Me contrataron sus amigos.
No fue un anuncio normal ni un mensaje discreto. Fue un grupo de tipos borrachos que querían regalarle algo distinto a su parcero por los 30 años. “No queremos una puta cualquiera”, me dijeron por chat. “Queremos que se la gocen todos, pero que el regalo sea para él”. El “él” era un enano. Bajo, de torso ancho, brazos fuertes y una forma de mirar que mezclaba orgullo con años de escuchar las mismas jodas.
La fiesta era en una casa con patio. Cuando llegué, ya estaban todos tomados. Él estaba sentado en un sillón más bajo, con una cerveza en la mano y cara de “ya sé qué está pasando”. Sus amigos me presentaron entre risas:
—Esta es tu regalo, hijueputa.
—No diga que no es lo que pediste.
—Trátala rico… o déjala que te trate a vos.
Yo me acerqué, me agaché un poco para quedar a su altura y le sonreí.
—¿Cómo te llamas?
—Camilo —respondió, mirándome fijo.
—Bueno, Camilo. Hoy mando yo… o mandas tú. Como prefieras.
Se hizo de todo.
Primero me hicieron bailar frente a él. Me quité la blusa despacio mientras los demás silbaban y gritaban. Después me arrodillé y le bajé el cierre. Su verga era gruesa, proporcionalmente grande para su cuerpo, y ya estaba dura. Me la metí a la boca ahí mismo, en medio del círculo de amigos. Ellos gritaban cosas obscenas y se tocaban encima del pantalón. Camilo me agarró del pelo con fuerza sorprendente y empezó a empujar. No era tímido. Nada tímido.
Lo subieron a una mesa baja. Me hicieron a cuatro patas encima de él. Me monté y lo guié dentro. Él me sujetaba de las caderas con esos brazos fuertes y me movía a su ritmo. Cada vez que bajaba, sus amigos gritaban y se reían. Uno se acercó y me metió la verga en la boca mientras yo cabalgaba al cumpleañero. Después otro. Se turnaban para usarme la boca mientras Camilo me follaba desde abajo, gruñendo y soltando insultos bajos contra mi pecho.
—Eso… así, puta.
—Más duro.
—Mírenla cómo se la come al enano.
Me bajaron de la mesa y me pusieron de rodillas otra vez. Camilo se paró en el sillón para quedar a la altura de mi cara y me folló la boca con ganas, mientras dos de sus amigos me abrían las piernas y me tocaban. En un momento me tumbaron en el sofá. Camilo se colocó entre mis piernas y me penetró de nuevo. Uno de los tipos le sostuvo las piernas para que pudiera empujar mejor. Otro me escupió en las tetas y las apretó. El ambiente era una mezcla de risas, gemidos y olor a sexo y alcohol.
Se corrieron casi todos.
Unos en mi cara, otros en la espalda, uno sobre las tetas. Camilo se vino dentro de mí con un gemido largo, agarrándome fuerte de la cintura y escondiendo la cara entre mis pechos. Cuando terminó, se quedó un segundo quieto, respirando agitado. Después se rió bajito, cansado y satisfecho.
Sus amigos aplaudían y gritaban.
Yo me levanté despacio, me limpié con una toalla que alguien me pasó y me acomodé la ropa. Antes de irme, me agaché otra vez a la altura de Camilo y le di un beso en la frente.
—Feliz cumpleaños —le dije.
Él me miró con una sonrisa de lado, todavía con la verga afuera y el pecho subiendo y bajando.
—La mejor puta que me han regalado —contestó.
Me fui entre silbidos y risas.
En el carro, mientras me miraba en el espejo retrovisor, pensé que sí: se había hecho de todo.
Y el enano de los 30 años se había follado a la puta que sus amigos le regalaron…
mientras todos miraban.








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