El día había sido de los pesados. Reuniones que se alargaban, correos que se acumulaban, y necesitaba descargar toda esa tensión acumulada. Por eso, cuando finalmente sali de la oficina, en vez de ir directo a casa, me desvió al gimnasio. Entrené con furia, levantando peso como si cada repetición pudiera exprimir el estrés de los músculos. Pesas muertas, sentadillas, press de banca. Sudor corriendo por la espalda, en esas competia en la categoría de los cien kilos. Grande, denso, en esas orgullosamente grande.
Eran cerca de las ocho de la noche cuando termine. La pereza de meterse en los vestuarios, soportar el olor a cloro y zapatillas viejas, no m edieron ganas de cambiarme. Sali tal cual entrene una licra enteriza roja que se ceñía al cuerpo como una segunda piel, resaltando cada curva de los glúteos, y una camiseta ajustada por encima. Debajo, solo unos suspensorios sujetando lo necesario. El morral siempre por delante. Costumbre de que sabe los bolsos por detrás eran una invitación al robo.
Espere en la parada. Pasaron tres buses repletos, puertas abiertas con gente colgando, y ninguno se detuvo. El cuarto, igual de lleno pero con espacio junto a la puerta, frenó frente a mi. Me subi apretando el morral contra el pecho y me acomode entre los cuerpos apretados. El trayecto era corto, unos veinte minutos hasta mi barrio, pero esa noche se haría eterno.
A pocas cuadras un trancon, solo se veían las luces traseras de los vehículos se extendían en una serpiente roja. Un accidente más adelante bloqueaba el tráfico. El bus avanzaba un metro, frenaba. Otro metro, otra frenada. Y con cada frenón, sentí el empujón del hombre detrás. Al principio lo atribui al balanceo natural del bus lleno. Pero el roce siempre llegaba al mismo sitio: justo entre mis nalgas, donde la licra marcaba la división. Me movió unos centímetros hacia la izquierda. Y el hombre detrás se ajustó y volvió a quedar pegado a mi espalda. La siguiente frenada trajo el mismo contacto, esta vez más firme, más deliberado, como marcando territorio.
Volví la cabeza apenas, lo suficiente para distinguirlo. Un moreno de unos treinta y cinco años, rostro agradable, barba recortada, vestido con el uniforme azul de enfermería. Me devolvió la mirada sin pestañear. El bus frenó de nuevo y esta vez el arrimón no tuvo pretensión de accidente, fue una insinuación directa. Fue una sobada lenta disfrutada, su entrepierna frotándose contra mi licra, trazando la raya entre los glúteos con una presión que no dejaba lugar a dudas.
El bus no avanzaba. Cada frenada era un pretexto. La oscuridad del bus, las luces internas pálidas típicas de los buses de Bogotá en los dos mil - esto paso hace unos 25 años y el ambiente facilitaba todo. La mano fría del moreno se deslizó desde la cadera hasta la nalga derecha, acariciándome por encima de la licra. Sus dedos encontraron el borde superior del resorte elástico y lo separo de mi piel. Su mano se coló entre la tela y mi carne tibia contrastando con el frío de sus dedos, y palparon la desnudez debajo. Nada más que suspensorios.
—Desde que te vi en la ventana, me gustaste antes que te subieras ya te eche el ojo y se ve que no tienes nada debajo —me dijo al oído, la voz baja, el aliento cálido contra el cuello.
Su mano apretó mi nalga con fuerza, los dedos hundidos en la carne.
—Si quiere nos bajamos en un rato. En la casa no está mi esposa.
Acepte con un asentimiento casi imperceptible. El moreno sonrió.
—Esto no anda y no estamos lejos. Si quiere caminamos. me dijo.
Bajamos en la siguiente parada. Caminamos unas seis cuadras hasta llegar a un edificio de apartamentos populares. El moreno caminaba delante, y el paquete se le notaba grande incluso bajo el pantalón del uniforme. Se detuvo frente a un conjunto residencial y se volteó.
—Tengo un solo problema. El silencio del celador se paga con culo.
—No es problema si me gusta —respondi, y entramos al conjunto.
El celador era un hombre gordo, bajito, con cara redonda y una sonrisa que delataba complicidad inmediata. Saludó al moreno con familiaridad, me miró de arriba abajo sin disimulo ni pudor, y les abrió la puerta elecrtrica. Subimos por las escaleras al apartamento estaba en un tercer o cuarto piso.
Dentro, dejamos las cosas sobre la mesa del comedor. El moreno se acercó por detrás, me quitó la camiseta tirando hacia arriba, y luego bajó mi licra hasta los tobillos. Dejandome en suspensorios, mi cuerpo completamente expuesto salvo por la prenda que apenas contenía mi miembro. Me hizo arrodillar frente a él. Se bajó en pantalon de enfermero abultado, los boxers apretados —esos que usan los hombres que saben lo que tienen— y la verga salió pesada, venosa, gruesa, circuncidada, la cabeza oscura y brillante. Debajo, unos huevos enormes colgando pesados.
Me la meti en la boca sin preámbulo. El moreno me agarró la cabeza con ambas manos y marcó el ritmo. La verga entraba y salía, dilatando mi boca, las venas rozando mi lengua. Duramos unos minutos, la saliva escurriendo por mi mentón, el moreno con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
Me puso de pie y me llevó a la habitación de visitas. Sobre la cómoda, fotos enmarcadas: él y ella el día de la boda, sonriendo. Saque de la maleta un tarro de vaselina —siempre preparado, porque en esas épocas tenía un amigo con derechos de una verga enorme que me hacia el mantenimiento acostumbrado—. Me aplique la vaselina abundantemente, los dedos trabajando el aceite dentro del agujero, reduciendo la fricción. El moreno se puso el condón y me empujó contra la cama, poniendome en 4. la enterró de una sola embestida hasta el fondo. El ritmo fue rápido desde el principio, intenso, las caderas golpeando contra mis glúteos.
Cada embestida empujaba el aire de los pulmones. La cama rechinaba. El moreno concentrado en las sensaciones, en el calor del culo apretado, en cómo contraía los músculos de mi ano alrededor de su verga.
Entonces el condón se rompió. Lo senti de inmediato: la textura cambió, se volvió más áspera, irregular. La piel directa contra la mucosa, más caliente, más húmeda. La fricción sobre mi próstata se intensificó, cada embestida enviando una descarga más aguda, más deliciosa. El moreno no se dio cuenta. Siguió con el mismo ritmo, ensartando sin saber que ya no había barrera.
Entonces llegó la leche. Caliente, espesa, contracción tras contracción llenándome por dentro. Chorro tras chorro bañando las paredes del recto, y entendi que estaba siendo preñado. Mi propio orgasmo le llegó sin que me tocara, mi verga goteando contra las sábanas, el culo apretándose alrededor del miembro que seguía descargando.
Cuando el moreno sacó la verga, vio el condón enrollado en el tallo de su verga, roto, inútil. Miró hacia abajo, al agujero abierto y escurriendo su leche.
Sonó el timbre.
—Debe ser el vigilante que viene por su pago —dijo el moreno, y salió de la habitación.
El celador entró sin demora estaba de correría entre las torres. Me encontró ahí: en cuatro, dilatado, abierto, escurriendo la leche del moreno por los muslos. Se sacó la verga —más corta pero gruesa muy gruesa— y me la enterró de una.
—Rico, lastima que no me puedo demorara, es un postre dos leches —dijo entre risas mientras cogía.
Buen ritmo, afanado como el ladrón que provecha la ocasión, se corrió rápido, caliente, abundante dentro de mi rico pero distinto. No como el moreno. Pero delicioso igual, salio sudoroso agitado, quedamos los 2 nos aseamos y sali del apto y en la puerta me dijo el celador, tenemos que hacer el postre de tres leches con una risa, le dije es un trato, trato que se cumplió es otra historia salí rumbo a mi casa.








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login EntrarJoda mano, saliste fue premiado, que rico