Por mi ultimo relato del arrimon en el bus me han preguntado algunas cosas, casi siempre después de que alguno de los relatos circula por guia, empiezan los comentarios a llegar, me encantan los comentarios y preguntas ojala furan más: Muchos preguntan si eso me pasa a menudo, si los arrimones eran algo cotidiano, si la calle seguía ofreciendome esas oportunidades.
Respondo con una media de humor y una honestidad que no buscaba impresionar a nadie. La verdad es que al presente no tanto. 55 años pesan de una manera que no se mide en el reloj sino en el espejo, en la elasticidad de la piel, en esa batalla silenciosa contra el colágeno, la preferencia de muchos machos y de muchas mujeres a los menores - si pasa con ambos sexos sin importar el genero; es una batalla que uno pierde sin remedio. Si no es que los hombres —los machos machos, — se volteen en la calle y dijeran «uyy, quiero comerme ese cucho». Especialmente los machos machos entre los 35 o 50, donde están todavía cotizado y tiene el derecho de escoger, lo se lo viví, rango donde el tesoro de los años todavía rinde dividendos mezcla de madurez y juventud.
A los 55 la moneda ha cambiado. La piel cambia, el cuerpo no se marca igual, y la competencia con cuerpos que todavía emanan colágeno es una pelea que tiene el lado ganador el del colágeno, asi que no pasa tanto como antes aunque hay un grupo de personas sea mujeres o hombres que ven más alla de eso, que ya no ven solo la juventud sino que esta conservado y se cuida. Como las conservas de alimentos: Ya no se es el producto fresco que todos miran en la vitrina. Pero si está bien cuidada, bien conservada, tiene un sabor que el fresco no tiene. No se compite con la fruta del día. Ofrece otra cosa. Y siempre hay quien la sabe apreciarla, la busca justamente por eso. Igual se busca como a los 20 a los 30, porque hay deseo pero ya estamos hablando de estrategias estéticas y de autoconocimiento, y eso es un terreno donde se puede hablar con franqueza y sin hipocresía, Pero igual se puede vender, se suena feo vender pero que no se otra manera por eso siempre se dice: "que el que no muestra no vende". En el mundo de la seducción, el deseo y el cortejo, mostrar es una forma de ofrecer. y el que no muestra, no genera interés. el que se esconde, no es visto, al menos que halla otros factores que casi siempre los hay. En ese juego, exhibir es parte de la estrategia. Aunque hay que mejorar la idea porque mostrar no es vender, porque muchas veces se pasa en blanco es simplemente exponer.
Vender no es estar disponible para cualquiera es más bien subastar. Es ofrecer realmente pero ofrecer no obliga a comprar. Es poner sobre la mesa. Pero en un ambiente moralista hay que saber ofrecer porque uno expone algo valioso: cuerpo, presencia, atención, deseo el cual no está disponible para el primero que llegue, no tiene precio fijo siempre lo tiene, para los que hblan de solo dinero o cosas materiales. Se lo lleva quien mejor puje: quien más seduce, quien más ofrece, quien mejor juega, quien más te conviene. Pero uno decide cuándo cerrar la subasta y a quién adjudicar, en resumen pasar en blanco.
Y sí, muchas veces el que muestra está vendiendo algo: atención, deseo, admiración, compañía, sexo, lo que sea.
Pero la pregunta sigue ahí, rondando: cómo era que antes pasaba tanto, que hacia Yo. Y la respuesta, la que les doy esta frente al espejo antes de salir, simple y desnuda: porque me exhibía. Porque quería ser visto, aún hoy cambio la estrategia porque el producto ha cambiado. No hay misterio en eso, no hay victimismo ni casualidad. Hubo y hay una decisión que empezaba desde el momento en que abría el clóset y elegía qué ponerme.
Ciertos materiales tienen un lenguaje propio. La licra, por ejemplo, no es solo un tejido elástico; es una declaración. La forma en que ajustaba, en que sigue cada contorno del cuerpo como una segunda piel, hacía que la prenda se sintiera distinta y se luciera distinta, porque tambien la actitud importa. No era lo mismo caminar con un jean que con una licra que marcaba cada línea del paquete, que dejaba imaginar lo que había debajo sin necesidad de enseñarlo todo. Las transparencias tenían otro código: dejaban entrever, sugerían, jugaban con la frontera entre lo visible y lo oculto. El satín y la seda tenían algo casi obsceno en su suavidad, en la manera en que la luz se deslizaba sobre ellos y revelaba formas que el algodón habría mantenido discretas. Lo se porque era exactamente lo que buscaba cuando se las ponía. No era un accidente. Era una postura una actitud un mercadeo, simple.
Un arrimón casual entre dos jeans era tosco, casual, casi deportivo. Dos telas gruesas rozándose en un bus lleno, en una fila, en un ascensor atestado. Se sentía rico, sí, pero era de otra naturaleza. Era el contacto accidental que el azar disponía y que uno podía atribuir a la casualidad sin que nadie pidiera explicaciones. Pero un arrimón contra una licra era otra cosa. La licra no perdonaba: transmitía el calor del cuerpo, el contorno del paquete o de las nalgas, la presión del contacto de una manera que el jeans amortiguaba. Despertaba instintos distintos. El primero era suave, casual, se sentía rico pero no iba más allá. El segundo ya no era tan casual. El segundo tenía intencionalidad, y ambos lo sabíamos en ese lenguaje sin palabras.
Otra aclaración los arrimones no solo habían sido atrás, contra la espalda o mis glúteos estando de pie en un transporte público. También habían sido adelante, frente a frente, bulto a bulto, y de maneras más elaboradas. Recuerdo los hombros de hombres sentados en los asientos del bus mientras yo permanecía de pie, agarrado del pasamanos, con el transporte moviéndose y el cuerpo balanceándose con cada frenada, su hombro exactamente a la altura de mi paquete,hombres que en lugar de apartarse, se acomodaban en el asiento, algunos con compañia de esposas o novioas o amigas, movíendo el hombro ligeramente, posicionandolo de manera que el roce continuara de tal manera que la sobada no fuera intermitente sino constante, sostenido, con una presión que no era accidental. Senti muchas veces mi paquete contra esos hombros, senti cómo la licra transmitía cada movimiento, cada vibración del vehículo que empujaba mi cuerpo hacia adelante y lo hacía presionar con más fuerza. Y el hombre del asiento no se movía, se quedaba ahí, recibiendo, acomodándose para seguir rozando.
Yo quería despertar eso. Sabía que lo causaba. La elección de la prenda, la postura en el bus, la decisión de no apartarse cuando el contacto empezaba: todo es parte de un mecanismo que he calibrado perfeccionado con los años. Provocar era y es el objetivo. Facilitar era y es el objetivo. Pero autorizar era otro asunto. Ahí estaba y esta la línea que separaba el juego de otra cosa. Uno podía provocar y facilitar el contacto, podía vestirse de cierta manera y posicionarse en ciertos lugares, pero la autorización —el permiso explícito, el cruce de miradas que decía «sí, esto lo queremos los dos»— era un escalón que pocas veces se alcanzaba. Aunque a veces no hacía falta. A veces el código era tan claro que las palabras sobraban.
No voy a negar, y no le interesa hacerlo, que desde el punto de vista de las relaciones entre hombres la exhibición y el tipo de prendas funcionaban como un código de seducción. Es una forma de pertenencia: los que saben leer las señales saben que están frente a alguien que habla el mismo idioma. Es una expresión de libertad sexual: el cuerpo mostrándose no como una concesión sino como una afirmación. Y es, sobre todo, un juego de atracción donde las reglas no se escriben pero se entenden. La licra que marca, la transparencia que sugiere, el satín que acaricia la piel y hace que el que lo lleva se sienta diferente, más consciente de su propio cuerpo, más disponible para el contacto, eso es lo que se quiere y así lo he sentido siempre.
La forma de decirle al otro lado que aquello es un juego. Que no hay víctima ni agresor, porque si bien es un sitio publico somos machos el hombre que se arrima toma la iniciativa guiado por mi pinta y no se arriesga tanto porque el ambiente es hetero y ofender a otro hombre no tiene consecuencias graves como si el arrimon fuera a una mujer, por una dualidad en la interpretación de la ropa, lo cual hace esto más difícil para una mujer caliente que quiere esta experiencia, porque el hombre teme con ella consecuencias. Entre machos el roce no es una violación del espacio sino una invitación. La exhibición es intencional y que la respuesta, fuera cual fuera, también lo sera. El que se aparta dice «no» con el cuerpo, y ese «no» se respetaba. El que reacomoda el hombro en el asiento, o detrás de ti cuando te mueves para seguir sobando el paquete contra la tela dice «sí» con el cuerpo, y ese «sí» es tan válido como explícito. El consenso no siempre necesita palabras. A veces se habla con telas y presiones y pequeños movimientos que decen más que cualquier frase.
Cuando uno se exhibe hay intencionalidad. Esa era la verdad reconozco sin drama, sin justificaciones, sin la necesidad de vestirla con palabras más bonitas de las que merecía. Si miran casi todos los relatos no solo míos sino de otros y otras, casi todos dan cuenta de que casi siempre había una intencionalidad previa. La prenda elegida, el transporte tomado, la hora, el lugar, la postura. Nada era completamente casual. En el fondo, todos los autores de estos relatos decimos lo mismo queríamos que pasara. Y eso no es una confesión vergonzante sino un hecho: la exhibición siempre es el primer paso, el arrimón era el segundo, y lo que viniera después dependía de cuántos pasos más estuvieran dispuestos a dar los involucrados.
Ahora la frecuencia me preguntan: si han bajado es la respuesta. El mercado era otro, el cuerpo era otro, las miradas que recibia en la calle ya no son las mismas. Pero el mecanismo seguía intacto, y la conciencia de cómo funcionaba no se había perdido. Se qué materiales despiertan vergas dormidas qué instintos. Se qué telas invitan qué tipo de contactos. Y se, sobre todo, que la diferencia entre un arrimón que se siente rico y uno que va más allá estaba en la tela, en la intención, y en la disposición de los dos cuerpos a reconocer que aquello no es accidental.
Me ha pasado con mujeres? me preguntaron, también me ha pasado, no tantas como con hombres pero si han pasado. si quieren en los comentarios me dicen si profundizamos más. Quería estas lineas hacer aunque se que se salen de la forma de narrativa que uso. espero les halla gustado esta apertura de mi pensamiento y sentimiento. Y Quisiera saber, mujeres le han psado piensan similar, las mujeres de guia pues para estar aca es que son de mente más liberada y no estan en el grupo de mujeres de moralidad extrema casi siempre falsa, mujeres especialmente sinceras








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