Habían pasado unos meses desde nuestra última aventura.
Mi esposo estaba en Colombia atendiendo un asunto familiar que había surgido de manera inesperada. Antes de viajar habíamos hablado de todo con la tranquilidad que nos daban tantos años de confianza y nuestros acuerdos.
—No hagas nada que no quieras hacer —me había dicho.
—Lo mismo te digo.
Sonrió.
—Y si ocurre algo interesante...
—Serás el primero en saberlo.
No imaginábamos cuánto significado tendría aquella frase.
Era una mañana de mediados de octubre cuando llegaron los tres hombres encargados del mantenimiento del jardín.
Se llamaban Miguel, Javier y Andrés.
Los tres eran adultos y tenían ese aspecto de hombres acostumbrados al trabajo físico: brazos fuertes, manos marcadas por el trabajo, botas cubiertas de polvo y ropa sencilla de faena. El calor todavía persistía aquella tarde de Dallas, y después de varias horas cortando el césped y podando los arbustos, las camisetas se les habían pegado ligeramente a la piel por el sudor.
Miguel, el mayor de los tres, tenía una barba corta y una expresión tranquila.
Javier era más joven, de sonrisa fácil y mirada inquieta.
Andrés hablaba poco, pero tenía una presencia particularmente masculina y segura.
Yo los observaba desde la ventana.
No era la primera vez que los veía.
Pero aquella tarde los estaba mirando de otra manera.
Cuando terminaron una parte del trabajo, llamé a la puerta trasera.
—¿Quieren agua?
—Sí, señora. Muchas gracias —respondió Miguel.
—Y pueden decirme simplemente mi nombre.
—Está bien.
Me sonrió.
Yo regresé a la casa.
Durante unos minutos pensé en mi esposo.
Entonces miré las cámaras de seguridad.
Nuestro sistema podía mostrarme las diferentes áreas exteriores de la propiedad desde el teléfono.
Y tuve una idea.
Tomé el móvil y llamé a mi esposo.
Contestó desde Colombia.
—Hola, amor.
—¿Estás ocupado?
—No. ¿Qué pasa?
Sonreí.
—Mira las cámaras.
Hubo un silencio.
—¿Ahora?
—Ahora.
Escuché su pequeña risa.
—Ya entendí.
Subí las escaleras.
Me cambié de ropa.
No escogí algo vulgar.
Elegí una pijama de satén que normalmente reservaba para las noches en las que quería sentirme especialmente atractiva: pantalón corto y una camisola elegante, ambos ligeros, cómodos y mucho más atrevidos de lo que acostumbraba usar durante el día.
Me miré al espejo.
Por un instante pensé que quizá estaba exagerando.
Entonces recordé la conversación que habíamos tenido antes de su viaje.
Sonreí.
Bajé.
Los tres hombres seguían trabajando en el jardín.
Cuando salí nuevamente, Javier levantó la mirada.
Se quedó callado.
Miguel también me miró.
Andrés dejó por un instante la herramienta que llevaba en las manos.
—¿Todo bien? —pregunté.
Miguel sonrió.
—Sí.
—¿Seguro?
—Perfectamente.
Aquella respuesta me hizo reír.
Sabía perfectamente lo que había provocado mi aparición.
Y ellos sabían que yo lo sabía.
Eso hizo que el ambiente cambiara.
No había necesidad de decirlo.
La tarde avanzó lentamente.
La conversación se volvió más personal.
Les conté que mi esposo estaba fuera del país.
Ellos preguntaron por el viaje.
Yo respondí con naturalidad.
Pero había algo detrás de cada mirada.
Finalmente, Miguel dijo:
—Creo que estamos entendiendo mal la situación.
—¿Qué situación?
—Que usted sabe perfectamente lo que está haciendo.
Sentí que una sonrisa aparecía en mi rostro.
—Quizá.
Mi teléfono vibró.
Era mi esposo.
"Te estás divirtiendo demasiado."
Lo miré desde la pantalla.
Contesté:
"¿Estás celoso?"
La respuesta tardó unos segundos.
"Estoy disfrutando verte tan segura de ti misma."
Aquello cambió algo dentro de mí.
Dejé el teléfono sobre la mesa.
Los tres hombres seguían allí.
Los miré.
—¿Quieren quedarse un rato?
Ninguno respondió inmediatamente.
Fue Andrés quien finalmente sonrió.
—Si usted quiere.
Asentí.
La siguiente hora quedó marcada por conversaciones, risas, miradas prolongadas y una tensión cada vez más evidente.
No hubo prisas.
No hubo órdenes.
Cada pequeño acercamiento parecía una pregunta.
Cada sonrisa, una respuesta.
Y mientras ellos permanecían conmigo, sabía que mi esposo estaba viendo aquella escena desde la distancia.
Eso, inesperadamente, me hacía sentir aún más segura.
En un momento miré directamente hacia una de las cámaras.
Sabía exactamente dónde estaba.
Sonreí.
Mi teléfono vibró nuevamente.
"Te veo."
Respondí:
"Lo sé."
Guardé el teléfono.
Después volví a mirar a los tres hombres.
El mediodía caía a plomo sobre el patio trasero. Olía a hierba recién cortada y a tierra removida; los tres llevaban toda la mañana trabajando el jardín, y yo solo había salido a llevarle agua a Miguel. Terminé de rodillas en el césped, con las manos de Andrés doblándome la nuca y el sol haciéndome sudar antes de que ellos siquiera me tocaran.
Fue Andrés el que me sometió primero — la palma abierta, áspera de callos, presionando hasta dejarme la cara a la altura de la bragueta de Javier. El sudor les brillaba en el pecho, en el cuello, en los brazos. Olían a sal y a día entero bajo el sol. El olor me llegó antes que el peso de sus manos.
—Muérdeme y paramos —dijo Javier, con la verga gruesa y pesada contra mi boca.
No mordí. Abrí y lo tomé entero como pude, la garganta ardiendo, mientras Andrés me bajaba la ropa por detrás y me metía dos dedos secos, sin apuro, abriéndome con una paciencia que era pura amenaza. La hierba me raspaba las rodillas. La luz me cegaba. Y luego la punta de Andrés, gruesa también, empujando hasta que el aire se me acabó en la mitad de la garganta.
Entró despacio. Despacio y a fondo, con las manos en mis caderas clavándome contra él a cada embestida. Yo tenía la boca llena de Javier y el cuerpo lleno de Andrés y el mundo reducido a ese ritmo, al crujido de la hierba, al sudor que me corría por la columna y les mojaba el vello del vientre.
Entonces apareció Miguel.
Lo oí desabrocharse mientras se acercaba. Su sombra cayó sobre los tres.
—Aguanta —dijo. Y era un aviso, no una promesa.
Andrés se apartó apenas lo necesario para dejarlo pasar, y Miguel empujó al mismo tiempo que Javier me hundía más el sexo en la boca. Yo estaba partido entre los dos, lleno hasta donde no sabía que cabía, y el grito se me ahogó contra la piel de Javier. No era suave. No tenía que serlo. Cada embestida de Miguel me sacaba un sonido que no reconocía, y Andrés lo oía y se reía bajo, y eso los hacía más brutos, más hondos, más dueños.
El jardín daba vueltas con el calor: el muro de ladrillo, el chorro de la manguera olvidada goteando sobre las losas, las margaritas aplastadas donde Andrés tenía las rodillas. Todo olía a hierba machacada y a sudor. Me levantaron por el pelo, me doblaron, me empujaron más abajo, más adentro, hasta que perdí la cuenta de quién era quién — solo la cadencia de tres hombres, sus cuerpos ardientes, sus manos repartiéndose mi piel.
Andrés se tensó primero, con las uñas clavadas en mis caderas y un gruñido que se me quedó grabado para siempre. Javier se corrió en mi boca un segundo después, la mano en mi nuca, sin soltarme hasta que tragué. Miguel fue el último, el más lento, mirándome fijamente mientras acababa, con el sudor cayéndole de la barbilla a mi espalda.
Cuando terminaron, me dejaron en el césped, boca arriba, cegado por el sol. El cuerpo me temblaba. Tenía la espalda marcada de hierba y la boca seca y un latido caliente entre las piernas que no acababa de irse. Los oí vestirse, reírse bajo, encender un cigarro.
—Mañana seguimos con el seto —dijo Miguel.
Y yo pensé que ojalá ese seto durara una eternidad.
Aquella tarde terminó convirtiéndose en una experiencia que ninguno de nosotros había planeado cuando comenzó el día.
Hubo cercanía, coqueteo y una intimidad que fue mucho más allá de una simple conversación en el jardín.
Cuando finalmente se marcharon, la casa volvió a quedar silenciosa.
Me quedé sola en la terraza.
El cielo de Dallas comenzaba a oscurecerse.
Entonces sonó mi teléfono.
Mi esposo.
Contesté.
—Hola.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente él preguntó:
—¿Estás bien?
Sonreí.
—Sí.
—¿Te arrepientes?
Miré el jardín.
—No.
Él respiró profundamente.
—Entonces creo que tenemos mucho de qué hablar cuando vuelva.
Me reí.
—Eso pensé.
—Y una cosa más.
—¿Qué?
—La próxima vez avísame antes de que contrates a los jardineros.
Solté una carcajada.
—No prometo nada.
Y aquella fue la primera vez que comprendí que nuestra nueva etapa no solamente estaba cambiando nuestras experiencias.
También estaba cambiando la manera en que mi esposo y yo nos mirábamos.
Incluso estando a miles de kilómetros de distancia.







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