La noche
Relato de comunidad Fantasíasschedule 7 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

La noche

Cambian de posición sin pedirme permiso. Me voltean, me levantan, me pasan de uno a otro como si yo fuera la razón de que todo esto exista. Las piernas me tiemblan cuando me montan contra la pared, cuando otra verga vuelve a...

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Llevaba demasiadas horas conduciendo.

Arkansas todavía estaba lejos y yo empezaba a sentir ese cansancio extraño que aparece después de muchas horas detrás del volante: los ojos pesados, la espalda rígida y la sensación de que la carretera se había convertido en una línea interminable.

Mi esposo no viajaba conmigo.

Era uno de esos viajes que había comenzado sin demasiado sentido y que, conforme avanzaban las horas, empezaba a preguntarme por qué había decidido hacerlo.

Eran casi las once de la noche cuando vi las luces de una gasolinera.

Entré.

Llené el tanque, pagué y, mientras esperaba que terminara de cargar combustible, recordé que me había quedado sin cigarrillos.

Había un pequeño bar junto a la estación.

No parecía gran cosa.

Un letrero de neón, unas cuantas ventanas oscuras y música que se escuchaba débilmente desde la puerta.

Entré.

Había poca gente.

El ambiente era áspero, de esos lugares donde nadie parece tener demasiado interés en saber quién eres.

Me acerqué al mostrador.

—¿Tiene cigarrillos?

El hombre detrás de la barra señaló una vitrina.

Mientras buscaba el dinero, escuché una voz detrás de mí.

—¿Quieres una cerveza?

Me giré.

Era un hombre atractivo.

Quizá unos cuarenta años. Alto, barba de algunos días, camisa oscura y una mirada demasiado segura de sí misma.

—No, gracias.

—¿Segura?

—Sí. Estoy conduciendo.

Lo dije claramente.

Sin sonreír.

Sin dejar espacio para una segunda interpretación.

Tomé los cigarrillos.

Me disponía a salir cuando él se acercó.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Me tomó de la mano y, antes de que pudiera apartarme, me dio un beso.

Me quedé paralizada.

No fue romántico.

No fue esperado.

Fue simplemente una invasión repentina de un desconocido que había decidido cruzar una línea que yo no le había permitido cruzar.

Lo aparté.

No dije nada.

Ni siquiera sé por qué.

Quizá por sorpresa.

Quizá porque mi cabeza todavía estaba intentando entender lo que acababa de ocurrir.

Salí.

Caminé hasta el automóvil con los cigarrillos apretados en la mano.

Cerré la puerta.

Me quedé unos segundos mirando el volante.

Después encendí un cigarrillo.

La primera bocanada me quemó la garganta.

Puse el motor en marcha.

Y continué conduciendo.

No volví a pensar en aquel hombre durante el resto de la noche.

O eso quise creer.

---

Al día siguiente estaba agotada.

Había dormido poco.

El viaje había perdido completamente el sentido.

Arkansas ya no me parecía un destino.

Era simplemente un lugar al que estaba intentando llegar porque había comenzado a conducir hacia allí.

Durante todo el día me acompañó una sensación extraña.

Como si algo hubiera quedado inconcluso.

Al caer la noche decidí regresar.

No sabía exactamente por qué.

Cuando vi nuevamente las luces de la gasolinera, reduje la velocidad.

Pasé de largo.

Seguí unos cuantos metros.

Frené.

Me quedé mirando el retrovisor.

Y entonces hice algo que todavía hoy me cuesta explicar.

Di la vuelta.

Regresé a la gasolinera.

Estacioné.

Apagué el motor.

Durante casi un minuto permanecí dentro del automóvil.

Podía marcharme.

De hecho, era lo más sencillo.

Pero finalmente abrí la puerta.

Entré nuevamente al bar.

Era casi la misma hora que la noche anterior.

La misma música.

Las mismas luces.

Y él estaba allí.

Cuando me vio, dejó de hablar con el hombre que estaba sentado a su lado.

No sonrió.

Yo tampoco.

Me acerqué al mostrador.

—Un café.

El camarero lo sirvió.

Me senté en una esquina.

El hombre se acercó después de unos minutos, pero esta vez se quedó a una distancia prudente.

—Pensé que no volverías.

Lo miré fijamente.

—Yo también.

Hubo silencio.

—Lo de anoche estuvo mal —dijo finalmente.

Aquello me sorprendió.

—Sí.

—No debí hacerlo.

Asentí.

Por primera vez desde que había entrado, sentí que podía respirar con tranquilidad.

Él se quedó de pie frente a mí.

—¿Por qué regresaste?

No respondí inmediatamente.

Miré mi taza.

Después levanté los ojos.

—No lo sé.

Era verdad.

Pero había otra verdad que todavía no estaba preparada para decir en voz alta.

Había vuelto porque aquella noche, después del beso inesperado, algo dentro de mí se había quedado despierto.

No porque hubiera disfrutado que invadiera mi espacio.

Sino porque me había enfrentado, de una manera brutal, con una parte de mí que llevaba años escondiendo.

Una parte impulsiva.

Curiosa.

Capaz de hacer cosas que mi vida ordenada jamás permitía.

El hombre señaló la silla frente a mí.

—¿Puedo?

Esta vez fui yo quien decidió.

—Sí.

Se sentó.

Hablamos durante bastante tiempo.

Sin promesas.

Sin nombres importantes.

Sin historias que necesitáramos convertir en algo más grande.

La noche huele a sudor y a whisky derramado en la madera. Ya no hay saludos, ya no hay sonrisas de cortesía, y la puerta ni siquiera llega a cerrarse del todo cuando una mano me agarra del pelo y me dobla hacia atrás. Esa boca que anoche apenas me besó ahora me lame desde el cuello hasta la boca del escote, despacio, como si yo fuera el último vaso en la barra y él tuviera toda la sed del mundo.

Dos pares de manos me suben la falda mientras alguien suelta una risa ronca en mi oreja y otro baja el cierre de mi vestido con los dientes. Me dejo girar, me dejo poner de rodillas sobre la alfombra, y cuando abro la boca ya hay una verga ahí: caliente, pesada, apoyándose en mi lengua como si supiera que es su casa. Me agarran del pelo y me mecen despacio, y aprendo el ritmo en dos segundos. Primero dejo que me la empujen, después la chupo yo, con ganas, con hambre, hasta oír cómo el hombre delante de mí olvida cómo se respira.

Detrás, otra mano me separa las nalgas y una lengua se desliza entre ellas, lenta, con una precisión que sabe exactamente dónde quiere estar. Yo sigo chupando mientras esa lengua trabaja, mientras la verga en mi boca entra más hondo y me llena hasta que me lloran los ojos y una gota de saliva me cae por la barbilla. El aire sabe a sexo, a piel sudada, a perfume mezclado con hombre, y yo soy el centro de todo eso.

—Quiero cogerte fuerte — dice el de atrás, y no es una pregunta.

Me sacan la verga de la boca sin avisar y me levantan por las caderas. Mi vestido queda en algún lado, mis bragas en ningún lado, y me ponen contra la mesa, doblada, con las manos planas sobre la madera fría. El primero me penetra de una sola vez, sin rodeos, y a mí se me escapa un sonido que no sabía que sabía hacer. Se mueve duro, con las dos manos clavadas en mis caderas, tirando de mí contra cada embestida, y cuando siento la segunda verga rozando mis labios ni dudo: la abro, la dejo pasar, y me quedo ahí, llena de los dos, con cada golpe resonando del otro lado.

Es un ritmo, un solo cuerpo partido en varios. Los oigo, los huelo, los tengo por todas partes: dedos en mis pechos, una lengua bajando por mi espalda, una mano que encuentra la mía y la aprieta como si en medio de todo esto todavía hubiera alguien a quien agarrarse. La noche se vuelve sonido puro: piel contra piel, jadeos, madera que cruje, un gemido que no sé si es mío o de otra.

Cambian de posición sin pedirme permiso. Me voltean, me levantan, me pasan de uno a otro como si yo fuera la razón de que todo esto exista. Las piernas me tiemblan cuando me montan contra la pared, cuando otra verga vuelve a mi boca, cuando alguien se arrodilla y me lame ahí abajo entre dos embestidas y yo agarro su pelo oscuro y lo aprieto como si pudiera quedármelo para siempre.

La segunda noche no termina cuando terminamos. Termina cuando uno de ellos me lleva en brazos hasta la cama, con el mundo todavía girando, y me pone boca abajo sobre las sábanas húmedas. Y aunque ya no puedo más, cuando siento su boca otra vez en la nuca y su verga otra vez entrando en mí, aprendo que siempre se puede un poco más.

Solo desconocidos compartiendo una noche extraña.

Cuando finalmente sali del bar, el estacionamiento estaba casi vacío.

El aire nocturno era frío.

Me detuve junto a mi automóvil.

—Ahora sí.

Subí al automóvil.

Encendí el motor.

Antes de marcharme, bajé la ventana.

Pero mientras salía nuevamente a la carretera comprendí algo que me acompañaría durante el resto del viaje.

La primera noche aquellos hombres había cruzado una frontera sin mi permiso.

— gatoscuriososam

2 de octubre de 2026

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