinámica de la otra vez: la tijera, el espejo, y aquella entrepierna que buscaba mi hombro con insistencia. Solo que esta vez estaba preparado. Puse la mano en mi hombro, esperando. Cuando ella pasó para hacer lo de siempre, le pellizque la verga por encima de la tela.

Ella gritó. Se alejó de un brinco, con los ojos abiertos, la mano en la entrepierna. Pero ya estaba todo servido. La mirada que me devolvió no era de enojo, era de hambre contenida. Yo respondía a sus insinuaciones ya descarado con sonrisas, con palabras que iban y venían cargadas de subtexto. En Cúcuta, como en muchas ciudades de clima caliente en esa época, cerraban todos los locales al mediodía por dos horas. Ella no esperó a que llegara la hora. Bajó la persiana, echó el cerrojo y nos quedamos ahí dentro, solos, con el zumbido del ventilador de techo como única compañía.

Ella se acercó y le dio un beso. Un beso profundo, de esos que se meten por la boca y bajan al estómago, con lengua y con urgencia. ME empezó a acariciar la entrepierna por encima del pantalón, sintiendo cómo me endurecía bajo su mano. Desabrochó mi pantalón y, al sentir la tanga, se detuvo un momento. Me miró con los ojos brillantes, me quitó la camisa con manos ansiosas y pidió que le mostrara la tanga. Me quede ahí, con el pantalón a media altura, la tanga ajustada marcando el paquete, y ella se arrodilló.

Me bajó la tanga con los dientes, despacio, y empezó a mamar. Lo tomó entera, con una boca húmeda y caliente, metiendo y sacando con un ritmo que me hacía agarrar del respaldo de la silla. Duramos unos minutos, con el sonido húmedo de la mamada llenando el local vacío. La puse de pie y nos besamos de nuevo, con el sabor de mi semen en su boca. Apretaba sus nalgas por encima de la minifalda, y luego meti la mano por debajo, agarrando primero sus nalgas al aire libre y luego su carne, sintiendo cómo su verga tiesa empujaba contra mi muslo.

Teníamos un ritual de espadas. me arrodilló, corro su tanga femenina —una tanga pequeña, de encaje, que apenas contenía lo que había debajo— y libero su verga. Era más grande que la mia, lo admito sin problema. Grande, gruesa, con la cabeza brillante de la humedad. Se la empece a mamar, agarrándola por la base, metiéndosela hasta donde me alcanzaba la boca, ella agarrándole la cabeza y empujando la cadera hacia adelante. Fueron otros minutos así, intercambiando saliva y gemidos.

Ella me pidio que me pusiera de pie, con la voz femenina pero ronca, que estaba loca por mi culo. Me dio la vuelta, empujandome suavemente contra el respaldo, se arrodilló y empezó a hacerme un beso negro impresionante. Me abrió las nalgas con las manos y metió la lengua, jugando con su asterisco de una forma que me hacía temblar. Entraba y salía, lamía en círculos, chupaba, yo agarrado a la silla con las rodillas flojas, respirando por la boca.

Se puso de pie, abrió una gaveta y sacó un condón. Se lo puso ahí mismo, frente a mi, y entendi en ese momento que en esta faena la perra iba a ser Yo. Me apoyo contra la mesa de manicure, con los frascos de esmalte temblando, y me lo clavó delicioso. Entró despacio primero, abriéndome, y luego empezó a bombear. Me agarraba de las caderas con fuerza, clavando las uñas, y le daba en un ritmo impresionante. Adentro, afuera, adentro, afuera, con el sonido de carne contra carne, los que sabemos de eso reconocemos ese sonido y el tableteo de la mesa vibrando. Me corri sin que me tocara la verga, manchando una silla que estaba al lado, con espasmos que me recorrieron todo el cuerpo. Ella me tomó de las caderas con ambas manos, empujó toda su verga adentro y se quedó quieta. Podía sentir las contracciones de su miembro dentro de mi, latiendo, llenando el condón con cada espasmo.

Después descansamos.Nos quedaron ahí, en la peluquería cerrada, con el ventilador girando arriba y el calor siendo todavía más impresionante que antes. Me ofrecio donde ducharme en un baño pequeño que estaba al fondo, compartimos baño, tocándonos sin urgencia ahora, con la calma del que ya sació algo. Salimos a almorzar a un restaurante cercano, comimos hablando de cosas sin importancia, y comprometidos en que repetiríamos la faena. Y si la repitimos, muchas veces, durante esos seis meses que el montaje duró.

— luisalejo

29 de septiembre de 2026

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