El sol ya pesaba a las nueve de la mañana cuando dejamos el coche en el aparcamiento de grava. Abajo, el lago Travis brillaba entre los cedros y un grupo de garzas cruzó el agua sin prisa, como si el día les perteneciera.
—¿Lista? —me preguntó mi marido, con esa sonrisa que solo usa cuando ya conoce la respuesta.
Le sostuve la mirada mientras me quitaba la camiseta por la cabeza. El aire fresco se me pegó a la piel y él se quedó un segundo de más mirándome antes de soltar el botón de sus bermudas.
Hippie Hollow era eso: un tramo de costa rocosa donde la ropa sobraba. Subimos por el sendero y el mundo se fue desnudando con nosotros. Una pareja mayor tomando café junto a sus toallas. Un chico con el torso bronceado haciendo flexiones sobre una roca. Cuerpos de todas las edades y todas las formas ocupando el espacio con una naturalidad que me hizo soltar el aire que ni sabía que estaba conteniendo. Mi marido me rozó la espalda baja al pasar, justo donde el biquini dejaba de cubrir.
—Hemos venido a esto —murmuró contra mi oreja—. No te pongas nerviosa.
—No estoy nerviosa.
Me reí al decirlo, porque era mentira y él lo sabía. Y esa mentira compartida era parte de la aventura. Elegimos una roca plana cerca del agua. Me desabroché el biquini con la espalda vuelta hacia el sol, despacio, y el calor subió por mis hombros como una mano. Cuando me giré, mi marido ya estaba desnudo, tendido sobre la toalla, y a unos metros había un grupo de jóvenes: tres chicos y dos chicas, risas, cervezas en una nevera naranja y música a un volumen que se dejaba querer.
Uno de ellos, moreno, con el pelo largo recogido, levantó la vista justo cuando yo levantaba la mía. Sonrió, sin prisa, y yo sonreí de vuelta antes de acostarme, con el corazón golpeándome las costillas. Mi marido me pasó la mano por el muslo.
—Ya están aquí —dijo, como si me anunciara el postre.
Y yo, con los ojos cerrados contra el sol, pensé que sí. Que acababan de llegar.
Fue Lissa la que cruzó los metros que nos separaban. Llegó con dos cervezas heladas en la mano, el pelo rubio recogido en una coleta que le bailaba entre los omóplatos, y se plantó delante de nuestra toalla como si nos conociera de toda la vida.
—¿Sois de roca o de agua? —preguntó.
Mi marido se incorporó sobre los codos.
—De roca —dijo—. Por ahora.
Ella se rió y me tendió una botella. El vidrio helado me quemó la palma y el frío me subió por el brazo hasta el cuello. Sin que se lo pidiera, fue nombrando a los suyos: Kelly y Brandon chapoteando en el agua, Stiven con una cámara vieja colgada del cuello, Charlie medio dormido sobre una piedra. Y Richar, dijo, el del pelo largo, el mismo que me había sonreído desde la nevera naranja.
—No deja de mirarte —añadió, con una naturalidad que me desarmó—. No te lo digo para que hagas nada. Solo para que lo sepas.
Me giré sin querer y lo encontré mirándome de verdad. Sostuvo la mirada el tiempo justo de que el calor me subiera por la garganta, y entonces se dio la vuelta y bajó al agua como si nada. Mi marido se inclinó hacia mi oreja.
—¿Y a ti qué te parece?
Le di un trago largo a la cerveza antes de contestar.
—Todavía no lo sé.
Mentira, y los dos lo sabíamos, y esa complicidad era ya la mitad del placer. El grupo se movió hacia el agua. Kelly y Brandon se perseguían cerca de la orilla, Stiven seguía a todos con la cámara, Charlie roncaba a la sombra de una roca. Pero Richar volvió solo, con un bote de crema solar en la mano, y se agachó junto a nuestra toalla.
—Te has dejado la espalda a medias —dijo, con una sonrisa que no pedía permiso—. ¿Te echo una mano?
A mi lado, mi marido se tumbó boca arriba con las manos detrás de la nuca, acomodándose como quien se sienta frente a un espectáculo que ya ha pagado.
—Date la vuelta, cielo —dijo.
Me di la vuelta despacio. Richar se echó crema en las palmas y las frotó antes de tocar siquiera. Cuando sus manos me encontraron la espalda, el aire se me quedó a medio camino. Hacía círculos lentos desde los hombros hacia abajo, y yo miraba a mi marido, que me miraba a mí, y en sus ojos había algo que no necesitaba palabras.
—Tienes la piel de alguien que no se deja tocar a menudo —dijo Richar con la voz baja—. Ahora entiendo por qué.
La risa me salió ronca.
—¿Y eso qué quiere decir?
Sus manos llegaron a la cintura y se detuvieron ahí, donde ya solo quedaba piel y sol, donde el biquini era un recuerdo de hacía media hora. Los pezones se me habían puesto duros con el aire y no había manera de disimularlo, y entre los muslos el calor ya no era del sol.
—Quiere decir —dijo con los dedos quietos contra mi cadera— que el agua está buena, que hay sitio de sobra, y que no tienes por qué decidir nada todavía.
Una mano me recorrió el muslo, la palma abierta, y era la de mi marido.
—Podríamos ir a mojarnos —dijo, como quien propone bajar a por el pan.
Richar me sostenía la mirada. Al otro lado, Kelly reía con la cabeza echada hacia atrás y el agua le brillaba en el pecho. Y yo pensé que sí. Que quería mojarme, y que hacía años que no quería nada con tanta claridad.
El agua me cortó el aliento y me lo devolvió en un grito que tragué a medias. Mi marido se tiró de cabeza y salió sacudiéndose el pelo, riendo como un crío, y yo pensé que hacía años que no lo veía tan suelto. Me hundí hasta los hombros y el lago me calmó la piel mientras algo por dentro seguía subiendo de temperatura.
Richar estaba dentro, hasta la cintura, y el agua le marcaba el camino del vello hasta donde la vista ya no seguía. No nadaba hacia mí. Se quedaba quieto, dejando que la distancia la pusiera yo. Kelly y Brandon seguían con su persecución, salpicando a todo el que se cruzara. Stiven había dejado la cámara en la toalla y flotaba de espaldas, los ojos cerrados. Charlie seguía roncando sobre su piedra, y el grupo entero parecía haberse puesto en movimiento menos él.
Lissa se colocó al lado de mi marido y le apoyó una mano en el hombro como si llevaran toda la vida conociéndose.
—¿Jugamos al pez más lento? El último en tocar fondo gana.
Mi marido la miró, luego me miró a mí, y en esa mirada había una invitación que solo yo sabía leer: esto es tuyo, haz lo que quieras.
—¿Y qué gana el que toca fondo? —preguntó Richar, sin dejar de mirarme.
La respuesta llegó desde el otro lado, con la voz tranquila de quien ya ha decidido:
—Lo que quiera.
El agua se movió. Lissa empezó a contar y todos nos sumergimos a medias, guardando el aire, esperando. Yo contaba los segundos con el pulso en la garganta. Bajo el agua, las piernas de Richar vinieron hacia mí, lentas, sin prisa. Cuando salí a respirar, él estaba a un palmo de mí.
—Has perdido —dijo bajito.
—¿Y el premio?
Su mano llegó bajo el agua y encontró mi cadera, y yo dejé que el lago nos tapara lo que las manos hacían. Sus dedos subieron por mi costado, despacio, como quien sigue una costa, y se detuvieron justo debajo del pecho, dejándome a mí decidir si seguían.
A unos metros, Lissa le hablaba a mi marido con la barbilla casi pegada a su hombro, la mano plana sobre su pecho, y él la dejaba hacer, los brazos cruzados, mirando por encima de ella hacia nosotros. Verlo así, deseado por una mujer de veintitantos y tan dueño de la escena, me apretó algo por dentro que no tenía nombre.
—Tu marido —dijo Richar con la boca pegada a mi oreja— sabe exactamente lo que está pasando.
—Lo sé.
—¿Y a ti te parece bien?
Su mano siguió camino y encontró mi pecho bajo el agua, la palma abierta, el pulgar rozando el pezón que ya estaba duro antes de que me tocara. El aire se me rompió en un jadeo que el agua disimuló a medias.
—Parece —dije— que sí.
Richar me sonrió con los ojos y bajó la mano otra vez, y yo me dejé llevar hasta que el agua fue poca y la piel fue mucha. Con la otra mano me sujetó la nuca y me besó como quien bebe después de una larga sed. Un beso largo, de esos que se dan cuando ya no hay público, aunque el público esté mirando.
Cuando me soltó, tenía las piernas temblándome y la boca encendida. Y cuando miré hacia la orilla, mi marido estaba de pie con el agua a media pantorrilla, y el agua no le tapaba nada de lo que había visto.
—¡Eh, vosotros dos! —la voz de Lissa llegó desde la orilla—. ¡El juego ha terminado!
Se reía. Kelly aplaudía desde el agua, Brandon silbaba, y mi marido venía hacia mí con el agua escurriéndole del pecho y esa calma que conocía de memoria, la de los días en que todo ya está decidido.
—¿Y bien? —preguntó al llegar.
Le pasé la mano por el pecho mojado.
—Estoy en ello —dije.
Su risa sonó baja, cómplice. Y detrás de él, Lissa se soltaba la coleta.
Lissa salió del agua con el pelo suelto y el rubio le cayó hasta los hombros como quien abre una cortina. El agua le corría por el pecho, por el vientre liso, por esa línea fina de vello que bajaba desde el ombligo y que el biquini, ya olvidado en la toalla, había tenido escondida. Tenía los pechos pequeños y duros, los pezones oscuros del frío, y caminaba por la orilla como si el desnudo fuera lo más natural del mundo, que allí lo era.
Fue directa hacia mi marido. Le puso las dos manos en el pecho, las palmas abiertas, y se quedó mirándolo de arriba abajo con una sonrisa que no pedía permiso.
—Te estuve mirando desde la roca —dijo—. Ya era hora.
Mi marido me buscó por encima del hombro de ella. Yo seguía dentro del agua, con Richar pegado a mi espalda, y le sostuve la mirada y le di una sola señal con la barbilla. Él sonrió, esa sonrisa suya de cuando todo está permitido, y le pasó a Lissa una mano por la cadera como quien acepta una invitación largamente esperada.
—¿Subimos a las rocas? —preguntó ella, sin apartar las manos de su pecho.
Subieron juntos y yo los vi desde el agua: mi marido, cuarenta y seis años, el torso todavía firme, el pecho con ese vello entrecano que a mí siempre me había parecido lo más masculino del mundo; Lissa, veintitantos, el culo redondo y duro, moviéndose delante de él como si supiera exactamente el efecto que dejaba a su paso. Sobre la roca se arrodilló frente a él sin un solo gesto de más.
Richar me giró dentro del agua. Sus manos me cerraron la cintura y me apretaron contra él, y sentí su verga dura contra el vientre, caliente incluso a través del lago.
—Míralos —dijo con la boca pegada a mi oreja—. Y luego mírame a mí.
Le pasé las manos por el pecho. Era más joven que mi marido, más delgado, el torso moreno y sin un gramo de sobra, los músculos marcados como cuerdas bajo la piel. El agua le brillaba en los hombros y en los brazos, y cuando me levantó en vilo como si pesara nada, las piernas se me abrieron solas alrededor de su cintura.
—La roca de atrás —murmuró—. La que tiene sombra.
Me llevó hasta una piedra plana, medio escondida entre los cedros, y me tumbó sobre la toalla que había traído sin que yo lo viera. Se quedó de rodillas entre mis muslos, mirándome, y el sol le recortaba la espalda mientras el agua le escurría por el pecho y desaparecía en el vello que le bajaba desde el ombligo hasta meterse en su verga, gruesa, erecta, apuntándome como si también ella tuviera algo que decir.
—Quiero verte —dijo—. Antes de hacer nada, quiero verte.
Me abrió las piernas con las manos en mis rodillas y me miró el coño con una calma que me encendió más que cualquier prisa. Ya estaba mojada, y no era del lago. Pasó un dedo por el centro, despacio, de abajo arriba, y el clítoris me respondió con un latido que se me subió hasta la garganta.
—Estás lista —dijo, y había orgullo en su voz, como si me hubiera ganado.
Se inclinó y me besó ahí, una sola vez, con la boca abierta, y el mundo se me partió en dos. Le hundí los dedos en el pelo largo y le apreté la cabeza contra mí, y él rio contra mi piel antes de lamer despacio, de arriba abajo, con la lengua plana, parándose en el clítoris para hacer círculos lentos que me tenían arqueando la espalda.
Desde la otra roca llegaba el sonido de Lissa: un gemido bajo, de garganta, y el ritmo de su respiración. Giré la cabeza y la vi montada sobre mi marido, con la cabeza echada hacia atrás y las manos clavadas en sus hombros, subiendo y bajando despacio sobre su verga, y a mi marido con los ojos abiertos, mirándome directamente a mí mientras ella se movía sobre él. Aquella mirada me atravesó el vientre y se me juntó con lo que Richar me estaba haciendo con la boca, y el placer se me volvió doble, como si mi cuerpo supiera de dónde venía cada sacudida.
Richar lo notó. Se incorporó, me pasó la lengua por el vientre, entre los pechos, y al llegar a mi boca me besó con el sabor de mí misma en los labios.
—¿Quieres que te folle así —dijo con la voz ronca—, mirándolos mientras lo hacemos?
Asentí con la cabeza, sin palabras, y él se puso encima, me levantó las caderas con una mano y me fue metiendo la verga entera, despacio, hasta el fondo, y el aire se me escapó en un jadeo largo que se perdió entre los cedros. Se quedó quieto un momento, con la frente apoyada en la mía, los dos respirando el mismo aire.
—Así —dijo—. Así quiero que me recuerdes.
Empezó a moverse, y yo miré por encima de su hombro a mi marido, que seguía mirándome mientras Lissa cabalgaba y gemía su nombre, y en sus ojos había algo que no había visto en años: la certeza de que nadie nos quitaba nada, de que todo esto era nuestro. Richar me cogió las manos y me las clavó en la roca a ambos lados de la cabeza, y cada embestida me subía un poco más, hasta que ya no supe si el calor era del sol, del cuerpo de Richar sobre el mío, o de la mirada de mi marido desde la otra piedra.
—Me corro —murmuré contra su boca.
Él aceleró, justo lo justo, y me clavó la cara en el cuello mientras yo me rompía debajo de él, en oleadas largas que me sacudían las piernas y me apretaban alrededor de su verga hasta que él también se dejó ir, con un gemido que se me enterró en la piel.
Nos quedamos así, pegados, mojados, con el corazón golpeándonos a los dos a la vez. Al otro lado, Lissa se reía bajito, tumbada sobre el pecho de mi marido, y mi marido me miraba con esa calma que conocía de memoria, la de los días en que todo ya está decidido.
—¿Y bien? —preguntó, con la voz tan tranquila como si hubiéramos estado tomando el sol.
Y yo pensé que hacía años que no sabía tan bien quién era.
El agua me llegó a la rodilla y me lavó el sudor entre los muslos. Richar se quedó en la roca mirándome, con el pecho subiendo y bajando aún rápido. Al otro lado, mi marido se levantaba con Lissa pegada a él como una sombra, y Brandon y Kelly salían del agua con las manos enlazadas, y hasta Charlie se había despertado y seguía la escena con los codos apoyados en la piedra.
—Ven aquí —dijo Lissa.
Y era a mí a quien se lo decía. Me acerqué despacio. Estaba de pie frente a mí, sin una prenda, el agua brillándole en los hombros y en el vello rubio que le bajaba del ombligo hasta el coño, húmedo aún de mi marido. Tenía los pechos pequeños, los pezones oscuros y duros, y una marca de sol que le cruzaba la cadera como un mapa.
—Quiero saber a qué sabe tu marido en tu boca —dijo.
Me cogió la cara entre las manos y me besó. Su boca sabía a él, a sal, a aquello, y yo le pasé las manos por la espalda, por el culo, por donde la piel se volvía suave y caliente. Me reí contra sus labios.
—Cuidado —dije—, que me gusta.
—A mí también.
Me tumbó sobre la toalla grande que habían extendido junto a la roca. Se arrodilló entre mis muslos y me abrió con las manos, y cuando su boca me encontró el coño, el grito se me escapó entero. La lengua, plana, desde abajo hasta el clítoris, una y otra vez, y yo le hundí los dedos en el pelo rubio y le apreté la cara contra mí mientras el sol me caía encima como una mano caliente.
—Te voy a hacer venir así —dijo contra mi piel—. Con la boca, mirando a tu marido.
Lo miré. Estaba de pie a dos metros, con la verga dura, mirándonos, y Richar llegaba por detrás y le pasaba una mano por el pecho, y mi marido dejaba que lo hiciera, sin dejar de mirarme. Verlos a los dos, y a Lissa entre mis piernas, me encendió por dentro algo que no se apagaba con nada.
—Me corro —jadeé.
—Pues córrete.
Y me corrí con su boca pegada, con las piernas abiertas y temblando, con mi marido mirándome, y cuando terminé, Lissa subió por mi cuerpo y me besó con mi sabor entre los labios.
—Ahora te toca a ti.
Me puse de rodillas y ella se tumbó, abierta, ofrecida, el coño rosado y mojado, y yo bajé la cabeza y la lamí despacio, de abajo arriba, hasta que sus caderas empezaron a moverse solas.
—Así —gemía—. Justo así.
Le metí dos dedos y ella se arqueó, y yo seguí con la boca hasta que se rompió contra mi lengua con un grito largo que se llevó el viento.
Cuando levanté la vista, estábamos rodeados. Kelly se había sentado sobre Brandon, montándolo despacio, mirándonos mientras se movía, y Stiven estaba detrás de ella, de rodillas, acariciándole la espalda antes de tomarle las caderas y entrar también, y ella dejó escapar un sonido que era mitad risa, mitad gemido. Mi marido estaba ahí, de rodillas, con la verga dura y brillante, y Richar detrás de él, tan duro como él.
—Ven —dijo mi marido, y me tendía la mano—. Ahora los dos.
Me pusieron entre ellos. Mi marido me tumbó de espaldas y se puso encima, y cuando me fue metiendo la verga, entera, despacio, el aire se me quedó a medio camino. Richar se colocó detrás de mis caderas y me levantó el culo con las manos.
—¿Lista? —preguntó.
Asentí con la cabeza, con los dientes apretados, y sentí su punta presionando mi culito. Entró poco a poco, un centímetro, otro, y mi marido se quedó quieto, esperando, con la frente pegada a la mía.
—Respira —dijo.
Respiré. Y Richar entró entero. El mundo se me partió en dos. Los tenía a los dos dentro, llenándome, juntos, y cuando empezaron a moverse al mismo ritmo, uno empujando mientras el otro retrocedía, ya no supe dónde acababa uno y empezaba el otro. Mi marido me besaba la garganta, me decía cosas que no entendía, y Richar me clavaba los dedos en las caderas y me tiraba contra él, y yo era solo ese punto donde los dos se encontraban.
—Me corro —dije, y era un jadeo, una súplica.
—Córrete —dijo mi marido—. Con los dos dentro.
Y me corrí, con ellos dentro, con el grupo mirando, con el sol cayendo a plomo, y los dos se corrieron justo después, uno tras otro, y me quedé ahí, entre ellos, sintiendo cómo se vaciaban dentro de mí, con el corazón golpeándome las costillas.
Al rato, Kelly se reía en el agua con Brandon, y Stiven los seguía con la cámara colgada del cuello. Charlie se había vuelto a dormir. Y yo seguía entre mi marido y Richar, con la piel encendida y las piernas temblando, sin saber muy bien dónde terminaba yo y empezaba el día.







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