Santiago, Cinco años después
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 5 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

Santiago, Cinco años después

Yo gemí su nombre, pero él no se detuvo. Me alzó por los muslos y me sentó en su cintura, y entonces sí, lo sentí completo, entero, embistiendo contra mí con una fuerza que me hizo perder el aliento. Cada embestida me clavaba...

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Habían pasado cinco años desde aquella época en que la familia de Dionisio se había hospedado temporalmente con nosotros.

La vida había seguido su curso.

Dionisio y Miriam habían conseguido establecerse por su cuenta. Mi esposo había conservado la amistad con Dionisio, aunque con el tiempo las visitas se hicieron menos frecuentes.

Y Santiago ya no era aquel muchacho que había conocido años atrás.

Tenía veintiún años.

Era un hombre joven, independiente y completamente distinto al muchacho que recordaba.

Una mañana de lunes, alrededor de las nueve, llamaron a la puerta.

Yo todavía estaba en pijama.

Había sido una noche larga y no tenía planes de salir de casa, así que llevaba una prenda ligera y cómoda, mucho más atrevida de lo que habría utilizado para recibir una visita inesperada.

Abrí la puerta.

Era Santiago.

—Hola.

Tardé un segundo en reconocerlo.

—¡Santiago!

Sonrió.

—¿Interrumpo?

—No, pasa.

Entró.

Había venido para pedirme un favor. Necesitaba ayuda para gestionar algunos documentos relacionados con su cédula y otros trámites después de haber cumplido los veintiún años.

Mi esposo estaba trabajando.

Nos quedamos conversando en la cocina mientras buscaba en mi teléfono la información que necesitaba.

Pero había algo extraño en el ambiente.

Santiago ya no era el muchacho que yo recordaba.

Era un adulto.

Seguro de sí mismo.

Y yo era consciente de la manera en que me miraba.

Intenté concentrarme en el trámite.

—Aquí está la información que necesitas.

Me acerqué para mostrarle la pantalla.

Él permaneció en silencio.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Sonrió ligeramente.

—Solo que ha pasado mucho tiempo.

—Sí.

Nuestros ojos se encontraron.

Y durante unos segundos ninguno apartó la mirada.

Yo sabía perfectamente que aquella situación podía convertirse en algo que no había planeado.

También sabía que mi esposo no estaba allí.

Y entonces cometí el error de dejar que la curiosidad ganara.

Mi teléfono estaba sobre la mesa.

Lo tomé.

Le envié a mi esposo un mensaje de voz:

—Santiago está aquí. Está pasando algo que no esperaba. Luego te cuento.

Dejé el teléfono nuevamente.

Santiago me miró.

—¿Todo bien?

—Sí.

Me acerqué a él.

Lo que ocurrió después comenzó con una mirada y terminó convirtiéndose en un momento de intimidad que ninguno de los dos había planeado aquella mañana.

Hubo nervios.

Dudas.

Un beso que ninguno de los dos esperaba.

Y después otro.

La diferencia entre aquella mañana y los recuerdos que tenía de él era evidente.

Ya no estaba frente al hijo adolescente de un antiguo huésped.

Estaba frente a un hombre adulto que había regresado a mi vida completamente cambiado.

La intensidad del momento hizo que perdiéramos la noción del tiempo.

Cuando finalmente nos separamos, permanecimos unos segundos en silencio.

Santiago respiró profundamente.

—Esto... no estaba en mis planes.

Sonreí.

—Tampoco en los míos.

Mi teléfono vibró.

Era mi esposo.

Miré la pantalla.

"¿Qué está pasando?"

Leí el mensaje dos veces.

Después miré a Santiago.

Lo primero que noté fue la diferencia en sus manos. Las de Santiago eran más grandes, más jóvenes, con esa urgencia que solo tiene quien aún no aprende a medir su fuerza. Me las puso en las caderas y me giró contra la pared de su cuarto, y ya supe que esa noche no iba a ser como la que recordaba con Dionisio.

—Así te quería —me dijo con la voz ronca, mientras me desgarraba la pijama de seda por el escote, sin pedir permiso. El encaje cedió como papel mojado, y sentí el aire frío en la piel antes de que su boca me encontrara el pecho, mordiendo justo donde duele y gusta.

Yo gemí su nombre, pero él no se detuvo. Me alzó por los muslos y me sentó en su cintura, y entonces sí, lo sentí completo, entero, embistiendo contra mí con una fuerza que me hizo perder el aliento. Cada embestida me clavaba más contra la pared, y su ritmo era feroz, distinto al de su padre, que siempre fue cuidadoso casi de más. Santiago no conocía el cuidado. Me movía como si quisiera romperme en dos y recomponerme después.

—Mira cómo te abres para mí —jadeó contra mi oído, y yo solo podía asentir con la cabeza, atrapada en ese vaivén que me hacía ver estrellas detrás de los párpados cerrados.

La primera vez me llenó entera, con un chorro caliente que me sorprendió por lo largo que fue, y yo ya estaba temblando cuando cambió de posición. Me puso de rodillas en la cama, y su mano me apretó la nuca mientras me tomaba desde atrás, más hondo, más fuerte aún, si eso era posible. Yo ya no podía pensar, solo sentir sus caderas golpeando las mías, el sonido húmedo de nuestros cuerpos, la forma en que su voz se quebraba cuando me decía que era suya.

La segunda vez llenó de nuevo, y esta vez mi cuerpo respondió con un espasmo que me recorrió entera. Fueron tres orgasmos largos, de esos que te dejan las piernas como gelatina y la mente en blanco, uno después del otro, mientras él seguía moviéndose dentro de mí como si no tuviera fin. Cuando por fin colapsé sobre su pecho, estaba empapada, marcada, con la pijama hecha jirones a los pies de la cama.

Esa noche, al llegar a casa mi esposo ya estaba acostada, medio dormida. Se giró y me miró con esos ojos que todo lo saben.

—Vienes tarde —dije

—Sí —respondío, y se sento en el borde de la cama,

—¿Y tu pijama?

Sonreí. No pude evitarlo.

—Santiago me la rompió —le dije, y vi cómo sus cejas se alzaban—. El hijo de Dionisio. Me cogió en el cuarto, contra la pared, tan fuerte que pensé que me partía. Me desgarró la seda para llegar a mi piel, me llenó de leche dos veces, y yo alcancé tres orgasmos largos, de los que aún siento aquí, bajito, cuando respiro.

Mi esposo se quedó mirándome un instante, y luego soltó una risa baja, oscura.

Y me dejé caer junto a él, sintiendo todavía el vaivén, el latido, la evidencia de que aún podía ser tomada así, como algo salvaje y recién hecho.

Y comprendí que aquella aventura acababa de abrir una situación completamente diferente a todas las anteriores.

Porque esta vez mi esposo sabía que algo había ocurrido.

Lo que todavía no sabía era exactamente qué.

Y yo tendría que decidir cuánto estaba dispuesta a contarle sobre Dionicio, aunque presentía que el ya lo sabía.

— gatoscuriososam

2 de octubre de 2026

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