Segunda parte...
Mis dedos se enredaron en la melena suelta de Lissa cuando ella se inclinó hacia mí, y su boca encontró la mía con una hambre que no necesitaba palabras. A nuestro alrededor, el grupo se movía como una sola corriente: Brandon había tumbado a Kelly sobre la toalla, Stiven se arrodillaba entre sus muslos, y Charlie —el que había estado observando desde la sombra— por fin se acercó, con una erección que no disimulaba. Richar me miró, luego a mi marido, y con una sonrisa cómplice se colocó detrás de Lissa.
—¿Los dos a la vez? —preguntó Lissa, con la voz ronca.
Asentí. Mi marido se situó frente a mí, tomó mi rostro entre sus manos y me besó con una ternura que contrastaba con el deseo que le veía en los ojos. Richar se colocó detrás de mí, su pecho moreno pegado a mi espalda, y sus manos rodearon mis caderas. Sentí su polla deslizándose entre mis nalgas, húmeda de la excitación que ya corría por mis muslos. Mi marido se alineó con mi coño, y cuando ambos empujaron a la vez, un gemido se me escapó—un sonido que se mezcló con el de Lissa, que recibía a Brandon y a Stiven de la misma manera.
El aire se llenó de jadeos y de piel chocando contra piel. Yo era un puente entre dos cuerpos, cada embestida me llenaba por completo, el ritmo de ellos sincronizado como si hubieran ensayado. Miré a mi marido a los ojos mientras Richar me mordía el hombro, y una sonrisa se dibujó en su cara.
—Eres mía —murmuró—. Siempre mía.
Corrí con ellos dentro de mí, con el sol quemándonos la piel y el olor a sal y a sexo flotando en el aire.
Después, cuando los cuerpos se separaron y las respiraciones se calmaron, nos quedamos un rato en silencio, mirando el agua que brillaba bajo el sol de mediodía. Kelly y Charlie se habían dormido abrazados; Lissa jugaba con el pelo de Richar; Brandon y Stiven compartían una cerveza. Mi marido pasó su brazo por mis hombros y me besó la sien.
—¿Crees que la gente nos mira? —pregunté, riendo.
—Que miren. —Me apretó contra él—. Hoy no hay nada que esconder.
Nos levantamos poco después, recogimos nuestras cosas y nos despedimos con abrazos y promesas vagas de volver a encontrarnos. Caminamos desnudos hasta el sendero que llevaba al estacionamiento, sin prisa, sintiendo la brisa fresca sobre la piel todavía caliente. Cuando llegamos al coche, me quité la arena de los hombros y me miré en el espejo: el pelo revuelto, las marcas de los mordiscos en el cuello, los ojos brillantes.
—¿Arrepentida? —me preguntó mi marido, con esa sonrisa que conocía bien.
—Ni un solo segundo —contesté, y le tomé la mano—. Pero ahora quiero que me lleves a casa y me lo hagas tú solo, despacio.
Él arrancó el motor, y mientras el parque se alejaba por el espejo retrovisor, supe que aquella mañana se quedaría con nosotros para siempre. No como un secreto, sino como una puerta que habíamos abierto juntos, y que podíamos cruzar cuando quisiéramos.
—Nosotros —dije en voz baja—, somos la mejor aventura que he tenido.
Mi marido sonrió y apretó el acelerador, y el verano nos esperaba en la carretera.







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